Llegar a la música por el camino de las palabras...

domingo, 18 de diciembre de 2011

El fin justifica los medios

"Nunca faltarán a un príncipe razones para ocultar la inobservancia de su promesa." (Nicolás Maquiavelo)

Y con éste, ya iban tres asesinatos.

Mis manos descuelgan el teléfono, pero yo, cinéfilo de pacotilla, no me atrevo a marcar, me siento como un Hitchcock del siglo XXI, y eso me enorgullece. Mi cuadernillo de notas no para de llenarse de más y más datos de este fúnebre personaje que está acabando con todas mis bellas vecinas de palidez enfermiza. Pero la brillantez de mi ventana indiscreta me llena de una turbación típica de alguien como Raskolnikov, eso sí, con la sabiduría de que estoy ante un gran descubrimiento para la historia de la psicología. 

Mi querida víctima de investigación debía de estar loca, o como más bien sospechaba yo, debía ser todo un genio. Arrancaba los cabellos de sus víctimas, les besaba la mano demostrándoles su respeto y las mataba a base de golpes. Las estampaba contra cualquier cosa que encontrase, la pared, el suelo, los espejos... Realmente era un espectáculo increíble, de veras que sí, digno de cualquier pantalla de cine. 

Él siempre llevaba guantes, unos guantes negros que cubrían sus muñones. Anoté que probablemente se habría cortado él mismo los dedos para imposibilitar la existencia de cualquier tipo de huella. Me recordaba al asesino que Patrick Süskind se había inventado para su Perfume, quizá por ello, sentía lástima de él, y sonreía cuando le veía llevarse en medio de la noche los bellos cabellos. 
Supuse que era un incomprendido, un enfermo de las pelucas, de los champús, una persona obsesionada con la belleza, con las mujeres, con otra época...

Yo empecé a embelesarme con su trabajo a medianoche mientras escuchaba óperas de Wagner. Aquel personaje hacía que mi vida mereciese la pena, lograba que mi bolígrafo cobrase vida, y yo me sentía en su época, en su mundo, le comprendía a él y, de algún modo, su forma de actuar conseguía que el sentimiento fuese recíproco, cada vez que mataba, él me comprendía a mí. Tristan und Isolde no volvió a sonar jamás del mismo modo en mis oídos.


En el futuro siempre recordé aquellos días, los días que hicieron de mis panfletos de segunda un boom de ventas, los mismos que me arrancaron de mi habitación para ocupar la del psicólogo y, posteriormente, la de la cárcel.

Y fue entonces, un día como otro cualquiera, en el que mis cabellos ya no eran lo que fueron y las rejas ya no eran una compañía, cuando me encontré de bruces con una siniestra tienda de la calle Mayor. Sonreí al dependiente, no me sacaba muchos años. Sí, fue entonces, cuando me probé una de ellas, una de esas pelucas, cuando comprendí que todo mi supuesto mal había merecido la pena, que el fin justificaba los medios, qué él era un genio y las nuestras, las mejores obras del perjudicado siglo XXI.

V

2 comentarios:

  1. ¿Alguna vez te he dicho que tienes madera de escritora? ¿No? Pues te lo digo ahora: Tienes madera de escritora.

    Un beso

    Paramédico

    PD: Me quedo con la sensación de no haberte dicho todo lo que mereces... Pero bueno, ya sabes que a veces sobran las palabras.

    Otro beso

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  2. Increíble, estoy sin palabras. Sencillamente alguien que escribe así sólo me deja pensar en cómo será tu belleza interior para que esas palabras fluyan por tus venas.
    Estoy atónito, por favor sigue escribiendo y deleitame más de este modo, al menos harás a una persona feliz.

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