Llegar a la música por el camino de las palabras...

domingo, 18 de diciembre de 2011

El fin justifica los medios

"Nunca faltarán a un príncipe razones para ocultar la inobservancia de su promesa." (Nicolás Maquiavelo)

Y con éste, ya iban tres asesinatos.

Mis manos descuelgan el teléfono, pero yo, cinéfilo de pacotilla, no me atrevo a marcar, me siento como un Hitchcock del siglo XXI, y eso me enorgullece. Mi cuadernillo de notas no para de llenarse de más y más datos de este fúnebre personaje que está acabando con todas mis bellas vecinas de palidez enfermiza. Pero la brillantez de mi ventana indiscreta me llena de una turbación típica de alguien como Raskolnikov, eso sí, con la sabiduría de que estoy ante un gran descubrimiento para la historia de la psicología. 

Mi querida víctima de investigación debía de estar loca, o como más bien sospechaba yo, debía ser todo un genio. Arrancaba los cabellos de sus víctimas, les besaba la mano demostrándoles su respeto y las mataba a base de golpes. Las estampaba contra cualquier cosa que encontrase, la pared, el suelo, los espejos... Realmente era un espectáculo increíble, de veras que sí, digno de cualquier pantalla de cine. 

Él siempre llevaba guantes, unos guantes negros que cubrían sus muñones. Anoté que probablemente se habría cortado él mismo los dedos para imposibilitar la existencia de cualquier tipo de huella. Me recordaba al asesino que Patrick Süskind se había inventado para su Perfume, quizá por ello, sentía lástima de él, y sonreía cuando le veía llevarse en medio de la noche los bellos cabellos. 
Supuse que era un incomprendido, un enfermo de las pelucas, de los champús, una persona obsesionada con la belleza, con las mujeres, con otra época...

Yo empecé a embelesarme con su trabajo a medianoche mientras escuchaba óperas de Wagner. Aquel personaje hacía que mi vida mereciese la pena, lograba que mi bolígrafo cobrase vida, y yo me sentía en su época, en su mundo, le comprendía a él y, de algún modo, su forma de actuar conseguía que el sentimiento fuese recíproco, cada vez que mataba, él me comprendía a mí. Tristan und Isolde no volvió a sonar jamás del mismo modo en mis oídos.


En el futuro siempre recordé aquellos días, los días que hicieron de mis panfletos de segunda un boom de ventas, los mismos que me arrancaron de mi habitación para ocupar la del psicólogo y, posteriormente, la de la cárcel.

Y fue entonces, un día como otro cualquiera, en el que mis cabellos ya no eran lo que fueron y las rejas ya no eran una compañía, cuando me encontré de bruces con una siniestra tienda de la calle Mayor. Sonreí al dependiente, no me sacaba muchos años. Sí, fue entonces, cuando me probé una de ellas, una de esas pelucas, cuando comprendí que todo mi supuesto mal había merecido la pena, que el fin justificaba los medios, qué él era un genio y las nuestras, las mejores obras del perjudicado siglo XXI.

V

martes, 13 de diciembre de 2011

Postiza Navidad

"Los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas." (Séneca)

El aire llevaba el típico sabor a castañas y frío del mes de diciembre. Carolina, ilusa, con su gorro de lana que le tapaba las orejas, depositaba todas sus esperanzas de futuro en aquella larga cola de personas amontonadas que tiraban de ella hacia delante. 
Todos compartían la misma ilusión. La diferencia, quizá, residía en que Carolina era pobre, no pobre de amor ni de felicidad, sino pobre de pobre, de la típica pobreza española en la que tanto el padre como la madre llevan meses en el paro y no pueden permitirse gastar su dinero ni en una deliciosa napolitana de la Mallorquina.

Carolina era incapaz de contar cuántos gorros y guantes se apelotonaban frente al establecimiento de Doña Manolita. A todos se les veía felices. Madrid estaba llena de vida en aquellas fechas.
La gente pedía números y más números: la fecha de nacimiento de algún nieto, el día en que conoció a la persona que cambió su vida, el de la muerte de Michael Jackson... 
Carolina sonría al ver cómo la gente que se tachaba de supersticiosa, a la hora de elegir su número, se peleaba con uñas y dientes por conseguir el que pensaba que le traería buena suerte. Pero Carolina no podía sonreír, solo con imaginarse que el dinero que se gastaría en ese billete de lotería le abstendría de alguna comida en el futuro, provocaba que la tentación de huir de la fila la abrumase.

Pero soñar valía la pena...
En aquellos días de Navidad, a Carolina le encantaba pasear por la capital española, por mucho que pasasen los años, había cosas que siempre resistían al transcurrir del tiempo, y la calle Preciados seguía tan iluminada como iluminada parecía estar en las viejas fotografías de su madre. Fotografías de otro tiempo, en el que uno no se jugaba la vida a un billete de lotería como si apostase a un solo número todas las fichas de la ruleta.

Carolina no pidió ningún número en concreto, cuando el lotero la preguntó, ella simplemente se alzó de puntillas para llegar a la ventanilla y contestó:
-Por favor, señor, deme el número que me permita comer a mí y a mi familia hoy, mañana y todos los demás días. Pero no me dé el número que vaya a ganar, ése déselo a quien de veras lo necesite.

Carolina sabía que ella no tenía mucho dinero, ni una gran casa, pero sí sabía que tenía un hogar y que eso era lo que realmente se necesitaba en la vida y, sobre todo, en la Navidad. Algo de lo que no todos los que estaban en esa inmensa fila, sonrientes postizos, podían gozar.

V

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Aferrada al mástil

"Yesterday I heard the rain whispering your name, asking where you'd gone, it fell softly from the clouds on the silent crowds..." (Yesterday I heard the rain)

Desvelada, asediada por el contexto, atada de pies y manos al conformismo, incapaz de mover montañas que podrían cambiar el destino. Aferrada al mástil de la sociedad, navegando entre lágrimas. Un rumbo fijo imposible de alzcanzar, una brújula que dejó de girar cuando le señaló a él como norte.
Velas que no consiguen frenar el amargo viento, una marinera mareada por el vaivén de los sentimientos. Un futuro tirado por la borda. Tormenta de sueños por su boca, sus manos, sus ojos...
Seductoras sirenas que le piden con voz melodiosa continuar con la Odisea. Tripulación cansada, triste, con ganas de volver a casa, ganas de dar la vuelta. Marinera enamorada. Y sigue sin haber tierra a la vista.


De repente un buque de guerra emerge de las profundidades, herido a cañonazo limpio, tocado y hundido, que hoy parece querer volver a ponerse en marcha. Navega en sentido contrario. Produce otra tormenta, de desolación, de angustia, de ausencia, de falta de labios, de cálidos dedos, de iris turquesa...
Y así sin más, a la deriva, marinera sonriente llena de infelicidad. Bucándolo todo a cambio de nada, siguiendo una flecha, sin llegar jamás a tierra, incapaz de hacer nada, aferrada al mástil.

V

lunes, 28 de noviembre de 2011

Seres anónimos

"Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos África. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe." (Ryszard Kapuściński)

En Etiopía la tierra arde como el carbón al mediodía, el viajero siente cómo sus pies se queman, y es que todo lo que la tierra toca acaba por convertirse en cenizas. Se ve negro de polvo en verano, muerto de calor, empapado en sudor... El polvo es una especie de niebla que llega a atravesarle la ropa, penetrando las partículas dentro de su cuerpo. Es muy costoso de quitar, pero lo peor son los ojos, resentidos. Los que viven allí los tienen rojos y a menudo llegan a quedarse ciegos.

Hay personas armadas que solo buscan alimentos.
Por la noche el viajero no puede recorrer los caminos, es muy peligroso debido a la presencia de los shiftas, una muerte casi segura como te encuentren. Allí los kilómetros no existen, las distancias se calculan por horas o días entre un punto y otro. La sequía los priva de agua, el sol quema sus cultivos y tras la sequía, los precios de la comida suben tanto que los pobres no pueden comprarla.
La escasez de agua es espeluznante. Los nómadas malvenden las pieles arrancadas de los cuerpos bovinos, el dinero les sirve para aguantar unos días, pero necesitan de ayuda internacional para sobrevivir, si no...

