Llegar a la música por el camino de las palabras...

lunes, 28 de noviembre de 2011

Seres anónimos

"Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos África. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe." (Ryszard Kapuściński)

En Etiopía la tierra arde como el carbón al mediodía, el viajero siente cómo sus pies se queman, y es que todo lo que la tierra toca acaba por convertirse en cenizas. Se ve negro de polvo en verano, muerto de calor, empapado en sudor... El polvo es una especie de niebla que llega a atravesarle la ropa, penetrando las partículas dentro de su cuerpo. Es muy costoso de quitar, pero lo peor son los ojos, resentidos. Los que viven allí los tienen rojos y a menudo llegan a quedarse ciegos.

Hay personas armadas que solo buscan alimentos.
Por la noche el viajero no puede recorrer los caminos, es muy peligroso debido a la presencia de los shiftas, una muerte casi segura como te encuentren. Allí los kilómetros no existen, las distancias se calculan por horas o días entre un punto y otro. La sequía los priva de agua, el sol quema sus cultivos y tras la sequía, los precios de la comida suben tanto que los pobres no pueden comprarla.
La escasez de agua es espeluznante. Los nómadas malvenden las pieles arrancadas de los cuerpos bovinos, el dinero les sirve para aguantar unos días, pero necesitan de ayuda internacional para sobrevivir, si no...

Viven al margen de la humanidad, vegetando, aparecen y desparecen de este mundo sin que nadie lo note, esfumándose como seres anónimos a los que nadie echará de menos.
El viajero les sonríe, pues a muchos de ellos los considera ya sus amigos, y ellos le devuelven la sonrisa, pero lo hacen con inseguridad, no le ven como a un igual.

En aquella época murieron en Etiopía un millón de personas ante una hambruna que el gobierno no fue capaz de reconocer, negando a aceptar la ayuda exterior. Un engaño por parte del emperador Haile Selassie, que continuó con el comandante Mengistu.
Mientras tanto, actualmente, Estados Unidos, Francia y China obtienen múltiples recursos a costa de todo su continente.


Nuestro viajero blanco del siglo XX se sienta en el suelo, reflexionando, no puede comprender tanta injusticia, ni que su piel, ahora mucho más oscura por el polvo, se diferencie tanto de la de aquellos que considera sus amigos. Algunos de ellos sienten que nuestra ayuda les desprestigia, otros suplicarían por obtener más, muchísima más... 
Los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres, y todos cruzados de brazos, viviendo nuestra propia vida, despreocupados mientras el mundo no para de sangrar.

V

Texto basado en la obra Ébano del escritor polaco Ryszard Kapuściński, el viajero del siglo XX.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La brasa de un cigarrillo

"El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional." (Buda)

Vino para sustituir a quien tanto amaba.
Al llegar ella, apagó la llama que me había dejado su sonrisa cálida. A esta ella la sentí vaporosa y muy fría, casi helada, cada partícula de su esencia me atravesaba la piel y me dañaba el alma. Tenía los ojos del color del rubí y me martilleaba la cabeza mostrándome todas las imágenes de mi vida en fotogramas. Supongo que su apariencia aterrorizaba.

Pero el miedo no era tan intenso como el dolor que estaba sintiendo en el corazón... Pensé que entregarme a ella sería lo mejor, aunque no lo hice, no me atrevía, aún no. Me enseñó cada instante vivido y, a pesar de ser yo joven, me sorprendí como alguien dichoso. La vida me había otorgado la peor de las pesadillas al robarme a quien tanto amaba, pero antes de la pesadilla, los años habían sido más dichosos de lo que nadie nunca habría podido imaginar. Y ahora la había perdido, perdido para siempre.
La nueva ella empezó a llamarme por las noches, y yo intenté no escucharla, pero su voz me seducía, me embelesaba con palabras que me conducirían a la mayor de las calmas si acudía a su encuentro. Empecé a desearla. Con los días, las lágrimas se perdieron en mi almohada. Sus frías manos me tocaron e intentaron coger las mías... mas era incorpórea. Sus dedos atravesaron los míos.

