Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 25 de diciembre de 2012

Ya ha llegado Papá Noel

"Bebo para olvidar que soy un borracho." (Antoine de Saint-Exupéry)

Carcajadas de las pequeñas en el coche, la radio sonando a cascabeles, mi esposo diciendo ho ho ho y yo discutiendo con él para que no hable de Papá Noel a las niñas, que es muy americano. Todos tarareamos La marimorena mientras las ruedas corren por la fría carretera.

Llegamos al pueblo. Mi marido y mis hijas lo estaban deseando, veo a mis padres apenas una vez al año, pero a mi esposo le caen bien sus suegros y para las niñas siempre es una alegría estar con los abuelos.
Bajo del coche y me llega el olor de la infancia, que para mí siempre será el de la leña y las castañas asadas. Mis hijas salen corriendo al interior de la casa y mi marido las sigue. Mamá está en la puerta, las besa y entabla un par de frases amistosas con mi esposo. Cuando llego yo, me abraza y le corren un par de lágrimas por el rostro, "no sabes cuánto te echamos de menos", me confiesa, y yo la creo.
Paso al interior y recorro el pasillo, papá está en el salón junto al árbol rodeado de regalos, sonriente de estar cerca de sus nietas, y le veo esconder un par de piruletas en los bolsillos del abrigo mientras están distraídas con los adornos; le da unas palmaditas en la espalda a mi marido y le pregunta qué tal el viaje.
Acto seguido, mi esposo y las pequeñas salen hacia el comedor, quieren ayudar poniendo la mesa antes de abrir los regalos.

Me acerco a mi padre, a quien se le contagia la mirada de pena con solo verme y pasa el dorso de su mano por mi mejilla, en lo que intenta ser una delicada caricia. Entonces dentro de mí algo se activa, me alejo hasta el fondo de la habitación, las manos me empiezan a temblar, un sudor frío recorre mi frente y papá me mira, asustado, pensando que estoy enferma, pero yo ya solo puedo ver aquellos ojos que me sorprendían en mitad de la noche, cuando yo gritaba y me aferraba a la cabecera de la cama, mientras el olor a ron y Marlboro nublaban mi cabeza, a la vez que sus manos manoseaban mi cuerpo, buscando el bajo de la falda, y mis finos dedos intentaban arañarle la espalda.


"Ya ha llegado Papá Noel", me dice, y no puedo evitar soltar un débil chillido.

V

jueves, 20 de diciembre de 2012

Reloj de arena

"El primer síntoma de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo." (Paulo Coelho)


Encerrada en un reloj de arena, cogí el tiempo con las manos y se me resvaló entre los dedos. Cuántos minutos desperdiciados, acumulados en montañas de tierra... Ojalá pudiéramos detener el tiempo, situar horizontalmente el reloj de nuestras vidas, para darle la vuelta más tarde, cuando merezca la pena que siga corriendo. Y así, seguir vistiendo la misma piel y los mismos ojos ilusionados, y no ser nunca más polvo en un extremo amontonado.

V

jueves, 29 de noviembre de 2012

Utopía

"¿No es acaso injusta e ingrata una sociedad que prodiga tanto obsequio a esos que llaman nobles, y a los orfebres demás congéneres, gente ociosa que vive tan sólo de la adulación y de fomentar vanos placeres? En cambio, ¿qué benévolas prevenciones se hacen a favor de labradores, carboneros, braceros, carreteros y carpinteros, sin los cuales sería imposible que subsistiera el Estado? Porque, una vez que han consumido su edad viril en el trabajo […] se les paga, desgraciadamente, con la más mísera de las muertes." (Tomás Moro)

Cuenta la historia de un marino que, en los primeros viajes a América, le expulsó su propia tripulación de la nave en la que naufragaban. Le arrojaron a la mar en un bote con su ropaje de noche y el libro que se hallaba leyendo segundos antes en el lecho: Utopía.

Con Tomás Moro como única compañía, perdido en el Atlántico, dejó que el oleaje le guiara a su antojo. Así, durante dos días y dos noches, el marino devoró las líneas del pensador inglés al alba y la bóveda celeste al ocaso. Delirando por la sed y el hambre pisó tierra al tercer día en una isla de no sabía dónde. Unos seres un tanto harapientos se lo llevaron a una cabaña y allí diéronle de beber vino y, de comer, pescado fresco.

El marino no paraba de repetir "la más mísera de las muertes", "la más mísera de las muertes"... hasta que finalmente, cayó inconsciente.