Viven al margen de la humanidad, vegetando, aparecen y desparecen de este mundo sin que nadie lo note, esfumándose como seres anónimos a los que nadie echará de menos.
El viajero les sonríe, pues a muchos de ellos los considera ya sus amigos, y ellos le devuelven la sonrisa, pero lo hacen con inseguridad, no le ven como a un igual.

En aquella época murieron en Etiopía un millón de personas ante una hambruna que el gobierno no fue capaz de reconocer, negando a aceptar la ayuda exterior. Un engaño por parte del emperador Haile Selassie, que continuó con el comandante Mengistu.
Mientras tanto, actualmente, Estados Unidos, Francia y China obtienen múltiples recursos a costa de todo su continente.


Nuestro viajero blanco del siglo XX se sienta en el suelo, reflexionando, no puede comprender tanta injusticia, ni que su piel, ahora mucho más oscura por el polvo, se diferencie tanto de la de aquellos que considera sus amigos. Algunos de ellos sienten que nuestra ayuda les desprestigia, otros suplicarían por obtener más, muchísima más... 
Los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres, y todos cruzados de brazos, viviendo nuestra propia vida, despreocupados mientras el mundo no para de sangrar.

V

Texto basado en la obra Ébano del escritor polaco Ryszard Kapuściński, el viajero del siglo XX.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La brasa de un cigarrillo

"El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional." (Buda)

Vino para sustituir a quien tanto amaba.
Al llegar ella, apagó la llama que me había dejado su sonrisa cálida. A esta ella la sentí vaporosa y muy fría, casi helada, cada partícula de su esencia me atravesaba la piel y me dañaba el alma. Tenía los ojos del color del rubí y me martilleaba la cabeza mostrándome todas las imágenes de mi vida en fotogramas. Supongo que su apariencia aterrorizaba.

Pero el miedo no era tan intenso como el dolor que estaba sintiendo en el corazón... Pensé que entregarme a ella sería lo mejor, aunque no lo hice, no me atrevía, aún no. Me enseñó cada instante vivido y, a pesar de ser yo joven, me sorprendí como alguien dichoso. La vida me había otorgado la peor de las pesadillas al robarme a quien tanto amaba, pero antes de la pesadilla, los años habían sido más dichosos de lo que nadie nunca habría podido imaginar. Y ahora la había perdido, perdido para siempre.
La nueva ella empezó a llamarme por las noches, y yo intenté no escucharla, pero su voz me seducía, me embelesaba con palabras que me conducirían a la mayor de las calmas si acudía a su encuentro. Empecé a desearla. Con los días, las lágrimas se perdieron en mi almohada. Sus frías manos me tocaron e intentaron coger las mías... mas era incorpórea. Sus dedos atravesaron los míos.

Aquel día me quedé embelesado mirándola, su figura esbelta y traslúcida caminaba desnuda hacia la ventana. No recordaba haberla dejado abierta. Sus ojos eran como la brasa de un cigarrillo. Me pidió que la siguiera. La seguí... Estaba hermosa, muy hermosa.
Se lanzó como un ángel por mi ventana... y no voló.

Entonces pensé en ella, en mi antigua ella, en esa ella de carne y hueso, la de los ojos azules y el cabello azabache, la de la tez pálida, la que disfrutaba entregándose a las hojas de un libro durante horas, aquella con la que había tenido una, dos, tres y hasta mil doscientas treinta conversaciones. A la que había visto llorar, a la que había visto reír, a la que le temblaban las rodillas si me situaba a menos de diez centímetros de su figura. Pensé en ella y en su cuello desnudo a medianoche, en sus manos revolviéndome el pelo y en sus labios suplicándome un beso.
Pensé en mi antigua ella e hice el amor con la nueva al lanzarme por la ventana. 
Era insoportable aceptar una vida sin un espíritu humano.

El golpe contra el duro suelo no significó nada, salvo por el hecho de que simbolizó que aquella noche, fui definitivamente infiel a quien quería para poderme abrazar a la muerte.

V

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¿El hombre es malo por naturaleza?

"El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización." (Sigmund Freud)

-Abuela, ¿tú crees que el hombre es malo por naturaleza?
-¿Qué has dicho?
-Que si crees que el hombre es...
-Ya te he oído. ¿Por qué me preguntas eso?
-Porque todo en el mundo es malo. En el cole Alicia me roba las piruletas, en la tele los políticos solo dicen mentiras, papá y mamá no hacen más que discutir, y en África los niños ni siquiera tienen piruletas.
-¿De veras sabes dónde está África?
-No, pero mi profe dice que los niños de África son pobres y que no tienen ni para comprar chuches.
-Entiendo.
-Jo, abuela, contéstame, ¿somos malos?
-No, no lo somos.
-¿Por qué?
-Porque también hacemos cosas buenas. Ayudamos a los demás, escuchamos a quien lo necesita, queremos...
-Sí, pero las hacemos en benedifio de nuestros deseos.
-Se dice en beneficio, y no todo lo hacemos por ello. Tú siempre dices que no haces los deberes porque con ello vayas a obtener algo a cambio, sino porque sabes que debes hacerlos.
-Pero abuela, a mí me da miedo mi profe de matemáticas... A pesar de lo que le diga a papá, inconscientemente me mueve el miedo cuando los hago.
-Eso no está bien, Celia. Y dime, ¿qué me dices de cuando una persona lo deja todo por otra?
-Eso es egoísta.
-¿¡Egoísta!?
-Sí, abuela, la persona que lo deja todo no lo hace por amor a la otra, sino por satisfacer sus deseos, como te he dicho antes. Busca su propia felicidad y sabe que depende de la otra persona, así que si no tiene más remedio que abandonarlo todo, lo abandonará para intentar ser feliz.
-Niña, ¿tus padres que te ponen en el desayuno?
-Ya lo sabes abuela, leche.
-Sí, sí, claro.
-Abuela, ¿entonces tú también crees que somos malos desde que nacemos?
-No, sigo pensando que no lo somos.
-¿Por qué?
-No te cansas de preguntar, ¿eh? ¿Crees que yo te quiero a cambio de algo, para satisfacer un deseo, por miedo a algo o por egoísmo?
-Yo... abuela...
-Ya te lo digo yo, no. Yo te quiero porque te quiero, sin más.
-Pero tú eres mi abuela...
-Y se puede ser familia y no quererse.
-Es verdad, yo no quiero a la tía Carlota, siempre cree saber que lo sabe todo y en realidad no sabe nada, como yo, pero yo sé aceptarlo. Soy una ignorante.
-¡No eres una ignorante!
-Sócrates lo era.
-No, no lo era, era el hombre más sabio del mundo.
-Entonces... abuela, yo... yo te quiero. ¿Eso quiere decir que soy buena por naturaleza?

V

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cum clave

"No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas." (Paulo Coelho)

Día tras día, poco a poco, sin poder evitarlo, nos alcanzó la monotonía.
Era más dura que las discusiones y que los días alejados el uno del otro. Era una sensación que empezaba por los pies y acababa por la cabeza, que nos llenaba de parsimonia y aburrimiento, era un querer hacer cualquier cosa menos las que nos llevaban el uno al otro.
El número de "te quiero" había sobrepasado su límite y nuestra peculiar manera de decirnos que nos amábamos había quedado obsoleta. Ella me dedicaba medias sonrisas de vez en cuando; yo le tocaba la mano, como si intentase reanimarla. Pero al acabar el día, el sueño nos comía sin habernos comido entre nosotros primero.

Conforme pasaban los días, los meses... un miedo empezó a unirse a esta sensación. Pensé en llevármela lejos, a aquellos lugares que una vez compartimos, pensé en regalarla algo, algo que supiera que le iba a gustar... Pensé en tantas cosas, pero no pude hacer ninguna. Las circunstancias no eran favorables, no éramos una pareja normal, no, en absoluto, quizá por eso nos habíamos enamorado con tanta intensidad al principio, quizá por ello ahora el miedo era terrible.