Aquel día me quedé embelesado mirándola, su figura esbelta y traslúcida caminaba desnuda hacia la ventana. No recordaba haberla dejado abierta. Sus ojos eran como la brasa de un cigarrillo. Me pidió que la siguiera. La seguí... Estaba hermosa, muy hermosa.
Se lanzó como un ángel por mi ventana... y no voló.

Entonces pensé en ella, en mi antigua ella, en esa ella de carne y hueso, la de los ojos azules y el cabello azabache, la de la tez pálida, la que disfrutaba entregándose a las hojas de un libro durante horas, aquella con la que había tenido una, dos, tres y hasta mil doscientas treinta conversaciones. A la que había visto llorar, a la que había visto reír, a la que le temblaban las rodillas si me situaba a menos de diez centímetros de su figura. Pensé en ella y en su cuello desnudo a medianoche, en sus manos revolviéndome el pelo y en sus labios suplicándome un beso.
Pensé en mi antigua ella e hice el amor con la nueva al lanzarme por la ventana. 
Era insoportable aceptar una vida sin un espíritu humano.

El golpe contra el duro suelo no significó nada, salvo por el hecho de que simbolizó que aquella noche, fui definitivamente infiel a quien quería para poderme abrazar a la muerte.

V

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¿El hombre es malo por naturaleza?

"El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización." (Sigmund Freud)

-Abuela, ¿tú crees que el hombre es malo por naturaleza?
-¿Qué has dicho?
-Que si crees que el hombre es...
-Ya te he oído. ¿Por qué me preguntas eso?
-Porque todo en el mundo es malo. En el cole Alicia me roba las piruletas, en la tele los políticos solo dicen mentiras, papá y mamá no hacen más que discutir, y en África los niños ni siquiera tienen piruletas.
-¿De veras sabes dónde está África?
-No, pero mi profe dice que los niños de África son pobres y que no tienen ni para comprar chuches.
-Entiendo.
-Jo, abuela, contéstame, ¿somos malos?
-No, no lo somos.
-¿Por qué?
-Porque también hacemos cosas buenas. Ayudamos a los demás, escuchamos a quien lo necesita, queremos...
-Sí, pero las hacemos en benedifio de nuestros deseos.
-Se dice en beneficio, y no todo lo hacemos por ello. Tú siempre dices que no haces los deberes porque con ello vayas a obtener algo a cambio, sino porque sabes que debes hacerlos.
-Pero abuela, a mí me da miedo mi profe de matemáticas... A pesar de lo que le diga a papá, inconscientemente me mueve el miedo cuando los hago.
-Eso no está bien, Celia. Y dime, ¿qué me dices de cuando una persona lo deja todo por otra?
-Eso es egoísta.
-¿¡Egoísta!?
-Sí, abuela, la persona que lo deja todo no lo hace por amor a la otra, sino por satisfacer sus deseos, como te he dicho antes. Busca su propia felicidad y sabe que depende de la otra persona, así que si no tiene más remedio que abandonarlo todo, lo abandonará para intentar ser feliz.
-Niña, ¿tus padres que te ponen en el desayuno?
-Ya lo sabes abuela, leche.
-Sí, sí, claro.
-Abuela, ¿entonces tú también crees que somos malos desde que nacemos?
-No, sigo pensando que no lo somos.
-¿Por qué?
-No te cansas de preguntar, ¿eh? ¿Crees que yo te quiero a cambio de algo, para satisfacer un deseo, por miedo a algo o por egoísmo?
-Yo... abuela...
-Ya te lo digo yo, no. Yo te quiero porque te quiero, sin más.
-Pero tú eres mi abuela...
-Y se puede ser familia y no quererse.
-Es verdad, yo no quiero a la tía Carlota, siempre cree saber que lo sabe todo y en realidad no sabe nada, como yo, pero yo sé aceptarlo. Soy una ignorante.
-¡No eres una ignorante!
-Sócrates lo era.
-No, no lo era, era el hombre más sabio del mundo.
-Entonces... abuela, yo... yo te quiero. ¿Eso quiere decir que soy buena por naturaleza?