...

"Tendremos que llevarle a Amaurota".
"Esperemos un poco, quizá mejore pronto".
-¿Dónde estoy?
"Cielos, ha despertado".
"Tranquilo, joven, estáis a salvo en nuestra isla".
-¿Qué isla? -el navegante abrió los ojos- Me suena Amaurota, ¿dónde estoy?
Eran las mismas personas que le habían dado el vino, tenían rostros afables y, a pesar de sus ropas, un aspecto saludable.
"Amaurota es la capital de nuestra isla. Estás en Utopía".
-Utopía... no puede ser. ¿Quiénes sois?
"Mi nombre es Rafael".
El navegante se incorporó en la camilla que le habían preparado. No podía estar sucediendo, Utopía no existía, era solo una invención de Moro, una gran invención. Rafael... Rafael Hitlodeo se llamaba el supuesto explorador que le había hablado a Moro de la isla. Mas Rafael no existía.
-¿Sois Rafael Hitlodeo?
"¿Cómo sabe mi nombre? ¿Se lo habéis dicho?"
"No, yo no..." 
"Debemos haber navegado juntos. ¿Habéis naufragado vos con Vespucio?"
-¿Américo Vespucio?
"¿Quién si no?"
-No, no.
"¿Con Colón, quizá?"
-¡Ojalá!
"Entonces, ¿de qué me conocéis?
-De... de... soy amigo de Moro.
"¿De qué moro?"
-Diantres, es cierto, aún no se conocen... Oh, nada, pensé que lo conocíais, navegó con vos y Colón, supongo que no puede recordar cada nombre...
"Sé perfectamente con quiénes he navegado".
-Podéis creerme o no. Ahora que lo pienso, poco importa. Estoy seguro de que he muerto.
"Pues yo os veo muy vivo".
-Mas he muerto.
"Creo que habéis perdido la cordura, tragasteis mucho agua... pero en algo estoy de acuerdo con vos, si el paraíso existe, debe ser muy parecido a esto. Aquí no tenemos propiedad privada, trabajamos seis horas al día (¡las mujeres también!), dormimos ocho y el resto las dedicamos a pensar, leer, a la música... Hay libertad religiosa y la paz reina en cada uno de nuestros hogares. Veréis, yo llegué aquí al desviarme de la tripulación de Vespucio junto a otros tripulantes y llevo en esta comunidad tres años ya. Y es real, os aseguro que es lo más cierto que me ha sucedido nunca."
-Y os quedan otros dos. Puede que llevéis razón, pero yo os he leído, también estoy seguro de ello y vuestro nombre pasará a la historia gracias a Tomás Moro, él no es un navegante, es escritor, y vos seréis protagonista de la obra que lleve por nombre el de esta isla. El lenguaje es el mundo y los libros, las letras, el significado... el sentido; es lo que permanece... vos permaneceréis, Rafael Hitlodeo, gran navegante, que llegó al Nuevo Mundo cuatro veces.
"¿Cómo sabéis cuántas veces...?"
-Lo leí.
"Entonces es cierto..."
-Lo es.
"Llegados a este punto creo que debo advertiros de que estamos juntos en esto, pues sobre vos también están escribiendo ahora mismo, seáis quién seáis, marino".

V

jueves, 22 de noviembre de 2012

El primer oficio del mundo

"Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada." (Victor Hugo)

-Señor, bendice a esta joven criatura y a la que lleva en su vientre; condúcelas por el camino del bien y la senda del amor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén -corearon algunos.

-¡Pero si es una puta, Padre, se ha vuelto loco! -gritó un hombre entre la multitud.
-También así lo vi yo al principio -dijo el cura con voz clara desde el púlpito-, como mujer que vende su cuerpo; y al niño, como fruto del pecado. ¡Mas no blasfeméis de esta manera! Con la mente despejada que confiere la primera hora de la mañana, discerní que no podía separar a esta mujer de su hijo; es más, ni siquiera ordenaré el cierre del burdel. ¿Qué conseguiría con ello, mis queridos feligreses? Probablemente que las muchachas se convirtieran en ladronas. ¿Y los hombres dejarían de pecar? Lo dudo, y perdóneme Dios si me equivoco, pero o yerro mucho, o no creo que recordasen los votos del matrimonio solo por el hecho de cerrar la casa del pecado.
No quiero incrementar el delito en este pueblo y, por supuesto, tampoco deseo que acabemos viviendo en Sodoma y Gomorra, pero esta mujer es hija de Dios y como tal he creído que lo mejor será que sigamos acogiéndola en nuestros brazos; su pecado no debe ser penitencia del hijo que espera.