Al final me decanté por escribirla una carta, mientras ella estaba en el trabajo. Hice varios borradores, aunque ninguno decía lo que quería contarla. Cómo no, acabó por sorprenderme cuando aún no había acabado.


Se acercó un poco a mí y se quedó mirándome, muy intensamente. Sentí que me atravesaba y que podía leer las líneas que le estaba escribiendo, aquellas que confesaban cuánto temía perderla, aquellas que proponían cualquier cosa con tal de poder seguir junto a ella, como antes, aquellas en las que manifestaba mis sentimientos con la misma pasión de siempre.

Pero aunque me observaba, estaba inmóvil, parecía un fantasma y habría jurado que estaba helada, aunque no la llegué a tocar. Parecía estar al borde de las lágrimas. Me levanté y me acerqué hasta ella, dejando la carta encima de la mesa.

-Eh, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? -pregunté en un susurro.
Me miró a los ojos y juro que deseé morir allí mismo.
-Carlos, no puedo más, lo siento.
-Pero...
-No digas nada, por favor, no quiero hacer las cosas más difíciles.

Me marché, sin saber si leería la carta. Si aún me quería lo haría, pero si había dejado de amarme... daba igual que la leyera o no, no volvería a sentir su piel contra la mía.

Aquel día salí a la calle y me desplomé sobre el suelo, grité de agonía y desesperación. No sé cuánto tiempo estuve sobre el suelo mojado, solo sé que pasó... Pero siento deciros que no todo pasa, hay cosas que se quedan en el alma para siempre, guardadas bajo llave. Ella era una de esas cosas, un inestimable tesoro custodiado con candado.

V

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Diana

"Te juegas la vida por la honra... Juégate la honra por el alma." (José María Escrivá de Balaguer)

No puedo soportarlo. Puede que no la ame, pero eso no le da derecho a... no, no, diablos, no. No puedo imaginármela en sus brazos, maldito bastardo. 
Ha mancillado mi honra, se suponía que nadie debía tocarla, que era mía y, sin embargo, ahí estaba con él, como yo no la he tenido nunca. Sus finos labios escondían una sonrisa, sus mejillas estaban encendidas y su cuerpo desnudo probablemente ardía ante los deseos de él. 
Me desgarraba el alma pensar en ello. Acabaré con él, me dije. 
-Carlos, ven aquí, vas a ser mi padrino. Avisa al traidor del señor Fernández; dile que mañana al amanecer, antes de llegar a la playa, en la ladera, duelo a muerte, que no vaya armado. Tú, Carlos, llevarás las pistolas. 
-Pero señor... 
-¡Calla y haz lo que te digo! -le contesté nervioso, mientras un sudor frío me recorría la frente.
Notaba la ira corriendo por mis venas, tomé un vaso de ron y luego otro. Tenía que calmar mis nervios. Decidí meterme en la cama e intentar dormir hasta el momento del duelo. 
Soñé con balas disparadas antes de tiempo, con el vello de la suave piel de Diana erizado ante el miedo, con su rostro desencajado al observar que había muerto quien ella quería...
Me desvelé para luego volver a entrar en la ensoñación y esta vez la observé a ella con otros colores que no tenían ninguna marca de enfermedad, la vi más bella que nunca, de la mano de alguien, de la mano de Alberto Fernández y llevaba unas flores, unas flores que depositó en... sí, no cabía duda, era mi lápida. 
Desperté más sudoroso, con las sábanas pegadas a la piel. Carlos me esperaba en la puerta de mis aposentos. Me puse mi mejor traje, abroché los gemelos que había heredado de mi padre, y salí de mi hermosa residencia, para dirigirme con mi padrino a la ladera. El Sol aún no había salido. 

 
Y ahí estaba él, acompañado por otro caballero. También había llegado antes de tiempo. 
-Sabes que esto es ilegal, Pedro -me advirtió, como si pensara que pudiera importarme. 
-¿Encima osas dirigirte a mí “de tú”? ¿Después de lo que has hecho? 
-¡Ella no te ama! ¡Ni tú a ella! No deberías hacerla esto, le vas a partir el alma. Deberías anular el matrimonio... -me aconsejó, haciendo caso omiso de mi advertencia.
-Solo yo puedo mantenerla.
-Lo sé, pero deberías dejarla ser feliz. 
-¡Ya he consentido bastante! -sentí que volvía a perder el control de mí mismo.
-¿Es tu última palabra? -preguntó Alberto Fernández, vano de esperanzas.
Volví a imaginármelos juntos y sentí cómo un dardo hacía diana en mi alma.
-Lo es.

Para uno de los dos, ése sería el último amanecer que verían sus ojos. El cielo estaba rojizo, como teñido de sangre. 
Los padrinos sacaron las armas y nos entregaron una pistola a cada uno. Apoyé mi espalda sobre el que en otro tiempo había sido un buen compañero y comencé a caminar. Entonces me vi en medio del duelo. Me tembló un poco el pulso, pero conseguí sobreponerme. Me di la vuelta. 

Sonó un único disparo y dos corazones quedaron heridos. 

V

sábado, 5 de noviembre de 2011

Llévame a Perú

"La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos." (Henry Van Dyke) 

-Felicidad -llamó la pequeña-, cuando tengas pensado volver, sé educada y llama con un par de golpecitos a la puerta; porque ya he aceptado que te fueras sin despedirte, pero no sé si estaré preparada para que vuelvas.
Me he acostumbrado a vivir sin paz. Mi prima se volvió hace dos días a Perú y yo no he parado de llorar desde entonces, además, me duele la tripita. Mamá dice que es por los nervios.
Aquí apenas tengo juguetes, aunque tengo más de los que tenía en Perú. Mis papás me llevan los sábados a una guardería de mayores, hay muchos otros niños con los que jugar, pero yo no quiero jugar.
Hoy la profe me ha obligado a jugar al fútbol y yo he vuelto a llorar, nadie me entiende... Yo solo quiero estar con los tíos, ¿por qué tengo que estar en España, eh, Felicidad?
Recuerdo aquellos días en los que era feliz, cuando la prima, los demás y yo nos escapábamos de casa e íbamos a buscar a los caballos. Aquí solo tengo un conejo, que últimamente es el único que me alegra un poco el día.
Dime Felicidad, ¿por qué te marchaste? ¿Me porté mal? ¿Me abandonaste por otra niña?


Papá y mamá no me quieren, lo sé. Y en este país los adultos de la escuela me enseñan cosas y mis padres parecen más contentos, a pesar de que todo el mundo habla de no sé qué de una crisis; pero yo no estoy alegre, y a Crisis no la conozco. Yo solo quiero irme para correr por el campo y dormir en casa de los tíos.
Me han dicho que no volveré a ver a la prima hasta que tenga 18 años... me quedan diez todavía.
Siento que has sido injusta, parece que te has quedado con todos los demás y te has olvidado de mí. ¿Tú tampoco me quieres ya?
Sé que tengo que ser fuerte, pero soy muy pequeña y ni las muñecas ni los cuentos de hadas me consuelan.
Por favor, Felicidad, vuelve, te echo mucho de menos. Vuelve y llévame a Perú...

