Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 29 de septiembre de 2011

Las aventuras de Jean-Jacques Locke

"El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado." (Jean-Jacques Rousseau, El contrato social)

Jean-Jacques Locke había vivido felizmente los veintitrés años que tenía encerrado en un sótano, sólo con agua, comida, un colchón de hacía dos siglos y algunos tratados filosóficos, con los que había aprendido a leer y a pensar.
Un mal día, la escandalizada guardia civil lo encontró, y Jean aprendió algunas cosas más empíricamente, como lo que eran los periodistas imbéciles. Salió en todos los periódicos y su vida fue un verdadero fiasco durante los siguientes tres años que duró la absolutamente desinteresada fascinación hacia su persona, que les hacía ganar miles de millones de libras a su costa.
Otro pésimo día, como todos los demás, nuestro ya conocido amigo Jean, decidió robar doce latas de sardinas, su alimento preferido, y sin saber cómo, Jean se descubrió esa misma noche durmiendo en un colchón parecido al que tenía cuando era feliz. No obstante, los barrotes de su nuevo hogar y los insultos de sus nuevos compañeros no le hicieron demasiada gracia. Pasado un tiempo, la policía dejó que volviera a la calle.

Jean siguió comiendo latas de sardinas y otro día como cualquier otro anterior, se encontró con una señora que llevaba un maravilloso sombrero de terciopelo azul. Al instante quedó fascinado, le propinó dos o tres patadas a la mujer y se puso su nuevo y elegante sombrero. La gente le miraba como si fuera un extraño. Los señores de las porras le habían echado de menos y volvieron a llevarle a sus casas como jaulas.
Años más tarde, cuando Jean pasó por un centro muy limpio de gente que, a su parecer, estaba muy cuerda en el que se entendía por moda llevar camisas blancas que inmovilizaban los brazos, aprendió lo que eran las leyes, y la ociosidad le llevó a descubrir la corrupción política.

A su salida y con el transcurso de billones de horas, Jean-Jaques empezó a tener círculos de amistades, a trabajar para una importante empresa, a acostarse con mujeres y a acumular fortuna. Pero tras conseguir todo esto, Jean no podía conformarse, deseaba una casa más grande en la que vivir y robarle el amor a una mujer no solo hermosa, sino además inteligente.
Pues bien, aún no sé cómo, pero el señor Locke consiguió todo esto y mucho más. A pesar de ello, un día, tumbado en la más alta gama de sofá que tenía en su mansión, Jean abrió el periódico y descubrió cómo en ciertas zonas de su país, algunos hombres vivían peor de lo que él había vivido en aquel oscuro sótano. Estas personas estaban sometidas a una voluntad suprema con un poder absoluto, ante el que se inclinaban como súbditos. A esta persona la denominaban Rey.
Jean-Jacques Locke no era feliz.

Y no era feliz porque descubrió que todo lo que tenía no le otorgaba la más mínima felicidad. Buscó a la señora del sombrero y se lo entregó, junto con unos intereses de miles de libras esterlinas.
En la medida que se fue desprendiendo de sus riquezas y apiadándose de los demás, Jean descubrió que se sentía mucho mejor, casi como se había sentido cuando vivía encerrado en su sótano, donde se había amado a sí mismo.

Pero no sería hasta su llegada a la cincuentena cuando nuestro querido amigo encontrase a dos filósofos que le habían censurado en su tiempo de oscuridad. Estos sabios se llamaban John Loke y Jean-Jacques Rousseau. De ambos aprendió la necesidad de la creación de un contrato social que nos igualara a todos. La idea le obsesionó tanto, que no vivió ya más sino para difundirla.

Finalmente, Jean-Jacques Locke moriría un 13 de mayo de 1789, sin haber podido llegar a sus oídos la que se denominaría Revolución francesa.

V

2 comentarios:

  1. Yo en lo que se refiere a filosofía siempre he sentido especial aprecio por Ayn Rand.

    Un beso, bonita.

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  2. Y parece que somos buenisimos ignorando todo aquello que disminuya nuestras adquisiciones en favor del bien comun... Un dia...

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