La multitud calló, reflexiva. Parecía que la mayoría entendía que el remedio podría ser peor que la enfermedad. No obstante, algunas mujeres cuchicheaban. A ellas, no sin falta de razón, les preocupaba más que a los varones el que era considerado el primer oficio del mundo.

Mientras, la prostituta se había emocionado ante las palabras del cura. Cómo iba a pensar ella que la mayor piedad la obtendría de la Iglesia, de aquellos seres que creían en un Dios en el que ella, por cómo le había tratado la vida, era incapaz de creer. Por unos minutos deseó que fuera Dios y no el párroco el que fijara su mirada en ella y le inundase de fe. Mas la fe, por gloria o por desgracia, no llega así a nosotros.

Quizá la mujer no halló nunca la fe en Dios, pero sin duda alguna, la halló en la humanidad.

V

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Matar o morir

"Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen." (Ernest Hemingway)

Cinco de nuestros compañeros griegos han caído. Solo quedamos Abelardo y yo. Mi vida, tengo que dejarte... mereces ser feliz con otro y en otra parte. Creo que ya nunca volveré a ser el mismo. Cuando el crepúsculo sale, mis ojos creen que es sangre lo que están viendo. Lo infinito a lo que antes llamábamos cielo, para mí ahora es muerte. Me estoy volviendo loco. Mi corazón late desbocado a cada instante sin necesidad de ver tus labios. Si aún me amas, de veras, márchate, te lo suplico.

Mas no soy capaz de escribirte las palabras que sentencien nuestro final. Tengo miedo. Menos mal que Abelardo sigue conmigo, su alma es tan pura... Me enseñó a ser todo lo que soy y aún considero no ser ni la mitad de lo que él es. Tiene fuerza, valor y honor. Oh, querida, no estés triste por mí, la locura de la guerra me ciega, pero mientras Abelardo siga a mi lado, la tristeza no calará en mi alma. Solo me apena no volver a ver por última vez tu rostro, recrearme en tus ojos, que eran como el cielo que jamás ha visto batalla.

A veces ya hasta dudo de quién es el enemigo, a mis sentidos parecen todos iguales, hombres fuertes con lanzas y flechas. Probablemente en la noche también porten plumas en vez de armas. Últimamente acostumbro a pensar que será la ociosidad la que acabe conmigo si no se rinde un bando pronto. Quizá creías que pasábamos el día enfrentándonos unos con otros. No es así. La mayor parte del tiempo simplemente esperamos: esperamos matar o morir. Y a menudo poco importa cuál de las dos suceda. 

Intento ser fuerte, pero flaqueo. Abelardo es quien me anima a seguir día a día, me cuenta historias, historias de los dioses. Otras veces son las estrellas las que me devuelven una tímida sonrisa, brillan tanto como brillaban cuando tú y yo estábamos juntos. Me alegra pensar que si tú puedes verlas, al igual que yo, no podemos estar tan lejos el uno del otro.

Pero olvida mis palabras, me estoy dejando llevar. Soy sincero cuando te digo que te aventures a conocer nuevo mundo, toma un barco, huye, sé feliz... que las estrellas siempre estarán para cuando las necesites.

V

sábado, 10 de noviembre de 2012

Matrimonio

"Cuando un hombre se casa por segunda vez es porque adoraba a su primera mujer." (Oscar Wilde)

Volvió a chupar tranquilamente la pipa mientras devoraba una novela de Conan Doyle. No podía comprender cómo su mujer apenas sabía quién era Watson, "el Guasón ese, el amigo del Jolms" decía. Y es que la mayoría de las veces lo mejor del matrimonio era el silencio de las noches. 
-Contrato absurdo que te marca de por vida... 
-¿Qué dices?
-Nada, querida, que estás más preciosa que en toda tu vida.
-Algo de vida había oído. Qué zalamero eres.
-Me sorprende que conozcas el significado de la palabra.
-¿Qué? Es que desde aquí no te oigo...
-Encima sorda -volvió a chupar la pipa-. Que no son simples palabras, es la pura realidad -gritó, expulsando el humo.
La mujer se le acercó.
-Oh, amor mío, deja ya a los espías esos.
-Detectives -la corrigió.
-Lo que yo decía. Ven aquí, mi vida.
La mujer le quitó la pipa de los labios, le cerró el libro, se sentó junto a él en el sofá y empezó a besuquearle por toda la cara. Entre grititos agudos le desabotonaba la camisa, mientras él se dejaba. "Que se calle ya", deseaba. 