V

martes, 25 de octubre de 2011

La alcoba inundada

"Economizad las lágrimas de vuestros hijos, para que puedan regar con ellas vuestra tumba." (Pitágoras)

No paraba de gritar, dolía mucho y se notaba su dolor en la mirada.
-Empuje, empuje -no paraba de repetirle la nodriza.
-No puedo... no lo soporto más.
-Ya falta poco, empuje un poco más, solo un poco.
Entonces realizó fuerza y chilló muy alto, con todas las fuerzas que le quedaban.
Acto seguido, notó las manos hábiles de la nodriza y después, un vacío en su interior. El dolor cesó.
-Ya está, ya ha pasado -le susurró al oído.
-¿Qué es? -preguntó ella con miedo.
-Una... una niña.
Las lágrimas de la madre afloraron su rostro en apenas unos segundos y pronto se desbordaron por sus mejillas. La habitación se inundó de salada desolación.
Tanto esfuerzo había resultado en vano. La mujer se observó, había sangre por todas partes, tanta que durante unos instantes llegó a pensar que moriría ahí mismo, desangrada. Egoístamente, llegó incluso al pensamiento de que si fallecía, realmente poco importaba que hubiera sido niña. Entonces pensó en su marido, en su otra hija... y volvió a ser fuerte solo por ellos, porque merecían que lo fuera.
-Dejadme verla.
La nodriza le tendió a la recién nacida en sus brazos. 
La madre la observó con cariño e irritación. El marido entró en la alcoba y también miró a la pequeña.
Le dio un beso a la mujer en la frente y le preguntó:
-¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé. No podemos matarla -dijo angustiada, y decidió cambiar sus palabras-. No vamos a matarla, ¿verdad?
-No. No sería capaz... pero no podemos quedárnosla. No podremos pagar la dote y nadie querrá casarse con ella; por no hablar de que trabaje en el campo.
-Yo trabajo en el campo.
-Sí, pero no tienes los brazos de un hombre, tu producción es inferior a la mía. Créeme, yo también quiero cuidarla, cariño, pero no podemos. No podemos -volvió a repetir el trabajador y a él también acudieron las lágrimas.
La nodriza intervino.
-Si queréis, yo podría llevarme a la niña. La llevaría a un monasterio o buscaría a una pareja de nobles que no pudiera tener hijos, creedme hay más matrimonios estériles de lo que se pueda llegar a imaginar.
-Si no queda otra opción... -dijo la madre.
-Es lo mejor -repuso él.
-Que así sea.
No volvería a ver a su pequeña. La besó en la mejilla con cuidado y se la devolvió a la nodriza.
Su marido la envolvió en un abrazo.
-No quiero seguir intentándolo -confesó ella en un susurro, cuando la nodriza ya se había marchado-. No puedo ver partir a mis hijas. Asumámoslo, no tendremos un hijo varón.
-Sé que duele, yo también sufro. Pero necesitamos tener a ese niño, nosotros creceremos y dejaremos de ser tan hábiles. No podremos pagar los impuestos que nos impone el señor. Necesitamos más manos trabajadoras.


Ella no dijo nada, sabía que era cierto. Las niñas suponían una carga y los niños un alivio. Pensó que seguir pariendo era un acto egoísta, pero si quería seguir subsistiendo en esa sociedad, no le quedaba otra que agachar la cabeza y asumir lo que su marido le decía.
Y así lo hizo, bajó el rostro y volvió a llorar.
No solo eran lágrimas de pena por haber perdido a su hija recién nacida, eran también, lágrimas de culpabilidad.

V

lunes, 24 de octubre de 2011

Dulce anhelo amargo

"A thousand miles seems pretty far but they've got planes and trains and cars... I'd walk to you if I had no other way." (Plain White T's, Hey there Delilah)

Fuera de lugar, a veces me sentía fuera de lugar, viviendo una vida que en ocasiones sabía amarga, a la que le faltaban aquellos caramelos de fresa intensa que mi abuelo solía darme cuando era pequeña. 

Sabía exactamente cuál era el sitio en el que deseaba estar en ese preciso momento, pero no podía ir hasta allí. Quizá por aquel gran objeto tan pesado llamado “responsabilidad”, que cierto día me habían cargado a la espalda; quizá tan solo por miedo. Lo ignoraba, pero no sabía cómo desprenderme de ellos. Y sin embargo, tenía claro que no deseaba seguir aquí, no en ese instante, porque ese instante siempre lo tenía. No, ese día quería estar ahí, ahí donde él estuviera... Y aunque no podía, sabía que era yo la que debía llegar hasta él. Se lo debía. 

No obstante, por mucho que me gustase el “allí”, realmente no era mi sitio. Aquí lo tenía todo. Y fuera del todo estaba lo que anhelaba. Aquel anhelo me producía escalofríos, me hacía temblar y llorar de emoción, me robaba carcajadas a más velocidad de lo que podría haberlo hecho la luz, sacaba la parte que más me gusta de mí misma, me brindaba confianza, me hacía pensar e, inevitablemente, despertaba mi deseo; aquel amargo anhelo me recordaba la dulzura de un buen caramelo de fresa. Y al no tenerlo se me secaba la boca; y al tenerlo se me hacía agua, incluso con su amargura.

Quizá ni siquiera era un caramelo de fresa, más probable es que fuera de café, el verdadero sabor de los caramelos de mi abuelo, pero aun más probable es que no tuviera ninguno de estos sabores, sino el suyo propio, ése que le hacía único, el que me dirigía a él en cada pensamiento, el que de verdad anhelaba, el que me estaba volviendo loca. Sí, no cabía duda, era ese sabor, ese sabor amargo que conservaba su dulzura.

V

martes, 18 de octubre de 2011

Superficialidad

"Los prejuicios son la razón de los tontos." (Voltaire)

Aún no tenía claro cómo lo había conseguido soportar durante tanto, tantísimo tiempo. 
Cogió la superficialidad y la metió en el sobre más grande que tenía, pasó su lengua por el dorso del papel y lo dejó bien cerrado. A continuación lo hizo trizas con todas su fuerzas y arrojó los múltiples trocitos al fuego de la chimenea. 
La satisfacción brotaba en su rostro mientras las llamas le calentaban las manos.

Se asomó a la venta y decidió bajar a la calle. Una vez en ella, despegó las etiquetas de la frente de las personas que por allí pasaban y cortó los dedos de los que señalaban con aires de superioridad. 
Su trabajo no había hecho más que empezar, los prejuicios habían invadido a la sociedad.

El feo era marginado y el atractivo adorado, incluso teniendo en cuenta que la belleza seguía siendo relativa.
Las personas solo se acercaban a otras si sus intereses físicos coincidían y los afortunados siempre acababan siendo un grupo minoritario con el prototipo de spot publicitario.

La ignorancia era la reina del día, día tras día; y el amor, como comúnmente lo conocemos, había muerto desde hacía ya mucho tiempo. Los corazones habían dejado de latir y las mariposas habían volado de los estómagos para refugiarse de tanta falta de escrúpulos.

Con un solo vistazo, tu vida estaba determinada al triunfo o al fracaso.

V

miércoles, 12 de octubre de 2011

Russian Roulette

"La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos." (Antonio Machado)

-Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui Iesus... -susurraba.
Había pasado innumerables horas bebiendo whisky, pero aún no estaba preparado para aquello, tenía miedo, mucho miedo.
Llevaba meses acudiendo a aquel clandestino agujero, peleándose a cambio de unas pocas perras que no daban ni para aguantar un par de días más en la vida real. Así que, qué diantre, qué más daba que tuviera miedo, aquello no era vida y si ese día tenía que morir, que así fuera.
Tres hijos pequeños, una esposa enferma y ningún puesto de trabajo que ocupar. La vida se le echaba encima y ya no sabía cuánto más podría aguantar.
Se sentó en la silla. Aquí no había cartas ni estrategia que llevar, sería un esclavo del azar, una criatura en manos de Dios y si Dios era misericordioso...
Observó a sus oponentes, una buena panda de borrachos, pero no les juzgó. Al fin y al cabo, él había acabado igual de ebrio por temor a tener que hacer frente a ese instante con la mente lúcida. Quizá cuerdo se habría arrepentido en el último momento. Y arrepentirse sí que suponía la muerte.
Apoyó los codos sobre la mesa y observó los múltiples revólveres que había, uno por cada jugador. No obstante, solo uno estaba cargado de balas.
El jefe del local tocó la campana. Había llegado el momento.
Su compañero de enfrente disparó, pero no salió fuego.
Su compañero de la derecha disparó, tampoco salió fuego. 
-Sancta Maria mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen.
Se acercó el arma a la sien y apretó el gatillo.
Fuego... un chillido desgarrador.