V

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cum clave

"No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas." (Paulo Coelho)

Día tras día, poco a poco, sin poder evitarlo, nos alcanzó la monotonía.
Era más dura que las discusiones y que los días alejados el uno del otro. Era una sensación que empezaba por los pies y acababa por la cabeza, que nos llenaba de parsimonia y aburrimiento, era un querer hacer cualquier cosa menos las que nos llevaban el uno al otro.
El número de "te quiero" había sobrepasado su límite y nuestra peculiar manera de decirnos que nos amábamos había quedado obsoleta. Ella me dedicaba medias sonrisas de vez en cuando; yo le tocaba la mano, como si intentase reanimarla. Pero al acabar el día, el sueño nos comía sin habernos comido entre nosotros primero.

Conforme pasaban los días, los meses... un miedo empezó a unirse a esta sensación. Pensé en llevármela lejos, a aquellos lugares que una vez compartimos, pensé en regalarla algo, algo que supiera que le iba a gustar... Pensé en tantas cosas, pero no pude hacer ninguna. Las circunstancias no eran favorables, no éramos una pareja normal, no, en absoluto, quizá por eso nos habíamos enamorado con tanta intensidad al principio, quizá por ello ahora el miedo era terrible.

Al final me decanté por escribirla una carta, mientras ella estaba en el trabajo. Hice varios borradores, aunque ninguno decía lo que quería contarla. Cómo no, acabó por sorprenderme cuando aún no había acabado.


Se acercó un poco a mí y se quedó mirándome, muy intensamente. Sentí que me atravesaba y que podía leer las líneas que le estaba escribiendo, aquellas que confesaban cuánto temía perderla, aquellas que proponían cualquier cosa con tal de poder seguir junto a ella, como antes, aquellas en las que manifestaba mis sentimientos con la misma pasión de siempre.

Pero aunque me observaba, estaba inmóvil, parecía un fantasma y habría jurado que estaba helada, aunque no la llegué a tocar. Parecía estar al borde de las lágrimas. Me levanté y me acerqué hasta ella, dejando la carta encima de la mesa.

-Eh, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? -pregunté en un susurro.
Me miró a los ojos y juro que deseé morir allí mismo.
-Carlos, no puedo más, lo siento.
-Pero...
-No digas nada, por favor, no quiero hacer las cosas más difíciles.

Me marché, sin saber si leería la carta. Si aún me quería lo haría, pero si había dejado de amarme... daba igual que la leyera o no, no volvería a sentir su piel contra la mía.

Aquel día salí a la calle y me desplomé sobre el suelo, grité de agonía y desesperación. No sé cuánto tiempo estuve sobre el suelo mojado, solo sé que pasó... Pero siento deciros que no todo pasa, hay cosas que se quedan en el alma para siempre, guardadas bajo llave. Ella era una de esas cosas, un inestimable tesoro custodiado con candado.

V

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Diana

"Te juegas la vida por la honra... Juégate la honra por el alma." (José María Escrivá de Balaguer)

No puedo soportarlo. Puede que no la ame, pero eso no le da derecho a... no, no, diablos, no. No puedo imaginármela en sus brazos, maldito bastardo. 
Ha mancillado mi honra, se suponía que nadie debía tocarla, que era mía y, sin embargo, ahí estaba con él, como yo no la he tenido nunca. Sus finos labios escondían una sonrisa, sus mejillas estaban encendidas y su cuerpo desnudo probablemente ardía ante los deseos de él. 
Me desgarraba el alma pensar en ello. Acabaré con él, me dije. 
-Carlos, ven aquí, vas a ser mi padrino. Avisa al traidor del señor Fernández; dile que mañana al amanecer, antes de llegar a la playa, en la ladera, duelo a muerte, que no vaya armado. Tú, Carlos, llevarás las pistolas. 
-Pero señor... 
-¡Calla y haz lo que te digo! -le contesté nervioso, mientras un sudor frío me recorría la frente.
Notaba la ira corriendo por mis venas, tomé un vaso de ron y luego otro. Tenía que calmar mis nervios. Decidí meterme en la cama e intentar dormir hasta el momento del duelo. 
Soñé con balas disparadas antes de tiempo, con el vello de la suave piel de Diana erizado ante el miedo, con su rostro desencajado al observar que había muerto quien ella quería...
Me desvelé para luego volver a entrar en la ensoñación y esta vez la observé a ella con otros colores que no tenían ninguna marca de enfermedad, la vi más bella que nunca, de la mano de alguien, de la mano de Alberto Fernández y llevaba unas flores, unas flores que depositó en... sí, no cabía duda, era mi lápida. 
Desperté más sudoroso, con las sábanas pegadas a la piel. Carlos me esperaba en la puerta de mis aposentos. Me puse mi mejor traje, abroché los gemelos que había heredado de mi padre, y salí de mi hermosa residencia, para dirigirme con mi padrino a la ladera. El Sol aún no había salido. 

