Llegar a la música por el camino de las palabras...

viernes, 25 de noviembre de 2011

La brasa de un cigarrillo

"El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional." (Buda)

Vino para sustituir a quien tanto amaba.
Al llegar ella, apagó la llama que me había dejado su sonrisa cálida. A esta ella la sentí vaporosa y muy fría, casi helada, cada partícula de su esencia me atravesaba la piel y me dañaba el alma. Tenía los ojos del color del rubí y me martilleaba la cabeza mostrándome todas las imágenes de mi vida en fotogramas. Supongo que su apariencia aterrorizaba.

Pero el miedo no era tan intenso como el dolor que estaba sintiendo en el corazón... Pensé que entregarme a ella sería lo mejor, aunque no lo hice, no me atrevía, aún no. Me enseñó cada instante vivido y, a pesar de ser yo joven, me sorprendí como alguien dichoso. La vida me había otorgado la peor de las pesadillas al robarme a quien tanto amaba, pero antes de la pesadilla, los años habían sido más dichosos de lo que nadie nunca habría podido imaginar. Y ahora la había perdido, perdido para siempre.
La nueva ella empezó a llamarme por las noches, y yo intenté no escucharla, pero su voz me seducía, me embelesaba con palabras que me conducirían a la mayor de las calmas si acudía a su encuentro. Empecé a desearla. Con los días, las lágrimas se perdieron en mi almohada. Sus frías manos me tocaron e intentaron coger las mías... mas era incorpórea. Sus dedos atravesaron los míos.

Aquel día me quedé embelesado mirándola, su figura esbelta y traslúcida caminaba desnuda hacia la ventana. No recordaba haberla dejado abierta. Sus ojos eran como la brasa de un cigarrillo. Me pidió que la siguiera. La seguí... Estaba hermosa, muy hermosa.
Se lanzó como un ángel por mi ventana... y no voló.

Entonces pensé en ella, en mi antigua ella, en esa ella de carne y hueso, la de los ojos azules y el cabello azabache, la de la tez pálida, la que disfrutaba entregándose a las hojas de un libro durante horas, aquella con la que había tenido una, dos, tres y hasta mil doscientas treinta conversaciones. A la que había visto llorar, a la que había visto reír, a la que le temblaban las rodillas si me situaba a menos de diez centímetros de su figura. Pensé en ella y en su cuello desnudo a medianoche, en sus manos revolviéndome el pelo y en sus labios suplicándome un beso.
Pensé en mi antigua ella e hice el amor con la nueva al lanzarme por la ventana. 
Era insoportable aceptar una vida sin un espíritu humano.

El golpe contra el duro suelo no significó nada, salvo por el hecho de que simbolizó que aquella noche, fui definitivamente infiel a quien quería para poderme abrazar a la muerte.

V

2 comentarios:

  1. Intenso. Muy intenso. Los sentimientos, mientras más fuertes, más locos.
    Miles de abrazos
    Veró

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