 
Su compañero de la izquierda se desplomó sobre la mesa, mientras la sangre se derramaba hasta gotear en el suelo.
-O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria -oró arrodillado.

Todo había pasado, sobrevivirían una semana más.

V

martes, 4 de octubre de 2011

A orillas del mar

"Every time I travel far I think about you by my side to any of those places I cannot go by" (Russian Red, I hate you but I love you)

Y allí estaba ella, ebria de amor, suspirando por cada respiración de él. Toda su piel anhelaba rozarle, su alma deseaba leerle la mente... Allí estaba ella, evadiéndose del mundo, preguntándose si alguna ley matemática explicaría tanto dolor. Acompasaba latidos, guiaba al corazón a través del tic-tac del reloj; gritaba su nombre en el silencio, derramando vanas lágrimas que se perderían como sus sueños.

Allí, saboreando las pequeñas gotas saladas que llegaban hasta sus labios. Allí estaba ella, derramando tinta sobre el papel, escribiendo otra melancólica sandez; fusionando palabras que nunca verían los ojos celestes de él.

Allí estaba ella, a orillas del mar, relamiéndose en el adiós.

V

jueves, 29 de septiembre de 2011

Las aventuras de Jean-Jacques Locke

"El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado." (Jean-Jacques Rousseau, El contrato social)

Jean-Jacques Locke había vivido felizmente los veintitrés años que tenía encerrado en un sótano, sólo con agua, comida, un colchón de hacía dos siglos y algunos tratados filosóficos, con los que había aprendido a leer y a pensar.
Un mal día, la escandalizada guardia civil lo encontró, y Jean aprendió algunas cosas más empíricamente, como lo que eran los periodistas imbéciles. Salió en todos los periódicos y su vida fue un verdadero fiasco durante los siguientes tres años que duró la absolutamente desinteresada fascinación hacia su persona, que les hacía ganar miles de millones de libras a su costa.
Otro pésimo día, como todos los demás, nuestro ya conocido amigo Jean, decidió robar doce latas de sardinas, su alimento preferido, y sin saber cómo, Jean se descubrió esa misma noche durmiendo en un colchón parecido al que tenía cuando era feliz. No obstante, los barrotes de su nuevo hogar y los insultos de sus nuevos compañeros no le hicieron demasiada gracia. Pasado un tiempo, la policía dejó que volviera a la calle.

Jean siguió comiendo latas de sardinas y otro día como cualquier otro anterior, se encontró con una señora que llevaba un maravilloso sombrero de terciopelo azul. Al instante quedó fascinado, le propinó dos o tres patadas a la mujer y se puso su nuevo y elegante sombrero. La gente le miraba como si fuera un extraño. Los señores de las porras le habían echado de menos y volvieron a llevarle a sus casas como jaulas.
Años más tarde, cuando Jean pasó por un centro muy limpio de gente que, a su parecer, estaba muy cuerda en el que se entendía por moda llevar camisas blancas que inmovilizaban los brazos, aprendió lo que eran las leyes, y la ociosidad le llevó a descubrir la corrupción política.

A su salida y con el transcurso de billones de horas, Jean-Jaques empezó a tener círculos de amistades, a trabajar para una importante empresa, a acostarse con mujeres y a acumular fortuna. Pero tras conseguir todo esto, Jean no podía conformarse, deseaba una casa más grande en la que vivir y robarle el amor a una mujer no solo hermosa, sino además inteligente.
Pues bien, aún no sé cómo, pero el señor Locke consiguió todo esto y mucho más. A pesar de ello, un día, tumbado en la más alta gama de sofá que tenía en su mansión, Jean abrió el periódico y descubrió cómo en ciertas zonas de su país, algunos hombres vivían peor de lo que él había vivido en aquel oscuro sótano. Estas personas estaban sometidas a una voluntad suprema con un poder absoluto, ante el que se inclinaban como súbditos. A esta persona la denominaban Rey.
Jean-Jacques Locke no era feliz.

Y no era feliz porque descubrió que todo lo que tenía no le otorgaba la más mínima felicidad. Buscó a la señora del sombrero y se lo entregó, junto con unos intereses de miles de libras esterlinas.
En la medida que se fue desprendiendo de sus riquezas y apiadándose de los demás, Jean descubrió que se sentía mucho mejor, casi como se había sentido cuando vivía encerrado en su sótano, donde se había amado a sí mismo.

Pero no sería hasta su llegada a la cincuentena cuando nuestro querido amigo encontrase a dos filósofos que le habían censurado en su tiempo de oscuridad. Estos sabios se llamaban John Loke y Jean-Jacques Rousseau. De ambos aprendió la necesidad de la creación de un contrato social que nos igualara a todos. La idea le obsesionó tanto, que no vivió ya más sino para difundirla.

Finalmente, Jean-Jacques Locke moriría un 13 de mayo de 1789, sin haber podido llegar a sus oídos la que se denominaría Revolución francesa.

V

martes, 27 de septiembre de 2011

Insomnio innecesario

"Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla." (Sigmund Freud)

Claudia tenía 16 años.
Andrés, 24.

Claudia movía sus pies apáticamente, casi retrocediendo en vez de avanzando, intentando hacer eterno cada segundo. Llevaba la cabeza gacha y movía intensamente los brazos, que parecían antónimos de piernas. Un sudor frío le recorría la médula espinal e, ignorando cómo, éste conseguía llegar hasta sus finas manos. Estaba claro, Claudia estaba nerviosa y no quería llegar a su destino.
Le había dado múltiples vueltas a la última vez que había hablado con Andrés; recordaba mucho de aquel día, pero ignoraba por completo qué día era. Llevaban semanas sin hablarse. Sabía que se había enfadado por una tontería, pero le había acabado gritando que “la deseaba más que la quería”.
Ahora tenía miedo, miedo de que todo acabara, de no tener nada.
Sabía que todo se ponía en su contra. Que él se iría a estudiar inglés lejos, que las tardes en el parque acabarían y que ya nadie la leería obras de Oscar Wilde emocionándola hasta las lágrimas. No obstante, nada de eso era suficiente como para dejar de quererle.

Y allí estaba él, con su camisa de cuadros desabrochada sobre una camiseta negra. Era increíblemente alto y Claudia no podía evitar sentirse todavía más pequeña.
Se miraron sin decirse nada.
-Mañana me marcho –dijo Andrés, rompiendo el silencio.
-¿Mañana? ¿Ya?
-Eh, ¿qué te pasa? –preguntó, apoyando los dedos en su barbilla y obligándola a mirarle-. ¿Has llorado?
Claudia apartó la mirada y volvió a su silencio.
-¿Te ha ocurrido algo malo? –insistió él.
-Yo... no... tú, eh... lo siento.
-¿Lo sientes? ¿El que sientes? Mira Claudia, tengo que decirte una cosa...
-Lo sé –interrumpió ella.
-¿Lo sabes?
-Sí.
-¿Y no dices nada? –se sorprendió Andrés.
-¿¡Qué quieres que diga?! –gritó ahogando las lágrimas.
-No sé, algo. Yo... tú...-no comprendía cómo ella podía saber de antemano que llevaba días y días buscando la manera de pedirla perdón.
-Hemos acabado -sentenció ella.

Claudia se estremeció. Había hablado ella por él. Le había ahorrado el dolor de decir lo que quería decirla; y ello le pareció incluso más doloroso. Había llegado a la verdad sola.

Andrés también se estremeció. Ella sabía que él lo sentía, que se arrepentía de haberla dado esa impresión, que la deseaba y no podía evitarlo; pero la quería, por encima de todo la quería, y lo demás poco importaba. Jamás se le habría ocurrido dejarla. Habría sido feliz enseñándola la psicología de Dostoievsky, tumbados sobre la hierba, observándose simplemente, acariciándola las mejillas y besando sus labios de vez en cuando, pero comprendía que ella era demasiado joven para esperar, para aguantar su extraño carácter, para tener únicamente un correo electrónico como muestra de su existencia y no la culpó por no perdonarle.