 
Y ahí estaba él, acompañado por otro caballero. También había llegado antes de tiempo. 
-Sabes que esto es ilegal, Pedro -me advirtió, como si pensara que pudiera importarme. 
-¿Encima osas dirigirte a mí “de tú”? ¿Después de lo que has hecho? 
-¡Ella no te ama! ¡Ni tú a ella! No deberías hacerla esto, le vas a partir el alma. Deberías anular el matrimonio... -me aconsejó, haciendo caso omiso de mi advertencia.
-Solo yo puedo mantenerla.
-Lo sé, pero deberías dejarla ser feliz. 
-¡Ya he consentido bastante! -sentí que volvía a perder el control de mí mismo.
-¿Es tu última palabra? -preguntó Alberto Fernández, vano de esperanzas.
Volví a imaginármelos juntos y sentí cómo un dardo hacía diana en mi alma.
-Lo es.

Para uno de los dos, ése sería el último amanecer que verían sus ojos. El cielo estaba rojizo, como teñido de sangre. 
Los padrinos sacaron las armas y nos entregaron una pistola a cada uno. Apoyé mi espalda sobre el que en otro tiempo había sido un buen compañero y comencé a caminar. Entonces me vi en medio del duelo. Me tembló un poco el pulso, pero conseguí sobreponerme. Me di la vuelta. 

Sonó un único disparo y dos corazones quedaron heridos. 

V

sábado, 5 de noviembre de 2011

Llévame a Perú

"La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos." (Henry Van Dyke) 

-Felicidad -llamó la pequeña-, cuando tengas pensado volver, sé educada y llama con un par de golpecitos a la puerta; porque ya he aceptado que te fueras sin despedirte, pero no sé si estaré preparada para que vuelvas.
Me he acostumbrado a vivir sin paz. Mi prima se volvió hace dos días a Perú y yo no he parado de llorar desde entonces, además, me duele la tripita. Mamá dice que es por los nervios.
Aquí apenas tengo juguetes, aunque tengo más de los que tenía en Perú. Mis papás me llevan los sábados a una guardería de mayores, hay muchos otros niños con los que jugar, pero yo no quiero jugar.
Hoy la profe me ha obligado a jugar al fútbol y yo he vuelto a llorar, nadie me entiende... Yo solo quiero estar con los tíos, ¿por qué tengo que estar en España, eh, Felicidad?
Recuerdo aquellos días en los que era feliz, cuando la prima, los demás y yo nos escapábamos de casa e íbamos a buscar a los caballos. Aquí solo tengo un conejo, que últimamente es el único que me alegra un poco el día.
Dime Felicidad, ¿por qué te marchaste? ¿Me porté mal? ¿Me abandonaste por otra niña?


Papá y mamá no me quieren, lo sé. Y en este país los adultos de la escuela me enseñan cosas y mis padres parecen más contentos, a pesar de que todo el mundo habla de no sé qué de una crisis; pero yo no estoy alegre, y a Crisis no la conozco. Yo solo quiero irme para correr por el campo y dormir en casa de los tíos.
Me han dicho que no volveré a ver a la prima hasta que tenga 18 años... me quedan diez todavía.
Siento que has sido injusta, parece que te has quedado con todos los demás y te has olvidado de mí. ¿Tú tampoco me quieres ya?
Sé que tengo que ser fuerte, pero soy muy pequeña y ni las muñecas ni los cuentos de hadas me consuelan.
Por favor, Felicidad, vuelve, te echo mucho de menos. Vuelve y llévame a Perú...

V