Cinco minutos después no se quejaba.
-Te quiero -dijo ella.
-Ahora yo también.

V

domingo, 21 de octubre de 2012

Llámenme Lolita

"Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial. " (Manuel Puig)

De la rutina insípida de su oficina escapábase el señor Ibáñez, y con la velocidad que la cafeína del aguado café de máquina le otorgaba, encaminábase a su casa, presto a llegar a tiempo para su trabajo nocturno. Desabrochábase los botones de la chaqueta con una mano, mientras la otra deshacía el nudo de la corbata; y dirigíase al cajón de su mujer. Quince minutos después, Ibáñez salía, bocata en mano, con un abrigo que le llegaba hasta los pies. Las madrileñas calles lucían ya de neón. El señor Ibáñez entró en un pub. "Llámenme Lolita", se le oyó gritar.

V

martes, 9 de octubre de 2012

Astrea

"El orgullo es una forma de egoísmo." (David Herbert Lawrence)

Supongo que no eres consciente y por ello es incapaz de juzgarte. Aun así, no puede negarlo, la ciegas. Eres la hoguera del bosque en mitad de la noche. Tu luz irradia. Y, aunque cegada va, tu calor te descubre y no puede evitar acercarse. Quema. Quemas.
Pero no te das cuenta, no eres consciente. Las hogueras se prohibieron hace ya algunas primaveras, mas no por esto te reprocho. Te crees tan importante, tan feliz... pero no sabes lo que dices, tampoco lo que piensas y, aún menos, lo que sientes. Es extraño que estés hecho de fuego, pues no parece correr por tus venas. Ni siquiera le has preguntado su nombre, Astrea se llama. No sé si te suena. Quizá no la has visto nunca, pero sabes quién es, seguro que lo sabes. Todos lo saben. Ella vive muy lejos, es cierto, pero se acerca a ti cada noche, es sigilosa, preciosa y brillante. ¿Te sorprende que sea brillante? "Astrea, Astrea..." te repites ahora, lo has oído antes, es nombre de diosa, mas ella no posee tanta belleza. Nació antes que tú y morirá, seguro, más tarde, pero no la pongas rostro de vieja. Te repito que es hermosa. Imagino que a estas alturas, estarás más que intrigado, ¿quién es ella, la que todos conocen? ¿Por qué se acerca a ti cada noche? 

Créeme, eso es lo que menos comprendo. Tú que no le das nada a cambio, tú que nunca la observas, tú que la espantas en mitad de las sombras, cuando ella despierta... Y tiene tantos amigos, que no la entiendo, no la comprendo. Está enamorada, no hay más qué decir. Ya se sabe que con los enamorados, la cordura sobra. Ella te importa, antaño la quisiste, mas la llamaste "amiga". No sabes cuánto duelen los nombres. No obstante, es incapaz de olvidarte. Si ahora la vieras, si la escucharas de veras... Pero mientras sigas siendo hoguera, tu luz propia no te dejará ver las ajenas. 
Ni mucho menos la de Astrea, la estrella.

V

jueves, 20 de septiembre de 2012

¡Bang!

"No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará." (Gustave Flaubert)

Llegó el día, el penúltimo de septiembre. Doce meses atrás, de lo único que Jaime se tenía que preocupar era de ayudar a su madre con las compras para la fiesta de cumpleaños. Pero el día de hoy era muy diferente, Jaime cumplía 18. Se había vestido para la ocasión como todos: con un traje de color navy (para él simplemente azul).
Un batallón de jóvenes que cumplían ese día la misma edad, discurrían por el pabellón que el gobierno había construido para darles su propia felicitación: ésta sin chuletillas de cordero, ni golosinas, ni globos de colores. Los muchachos estaban mudos y muchos temblaban, aunque apretaban las manos en un puño para disimular el miedo. Las chicas llevaban el pelo recogido en un perfecto moño; mientras que ellos habían aplastado su cabello rebelde con la ayuda de la gomina, y se lo habían peinado con la raya a un lado, el derecho.