De hecho, él no dijo nada. De hecho, ella tampoco.

Claudia tenía 16 años y no durmió bien esa noche ni las siguientes 625 que pasó Andrés en Inglaterra. 
Andrés tenía 24 y tampoco durmió bien esa noche ni las siguientes 625 que pasó alejado de ella.

Y ni Caludia ni Andrés se darían cuenta pasados esos 625 días, de que ninguno de los dos quería dejar al otro.


V

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La apuesta de Pascal

 "Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe." (Blaise Pascal)

-¡No puedo creerlo! –gritó el caballero del sombrero de copa-. ¿Para usted no hay nada más? ¿La vida acabaría aquí?
Realizó una breve pausa, que ocupó en realizar una reflexión y, acto seguido, continuó hablando, ya más calmado.
-Aunque me cueste, creo que puedo llegar a comprender que no crea en Dios, pero... ¿eso es todo? ¿No cree que exista algún Algo allá arriba?
-Ja, ja, ja, ¿por qué tendría que estar allí arriba? –preguntó el marqués sin disimular el aire de burla.
-Porque el espacio es infinito, como la perfección, como Él.
-Yo no creo en la perfección –aseguró ajustándose las gafas.

 -¿Usted piensa que no es perfecto? –volvió a interrogar el caballero.
-¿Yo? ¡Desde luego que no! –volvió a gritar y a reír-. Pregúntele a mi esposa, pregúntele a mi amante, pregúntele a cualquiera que me conozca de apenas unos segundos. Oh, no, caballero, me gustan demasiado los placeres –confesó el marqués mientras se señalaba su oronda barriga.
-Entonces sí cree que existe la perfección, aunque solo sea por el mero hecho de que  sabe que usted no la tiene.
-Oh, bueno, pero mire... es una forma de hablar, ya se sabe que yo no soy ningún erudito, que me gusta demasiado el juego y muy poco el retiro.
-No me cambie de tema –insistió el caballero del sombrero de copa.

-Muy bien, ¿quiere usted saber por qué no creo? ¿Ha paseado usted alguna vez por la calle? Ya sé que usted, caballero, proviene de buena familia y vive con todo lujo de comodidades, pero si saliera afuera y dejara a un lado todos sus libros filosóficos y no fuese a todas partes influenciado por lo que dicen las Escrituras como si de la misma palabra de Dios se tratase, se daría cuenta de que la gente no vive como usted ni como yo, ¡sino que mueren de hambre! ¿Cree que toda esa muchedumbre lo tiene merecido? Si es así, acabemos el debate ahora mismo, pero si no lo cree, dígame, ¿eso lo ha decidido vuestro misericordioso Dios?
-¡Dios nos otorgó el libre arbitrio a todos los hombres! Él nos crea, pero nosotros actuamos. No elige quién será pobre ni quién será rico.

-¿No cree pues, en el castigo divino? -preguntó intrigado el marqués.
-Lo cierto es que no.
-¿Y de veras es capaz de comprender mi escepticismo?
-No, eso no.
-Pues bien, le diré algo, yo creo en los hombres, creo de veras en su palabra, confío mi vida a los humanistas, a aquellos que piensan que el ser humano hará grandes cosas y que está en el mundo para mejorar las condiciones de éste y superarse cada día.
-¿Y no le da miedo la muerte?
-Por supuesto, de hecho, me aterra la muerte. Es más, le confesaré algo, le tengo envidia. Envidia porque Dios le otorgó a usted la gracia divina; depositó una fe invencible que le asegurará la felicidad del alma cuando su cuerpo muera.
-¿Por qué cree que a usted le condenó a no encontrarla?
-Creo que, si seguimos suponiendo que Dios existe... Mmm, Él debe ser muy sabio...
-Claro, el más sabio de todos, es perfecto- interrumpió el marqués.
-Por supuesto. Creo que Él sabía que no conseguiría seguir el camino de la virtud aunque supiese de Su existencia, por lo que prefirió hacer de mí un ignorante, para que así, al menos, disfrutase de la vida terrenal.
-La apuesta de Pascal –sintetizó el caballero del sombrero con una teoría filosófica.

-Exactamente, al fin y al cabo, usted y yo no somos tan diferentes, cada uno eligió su teoría y según ésta dirigimos nuestras vidas.
-Entonces, querido amigo, que gane el mejor.
-Creo que Blaise Pascal diría que gane el más afortunado.
-Lleva razón- accedió el marqués-. En fin, un placer hablar con usted. ¿Le veo mañana para tomar el té?
Se estrecharon las manos.
-Sin duda alguna.

El marqués se colocó su capa y se dirigió hacia la salida del café. Entonces, el caballero del sombrero de copa rememoró algo y le gritó:
-¡Recuerde que Pascal era jansenista! ¡Por lo que él apostó por la gloria divina!
El marqués sonrió.
-Y usted sabe a ciencia cierta que su alma está en el cielo y no condenada a vivir en su cuerpo enterrado, ¿verdad?
El sabio caballero no contestó, simplemente le devolvió la sonrisa al marqués.

V

domingo, 11 de septiembre de 2011

Jaque mate

"Now the sweet veils of mercy drift through the evening trees." (Bruce Springsteen, My city of ruins)

-Peón a D4 –dije.
-Caballo a C6. 
-Reina a F5. 
Observé a John, tenía el ceño fruncido debido al exceso de concentración que estaba ejerciendo. No era una partida de ajedrez como tantas otras. Estaban en juego dos billetes de vuelo.
John sonrió. 
-Jaque. 
-¡Mierda! –grité-. Reina a C5. 
-Checkmate –sentenció con su acento inglés. 
-Estaba casi, lo tenía... –me lamenté. 

Ambos comenzamos a recoger el tablero. John no paraba de reír mientras yo le fulminaba con mi mirada de odio. 
-Darling, have to pack your things! New York waits for us! –gritó a su mujer. 
-Oh my God! –Catherine no salía de su asombro-. Era 50%, desearía poder todos ir. 
Mi esposa se acercó y la sonrió. 
-Así es el juego. Pasáoslo muy bien y haced muchas fotos. Ahora Alberto se pasará todo el día jugando al ajedrez con la esperanza de ganaros la próxima apuesta. 
-Y creedme que la ganaré –amenacé con una sonrisa-. Bueno, chicos, llamadnos cuando estéis en la Estatua de la Libertad. 
-Al menos nos invitaréis a vuestra casa en Dublín cuando volváis, ¿no? Ja, ja, algo tendremos que ganar... –persuadió mi mujer, y la esperanza de pisar suelo irlandés me alivió, aunque solo fuera un poco, del enfado. 
-Of course. Vosotros siempre bienvenidos a nuestra casa- dijo John, mientras recogían sus chaquetas. 
Les acompañamos hasta el vestíbulo y nos despedimos de ellos deseándoles un buen viaje. 

Aquel día, cuando me fui a la cama, todavía me dolía el haber perdido la apuesta. 

... 

-¡Cielos! ¡Alberto, ven, corre! 
-¿Qué ocurre Laura? –pregunté desde el pasillo. 
-Corre, ¡coge el teléfono, llama a John y a Catherine! 
“...Al parecer una avioneta acaba de estrellarse en Nueva York contra las conocidas Torres Gemelas. Son los rascacielos más altos de la ciudad, allí, de Manhattan. Ricardo Ortega, buenas tardes, ¿con qué consecuencias?” –se oía la voz de Matías Prats desde el televisor. 
Llegué al salón. No podía ser. Marqué el número corriendo. Lo cogió ella. 
-¿Alberto? 
-Cath, ¿estáis bien? 
-Sí, sí –contestó enseguida. Apenas se la escuchaba. Al otro lado del teléfono se oían gritos histéricos-. Está todo lleno de humo-. Tosió y tardó unos segundos en continuar, atragantada-. No sé, I don’t understand, qué ocurre... 
De repente se oyó un estruendo al otro lado del teléfono. Mi mujer gritó, Catherine gritó. 
-Catherine, Cath, Cath, ¿estás ahí? ¿Me oyes? ¿John? 
-Dios mío, ¿no contestan? –me preguntó Laura. 
Miré a mi mujer, pero no fui capaz de articular palabra. Las lágrimas ya resbalaban por sus rosadas mejillas. 
Ignoro si fue por los nervios o si quizá, ella, ya se estaba temiendo lo peor... 



