Llegar a la música por el camino de las palabras...

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Diana

"Te juegas la vida por la honra... Juégate la honra por el alma." (José María Escrivá de Balaguer)

No puedo soportarlo. Puede que no la ame, pero eso no le da derecho a... no, no, diablos, no. No puedo imaginármela en sus brazos, maldito bastardo. 
Ha mancillado mi honra, se suponía que nadie debía tocarla, que era mía y, sin embargo, ahí estaba con él, como yo no la he tenido nunca. Sus finos labios escondían una sonrisa, sus mejillas estaban encendidas y su cuerpo desnudo probablemente ardía ante los deseos de él. 
Me desgarraba el alma pensar en ello. Acabaré con él, me dije. 
-Carlos, ven aquí, vas a ser mi padrino. Avisa al traidor del señor Fernández; dile que mañana al amanecer, antes de llegar a la playa, en la ladera, duelo a muerte, que no vaya armado. Tú, Carlos, llevarás las pistolas. 
-Pero señor... 
-¡Calla y haz lo que te digo! -le contesté nervioso, mientras un sudor frío me recorría la frente.
Notaba la ira corriendo por mis venas, tomé un vaso de ron y luego otro. Tenía que calmar mis nervios. Decidí meterme en la cama e intentar dormir hasta el momento del duelo. 
Soñé con balas disparadas antes de tiempo, con el vello de la suave piel de Diana erizado ante el miedo, con su rostro desencajado al observar que había muerto quien ella quería...
Me desvelé para luego volver a entrar en la ensoñación y esta vez la observé a ella con otros colores que no tenían ninguna marca de enfermedad, la vi más bella que nunca, de la mano de alguien, de la mano de Alberto Fernández y llevaba unas flores, unas flores que depositó en... sí, no cabía duda, era mi lápida. 
Desperté más sudoroso, con las sábanas pegadas a la piel. Carlos me esperaba en la puerta de mis aposentos. Me puse mi mejor traje, abroché los gemelos que había heredado de mi padre, y salí de mi hermosa residencia, para dirigirme con mi padrino a la ladera. El Sol aún no había salido. 

 
Y ahí estaba él, acompañado por otro caballero. También había llegado antes de tiempo. 
-Sabes que esto es ilegal, Pedro -me advirtió, como si pensara que pudiera importarme. 
-¿Encima osas dirigirte a mí “de tú”? ¿Después de lo que has hecho? 
-¡Ella no te ama! ¡Ni tú a ella! No deberías hacerla esto, le vas a partir el alma. Deberías anular el matrimonio... -me aconsejó, haciendo caso omiso de mi advertencia.
-Solo yo puedo mantenerla.
-Lo sé, pero deberías dejarla ser feliz. 
-¡Ya he consentido bastante! -sentí que volvía a perder el control de mí mismo.
-¿Es tu última palabra? -preguntó Alberto Fernández, vano de esperanzas.
Volví a imaginármelos juntos y sentí cómo un dardo hacía diana en mi alma.
-Lo es.

Para uno de los dos, ése sería el último amanecer que verían sus ojos. El cielo estaba rojizo, como teñido de sangre. 
Los padrinos sacaron las armas y nos entregaron una pistola a cada uno. Apoyé mi espalda sobre el que en otro tiempo había sido un buen compañero y comencé a caminar. Entonces me vi en medio del duelo. Me tembló un poco el pulso, pero conseguí sobreponerme. Me di la vuelta. 

Sonó un único disparo y dos corazones quedaron heridos. 

V

3 comentarios:

  1. Es un texto peculiar, me ha gustado, aunque no niego, siendo simplemente sincero, que he observado ciertas cosas en tu prosa que me dificultaron leerla, mas allá de esto, el final del texto es un toque de romanticismo que me ha gustado mucho. ^^
    un beso, preciosa.

    Pd: regale a Claudia una sonrisa de mi parte.

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  2. Me mantuvo en vilo todo el tiempo, y no me esperaba un final así. Me gusta :)

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  3. La frase de José María lo explica todo. Y la última frase de V, aún más. me gustó mucho.
    19 años? Wow, si tu te sientes mayor, yo me siento un bebé. Gracias por tu comentario c:
    Miles de abrazos
    Veró

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