Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 27 de septiembre de 2011

Insomnio innecesario

"Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla." (Sigmund Freud)

Claudia tenía 16 años.
Andrés, 24.

Claudia movía sus pies apáticamente, casi retrocediendo en vez de avanzando, intentando hacer eterno cada segundo. Llevaba la cabeza gacha y movía intensamente los brazos, que parecían antónimos de piernas. Un sudor frío le recorría la médula espinal e, ignorando cómo, éste conseguía llegar hasta sus finas manos. Estaba claro, Claudia estaba nerviosa y no quería llegar a su destino.
Le había dado múltiples vueltas a la última vez que había hablado con Andrés; recordaba mucho de aquel día, pero ignoraba por completo qué día era. Llevaban semanas sin hablarse. Sabía que se había enfadado por una tontería, pero le había acabado gritando que “la deseaba más que la quería”.
Ahora tenía miedo, miedo de que todo acabara, de no tener nada.
Sabía que todo se ponía en su contra. Que él se iría a estudiar inglés lejos, que las tardes en el parque acabarían y que ya nadie la leería obras de Oscar Wilde emocionándola hasta las lágrimas. No obstante, nada de eso era suficiente como para dejar de quererle.

Y allí estaba él, con su camisa de cuadros desabrochada sobre una camiseta negra. Era increíblemente alto y Claudia no podía evitar sentirse todavía más pequeña.
Se miraron sin decirse nada.
-Mañana me marcho –dijo Andrés, rompiendo el silencio.
-¿Mañana? ¿Ya?
-Eh, ¿qué te pasa? –preguntó, apoyando los dedos en su barbilla y obligándola a mirarle-. ¿Has llorado?
Claudia apartó la mirada y volvió a su silencio.
-¿Te ha ocurrido algo malo? –insistió él.
-Yo... no... tú, eh... lo siento.
-¿Lo sientes? ¿El que sientes? Mira Claudia, tengo que decirte una cosa...
-Lo sé –interrumpió ella.
-¿Lo sabes?
-Sí.
-¿Y no dices nada? –se sorprendió Andrés.
-¿¡Qué quieres que diga?! –gritó ahogando las lágrimas.
-No sé, algo. Yo... tú...-no comprendía cómo ella podía saber de antemano que llevaba días y días buscando la manera de pedirla perdón.
-Hemos acabado -sentenció ella.

Claudia se estremeció. Había hablado ella por él. Le había ahorrado el dolor de decir lo que quería decirla; y ello le pareció incluso más doloroso. Había llegado a la verdad sola.

Andrés también se estremeció. Ella sabía que él lo sentía, que se arrepentía de haberla dado esa impresión, que la deseaba y no podía evitarlo; pero la quería, por encima de todo la quería, y lo demás poco importaba. Jamás se le habría ocurrido dejarla. Habría sido feliz enseñándola la psicología de Dostoievsky, tumbados sobre la hierba, observándose simplemente, acariciándola las mejillas y besando sus labios de vez en cuando, pero comprendía que ella era demasiado joven para esperar, para aguantar su extraño carácter, para tener únicamente un correo electrónico como muestra de su existencia y no la culpó por no perdonarle.

De hecho, él no dijo nada. De hecho, ella tampoco.

Claudia tenía 16 años y no durmió bien esa noche ni las siguientes 625 que pasó Andrés en Inglaterra. 
Andrés tenía 24 y tampoco durmió bien esa noche ni las siguientes 625 que pasó alejado de ella.

Y ni Caludia ni Andrés se darían cuenta pasados esos 625 días, de que ninguno de los dos quería dejar al otro.


V

3 comentarios:

  1. Suele suceder, porque aunque nos guste pensar que no a veces la edad y las distancias si nos afectan :c
    Yo llevo desde marzo con insomnio..
    Miles de abrazos
    Veró

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  2. extraña historia...(es real, verdad?), eso me parecio.
    es muy agradable, existira segunda parte?
    Un beso en cada mejilla y un abrazo..^^
    Lyo

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  3. Habia olvidado tus relatos tan especiales. Pero la desesperacion de analizar y encasillar evita que me haya ocurrido un suceso parecido, aunque pudo haber pasado. Gracias por transmitirlo con tus palabras

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