“Bueno, bueno, y ahora, ahora, de repente una explosión.” (Matías Prats)
“Otra, es que, otro avión volando muy bajo, otro avión... parece que se ha podido...
Matías, no alcanzo a decirte lo que ocurre, pero ha habido otra explosión, sí, en efecto, ha habido otra explosión. Eh... lo que aprecio desde aquí, a salvo fuego y un...” (Ricardo Ortega)
“No, la otra Torre, Ricardo, ¡la otra Torre! ¡Ha impactado en la otra Torre! Y además, en, en una zona más baja aún. Dios santo, es otro avión... parece, el que se ha estrellado en la otra Torre.” (Matías Prats)

En honor a las víctimas de los atentados del 11S.

V

jueves, 25 de agosto de 2011

Realismo

"No surprise, no mystery in this theatre that I call my soul. I always play the starring role, so lonely." (The Police, So lonely)

-Estela, por favor, recoge la mesa –le pidió su madre.
-Niña, ¿qué haces? ¡Camina erguida! –le reprochó su padre.
Estela recogió los restos de la merienda, se dirigió hacia la pila asegurándose de caminar con la espalda recta y empezó a fregar los platos.
-Cielo... ¿dónde demonios has metido el suavizante? –añadió el padre.
-¡¡Tienes la habitación llena de polvo!! ¡¿Y esos papeles tirados por la cama?!
-¿Cuándo diablos piensas ponerte a hacer los deberes?
-¡Y baja el volumen de la música! –reprendió la madre.

Estela volvió a su habitación, harta de lo mismo de siempre, de saber perfectamente que no era guapa, ni inteligente y de que, sin duda alguna, no servía para nada en esta vida. Pero a pesar de estar totalmente convencida de todo eso, se sentía herida cuando sus padres la gritaban así. Sabía lo que había y se esforzaba por hacer las cosas bien, por ello, no aguantaba más y volvía a su habitación para sumirse en su mundo de música y dibujos, lo que su madre llamaba “papeles”.

Como un susurro filtrado entre los violines de la melodía que estaba escuchando, Estela oyó que llamaban al timbre. Su padre entabló un par de palabras con la persona que acababa de llegar. Estela no prestó atención.
Instantes después alguien apoyaba la mano sobre su hombro. La muchacha se giró e hizo una breve mueca que escondía una sonrisa. Era David.
Bajó el volumen de la música.

-¿Todos estos dibujos son tuyos? –preguntó el chico.
Estela asintió con la cabeza.
-Uauh, son fantásticos –la elogió mientras se dirigía hacia la ventana-. Son completamente realistas. Siento que puedo observar el mundo a través de ellos con tanta veracidad como si lo estuviera haciendo tras este cristal.
-No exageres.
David la miró fijamente a los ojos.
-No exagero, eres maravillosa.
Estela no comprendió a qué se refería.

V

sábado, 6 de agosto de 2011

Un ingrediente esencial

"The wise man said just find your place in the eye of the storm; seek the roses along the way, just beware of the thorns." (Scorpions, Send me an angel)

Llevaba mucho tiempo escuchando a los demás, guiándose por intuiciones que no eran las suyas, que no sentía...

Pero un día dejó que el viento acariciara su rostro y despeinara su pelo; hinchó sus pulmones de un componente químico extraordinario, denominado trivialmente vida; cerró los ojos y encontró la salida de esa oscuridad. Se encontró a sí mismo.

Paró en seco su acelerada vida, dejó de consumir, lo que le pedía la sociedad a gritos que no dejara de hacer, y se tomó unas vacaciones, las primeras desde hacía años y años.

Y de repente un día, se tumbó en la arena de una playa casi desierta, durante uno de esos múltiples días de descanso y descubrió un sonido que nunca antes había escuchado; provenía de su interior, de su pecho. Meses después descubriría que eso que había oído era lo que la gente común con un ingrediente esencial, llamado amor, denominaba corazón y que latía y guiaba a las personas por un camino diferente al que los altos cargos y la sociedad en general habían determinado para el resto del mundo.

El corazón les hacía más humanos, bombeaba sangre hasta unas mentes capaces de pensar por sí mismas y daba sentido a esos sentimientos que, anteriormente, nuestro hombre en particular había amortizado a base de aceptar todo lo impuesto.

Eran seres que confiaban en sí mismos... Seres que todavía creían que podían cambiar el mundo.

V

sábado, 16 de julio de 2011

Héroe de la clase obrera

"They hate you if you're clever and they despise a fool, till you're so fucking crazy you can't follow their rules." (John Lennon, Working class hero)

Se despertaba, trabajaba y dormía un poco, lo suficiente como para adquirir fuerzas para el próximo duro día de trabajo. Así todos los días, hasta que no podía más.
Apenas veía a sus hijos, éstos iban a una pequeña y pobre escuela en la que los profesores les educaban de un modo totalmente efectivo gracias al empleo del dolor físico.
Su esposa volvía a estar embarazada.

En la mina le torturaban y el señor le despreciaba. Los obreros solo conocían su nombre, jamás su rostro, porque acercarse a la tierra era demasiado sucio para el patrón y las condiciones de sus trabajadores realmente le importaban una mierda.


El domingo tenían unas horas libres que debían dedicar a acudir a misa, misa en latín que el obrero no comprendía, pero qué importaba, ni siquiera creía en ningún Dios, pues de existir Éste no permitiría tanta injusticia en el mundo.

Y en todo momento le recordaban lo insignificante que era uno, que el poder lo tenían ellos y que él nunca sería tratado como un igual porque era un ignorante.
Pero a ojos de la ley le anunciaban que era un hombre libre, mientras le drogaban con la religión y el sexo.

Le enseñaron a sonreír mientras disparaba y vivió feliz porque sabía que el amor era lo único que no le faltaba.

V

lunes, 4 de julio de 2011

Ahora no temo a la muerte

"Who wants to live forever, who dares to love forever... when love must die?" (Queen, Who wants to live forever)

Querida ...

Las circunstancias que me mueven a escribirte son muy diferentes de las veces anteriores, desearía no tener que hacerte llegar estas palabras, pero sé que debo hacerlo. He sido injusto contigo desde el principio al desear que me amaras y supongo que vuelvo a ser injusto ahora, al pedirte que por favor dejes de hacerlo.

Ambos albergamos esperanzas vanas en un futuro que sabíamos que no llegaría, pero la ilusión y los escasos encuentros que tuvimos hicieron que las mariposas volaran desde nuestro estómago hasta nuestras mentes, nublándolas por completo.

Ignoro qué sensación habrán provocado en ti estas palabras, sé que no tendría que decirte esto, pero necesito hacerlo una vez más, después desapareceré, lo prometo. Te quiero, ..., y siempre te querré, me has demostrado que el mundo no es algo inmóvil, que podemos ser libres en el silencio, que existen las segundas oportunidades y que el amor puede durar para siempre, si se ama de verdad.

El motivo de mi despedida tiene que ver con que mi mujer nos descubrió cogidos de la mano mientras tomábamos café en la cafetería de la esquina. Sí, aquel maravilloso 4 de julio, el 4 de julio del 37. Siempre lo recordaré como nuestro último encuentro, mi último halo de felicidad.

Imagino que alguna vez barajaste la opción de escaparnos, de emigrar a América y dejar atrás esta eterna guerra, pero no sería justo alejarte de tu familia, menos ahora que han encerrado a tu hermano. Considero que lo mejor será que os deje ser felices en la medida de lo posible a ambas, a ti y a mi esposa, y desaparezca de vuestras vidas. Ya lo he decidido, quizá lo decidí hace mucho tiempo, me uniré al bando republicano enseguida y lucharé en lo que pueda por mejorar este país, hasta que nos recuperemos o hasta que la dictadura acabe implantándose en cada rincón de España.