Jaime no tenía miedo, al menos no de momento. "El miedo es una pérdida de tiempo", le había dicho su padre la noche anterior, y llevaba razón. Si no había tenido miedo antes, ¿por qué tenerlo ahora? Una noche sin estrellas le había prestado su Beretta 92. Por supuesto, Jaime no disparó, pero aprendió a utilizarla; podría ser más rápido que su adversario... si se topaba con uno.
Había vivido 18 años bajo amenaza de muerte. Ahora él también podría amenazar.

Jaime no recordaba cuándo el gobierno había tomado aquella decisión, aquella extraña forma de atar en corto al pueblo, de mantener el orden y el caos, la paz y la guerra; apenas tenía dos años cuando todo se llevó acabo. El caso era que en la actualidad, a cualquier ciudadano que no tuviese una deficiencia mental o psíquica, se le entregaba una pistola a la mayoría de edad con una única bala. La bala se podía usar con cualquier persona y en cualquier momento, pero no más, no podías robarle el arma a otro (decían que detectaba las huellas dactilares) ni recargarla. Si disparabas... ¿quién te decía a ti que no vendría el hermano, el tío o el vecino del quinto a vengarse? 
Nadie.

Quizá por eso se creyó que no habría nadie lo suficientemente idiota como para disparar, iba pensando Jaime, mientras la fila de jóvenes se encogía delante de él. El gobierno estaba formado por una completa panda de imbéciles que intentaban imitar de la peor de las formas al estadounidense.
-¿Sabes usar una pistola? -le preguntó en un susurro el chico de delante, de grandes dientes.
-Sí, mi padre me ha enseñado. Por si acaso, nunca se sabe.
-Yo no sé disparar... 
-No te preocupes -ya les iba a tocar-. ¿Acaso quieres utilizarla ya?
-No, no... nunca.
Jaime asintió en silencio. Las personas eran buenas por naturaleza.

-¡Ernesto Villanueva! -gritó el jefe.
El chico que iba antes de Jaime cerró la boca, ocultando sus enormes incisivos y se puso realmente serio. Un hombre vestido de negro, la indumentaria de la clase dominante, le entregó el arma. Ernesto la agarró, sin querer, por el gatillo.
¡Bang!, sonó.

Y el caos comenzó.

V

viernes, 17 de agosto de 2012

La fina línea

"La recompensa de una buena acción es haberla hecho." (Séneca)