Creo que sabías que acabaría haciéndolo, que mis ideales eran demasiado fuertes. Jamás te pediré que me perdones por esto, sé que de todos los hombres del mundo soy el último del que te deberías haber enamorado. De veras que lamento todo lo ocurrido y te aseguro que si pudiera volver atrás, ni se me ocurriría cruzarme en tu camino, aunque en mi fuero interno lo haría una y otra vez.

No temas por mí, tú eras lo único que me unía al mundo, así que ahora no temo a la muerte, la esperaré si ha de llegar.
Por favor, olvídame, vive y sé todo lo feliz que puedas.
Siempre tuyo:

...

V

jueves, 23 de junio de 2011

Falso amor de plástico

"She tastes like the real thing my fake plastic love" (Radiohead, Fake plastic trees)

En un mundo materialista, en la Tierra del plástico, ella se enamoró de él, de un hombre de poliéster que solía dedicarse a la cirugía en los años 80.

Él se vendió como un ser perfecto, con una dentadura de blancos dientes y una melena dorada cuidadosamente peinada, el sueño de cualquier adolescente. Era, sin duda, el mejor producto que podía adquirirse en el mercado, tenía una gran fortuna en sus bolsillos y albergaba un futuro absolutamente dichoso para cualquier joven.

Supongo que ambos acabaron por gustarse. Y como todo amor correcto, se casaron, compraron una casa en Canary Wharf, tuvieron hijos y todo salió a pedir de boca, gracias a esta fantástica sociedad de capitalismo y consumismo. Pero un día la consciencia llegó hasta él. Sus preciosos hijos no paraban de pedir y pedir; y él no paraba de trabajar y trabajar; y su mujer, de gastar y gastar en maravillosos vestidos que no verían la ocasión de ser estrenados.

Fue entonces cuando el cansancio comenzó a reflejarse en su rostro y empezó a chillar, a gritarles a todos, a su perfecta familia. Se desmoronó, se consumió...
Deseó echar a correr, atravesar el techo volando, abandonarles a todos y salir de este mundo. Quiso morir pero no pudo.

Él había sido el primero en venderse y ella se había creído que su falso amor de plástico era auténtico. Ahora no puede abandonarla, pero tampoco puede evitar lo que siente, está harto de todo, está cansado de ella.

Y eso le consume, y eso le consume. Si pudiera ser siempre quien ella quiere que sea...

V

sábado, 11 de junio de 2011

Aquella gran sonrisa

"The record shows I took the blows and did it my way" (Frank Sinatra, My way)

Cuando se miró en el espejo, el caballero descubrió lo que llevaba tiempo temiéndose. Su rostro estaba surcado de arrugas, el cabello apenas tenía tonos oscuros, pues las canas le habían ganado territorio y el reflejo de sí mismo le devolvía una mirada cansada por el paso de los años. Se sonrió y descubrió que al menos su dentadura aún permanecía impoluta. Y empezó a recordar...

Rememoró los múltiples viajes que realizó y lo afortunado que había sido para haber nacido en 1915, y con ello se acordó de su esposa y de un sinfín de momentos de plena felicidad en esos cuarenta años que habían pasado los dos juntos, hasta que la muerte la hizo llamar. Dedicó un tiempo a cada uno de sus hijos y a los nietos que parecían haber llegado ayer al mundo y que, sin embargo, les había visto pasar de la infancia a la juventud.

Recordó numerosas noches en vela atrapado en el insomnio, enredado entre las sábanas, especialmente en sus años de adolescencia, durante los cuales se veía afectado por aquellos enredos amorosos que le llevaban por el camino de la amargura y que solían acabar con finales desastrosos. Soltó una carcajada, qué inocente era, ojalá pudiera decirle ahora a aquel muchacho que sería muy feliz con los años y que algunas mujeres solo le traerían problemas, pero que no se preocupara, que daría con la adecuada.

¿Lamentaciones? Sí, claro que tenía de qué arrepentirse, pero ahora qué importaba. Había pensado tantas veces en qué habría pasado si en vez de esto hubiera hecho lo otro y si hubiese ido allí en vez de... Pero lo cierto era que no se podía retroceder, que el pasado siempre quedaba impoluto por muchas vueltas que se le diese a los hechos en la cabeza. Cuánto había fantaseado a lo largo de su vida, a veces incluso llegó a vivir más en la ficción que en la realidad.

Río, lloró y pasó por todos aquellos momentos malos que a todos nos toca vivir, pero ahora, tras mirar hacia atrás, puede ver cómo se le iluminan los ojos a aquel extraño tan conocido que observa e imita cada movimiento en frente de sí. Su reflejo.

Lo afrontó todo y mantuvo la cabeza en alto y lo hizo a su manera.
Y no pudo evitar ensanchar todavía más aquella gran sonrisa que, a pesar de las apariencias, estaba plena de vida.

V

viernes, 3 de junio de 2011

Cierra los ojos y verás

"Let me take you down, 'cause I'm going to strawberry fields... nothing is real" (The Beatles, Stawberry fields forever)

La vida resultaría tan sencilla viviendo con los ojos cerrados, sin comprender nada de lo que vemos... Allí, en los campos de fresas, donde nada es real, donde no tendríamos que preocuparnos por la sociedad.

Todo parece un sueño, un sueño creado por nosotros mismos. Solo tienes que correr hasta ese delicioso jardín, tumbarte sobre la hierba, dejando que el olor a fruta penetre por tu nariz e intentar silenciar el violento sonido que provoca la caída de las bombas sobre la ciudad.
Ven conmigo, déjate llevar al campo de fresas. Para siempre.

Es como una droga que te invita a olvidar el dolor que hay a tu alrededor. No tienes que preocuparte del dinero que necesitas para alimentar a tus hijos, ni del semblante de desolación que asoma por la boca de tu pareja y se esparce por todo su rostro. No hay guerra. Nadie puede herirte ni hacerte débil, eres perfecto, eres unánime, eres el líder, el todo, eterno, inmutable.
Y estás solo.

No hay amor, ni deseo, tampoco odio, solo un falso placer con sabor a nada, procedente del intenso rojo de las fresas que olías desde tu casa.

Qué fácil es observar el mundo con tus bellos luceros apagados.

V

miércoles, 25 de mayo de 2011

El recuerdo del pasado

"I don't know how it happened, it was faster than the eye could flick" (Dire Straits, Your latest trick)

Litros de alcohol recorrían su garganta, estaba sentado ante la barra del bar pidiendo otra copa, ignorando que su mente hacía rato que había dejado de vagar por aquel lugar. Ya solo podía pensar en el rojo de sus uñas y en esos ojos fugaces que le habían atravesado el alma mientras él tocaba otro blues en Lover's Lane.

Todo ocurrió muy deprisa, los músicos de jazz dejaron a un lado sus trompetas, ella se acercó a él para intercambiar sonrisas y alguna que otra palabra, tal y como hacía en las viejas noches del ayer. Él creyó que el recuerdo le haría resistir la tentación, pero ella volvía con su llave de acceso y el escaso pasado dichoso llegó a abrumarle tanto que acabó conducido por sus finas manos hasta la oscuridad, perdiéndose en su perfume, deslizando prendas a la velocidad de la luz y saboreando una piel que no era la suya.

Entonces los rayos del sol incidieron en aquella desconocida habitación y descubrió nuevamente que el otro lado de la cama estaba vacío. Sintió cómo una vez más su corazón se rompía, pero permanecía ese dulce sabor en los labios que le encaminaría a escribir una nueva nostálgica pieza de blues.

Y así fue cómo terminó una vez más como un vagabundo de Bowery, comprendiendo que la botella había acabado completamente vacía y que ya no quedaba nada.

Así que le mostró sus respetos, a ella y a su último truco.

V