El cabo González entró en la comisaría; junto al pequeño calabozo se encontraba sentado el joven recluta Francisco Fernández, a quien estaba buscando. El muchacho parecía alicaído, tenía los puños apretados y la cabeza gacha.
González acercó una silla, enfrente del chico.
-¿Qué te ocurre, Francisco?
-Buenos días, cabo. No me sucede nada, no se preocupe, ya voy a hacer la ronda.
-Vamos, vamos, muchacho, que a mí no me engañas -lo apremió el agente.
-Es solo que a veces es tan fina la línea que separa el bien del mal... que se diluye y no puedo verla con claridad.
-Vaya, nos hemos levantado filosóficos.
Francisco levantó la cabeza y le sonrió. El cabo Javier González era lo más parecido a un padre que tenía y lo admiraba por la inmensa lealtad que le dedicaba al Cuerpo. Su mirada siempre era sincera y no existía persona alguna en la que confiara más que en aquel arrugado, pero fuerte, agente.
-Se trata del prisionero.
-Ah, con que por eso estás aquí sentado... ¿Ha ocurrido algo? -inquirió, preocupado, González.
-No, no... Bueno, sí. Ya sabe los problemas que nos estuvo dando este cuatrero -el prisionero había pasado un par de semanas robando gran parte del ganado de los vecinos del pueblo, quienes habían ido alarmándose ante la idea de tener que pasar más hambre que de costumbre-. Pues bien, finalmente conseguí arrestarle, allá, en la sierra, mientras hacía la ronda de la mañana.
-Y todos te están agradecidos ahora, ¿dónde reside el problema?
-El problema está en que lo encerré aquí, en el calabozo, y mírelo ahora...
Javier González fijó la vista en el reo, que ahora dormía. Aparentemente estaba todo normal, hasta que finalmente se dio cuenta de que tenía varios cortes a lo largo del brazo.
-¿Se ha intentado suicidar? -le preguntó al recluta.
Francisco negó con la cabeza.
-Anoche oí gritos que procedían de aquí mientras paseaba con mi hermana tras la cena, no había nadie por la calle, así que decidí entrar en el cuartel para averiguar qué ocurría. El teniente Ramírez no estaba vigilando, así que supuse, angustiado, que el prisionero se había quedado solo. Entré y no vi a nadie, por lo que me armé y me dirigí al calabozo, pero antes de entrar, aprecié el sonido de otra voz.
-¿Era Ramírez?
-No, era el capitán.
-¿Y qué hacía aquí el capitán, a esas horas?
-Estaba... -los ojos de Francisco se volvieron hacia el cuatrero- torturándolo.
-¡¿Qué?! -se sobresaltó González.
-Todos sabíamos que no estaba actuando solo, así que supongo que el capitán decidió por su cuenta y riesgo torturarle para descubrir quiénes estaban actuando junto a él.
-Pero... ¡¡es un simple ladrón!!
-Por eso le decía al principio que no estaba seguro de si había obrado bien al arrestarlo. Mírelo, creo que ha perdido mucha sangre...
-Mas está limpio.
-El capitán debió limpiarle las heridas antes de irse.
El cabo Javier González no salía de su asombro, todo este tiempo habían estado recibiendo órdenes de un torturador... tendría que informar a Comandancia inmediatamente.
-Y hablando del capitán, ¿dónde está ahora? -siguió interrogando al recluta.
-Cuando he llegado, me ha dicho que se iba con Martínez a la sierra, que había encontrado un rastro o no sé qué...
-O sea, que logró sacarle información -dedujo el cabo.
-Debe ser.
-Pero... no te preocupes, tú no sabías nada.
-Pero por mi culpa ahora ese hombre está herido, ¡y no sabemos a cuántos más habrá estado torturando! Cabo, yo no puedo con esto...
-¿Qué dices, muchacho?
-Que no es tan fácil juzgar a la gente, no puedo seguir la ley sin más, hay casos y casos...
-Francisco, tienes 21 años, es normal que pienses así, eres muy joven, pero créeme cuando te digo que en toda mi vida no he conocido a un hombre tan honrado como tú...
-¿Y de qué me sirve ser honrado? -preguntó Fernández en un susurro, con la mirada perdida.
-Te sirve porque darás con la mejor solución, siempre lo haces.
-La moral y la ley no van siempre de la mano.
-Eso es cierto.
-Por eso, cabo... creo que voy a dejar la Guardia Civil.

V

domingo, 22 de julio de 2012

Y ahora que había hallado un poco de paz, tenían que llegar ellos

"Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo." (Julio Cortázar)

Me tienen ya hasta los cojones, sí, cojones, he dicho, y no me importaría repetirlo, de verdad que no, pues estoy más que harto de la herencia católica que recibí, a quién le importa ahora la caridad cristiana, no lo sé, pero a ellos no, desde luego, por algo me siguen, por algo me persiguen, parezco un judío entre fascistas, pero no lo soy, no, yo no, y ellos tampoco, yo solo soy yo, por eso no lo entiendo, parece mentira que ser diferente todavía importe tanto, yo no elegí el lugar en el que quería nacer, simplemente me tocó, a mí, y a otros muchos como yo, pero no a ellos, quizá por eso no lo comprenden, quizá por eso me persiguen, pero, oh, vamos, yo no quería quedarme con sus puestos de trabajo, las máquinas lo sustituyen todo ahora y a ellas no las siguen, no, a ellas no, claro, porque son máquinas, pero a mí sí, ¿no pueden dejarme tranquilo?, yo tampoco he tenido una vida fácil, y ahora que había hallado un poco de paz, tenían que llegar ellos, a joderlo todo, por eso huyo, aunque no sé a dónde, solo me alejo, tengo miedo, sé que si me alcanzan me golpearán, me abofetearán, me zurrarán, y la sangre correrá, su fluido rojo rociará las calles, descenderá por mi cuerpo hasta alcanzar el suelo y entonces, se deslizará por las aceras, y nadie preguntará, porque a nadie le importa, y a nadie le importo, pero eso ya me da igual, llevo mucho tiempo desconfiando de los demás, ¿dónde quedó la palabra del Señor y aquello de "ama al prójimo"?, no creo que Dios estuviese sentado en el sofá frente al televisor viendo un reality cuando proclamó ese mandamiento, sería un poco absurdo, demasiado absurdo, en verdad, por eso decía que estaba harto, cansado de ellos, de los que me siguen, pero también de arrodillarme frente a la figura de Jesús los domingos por la mañana, tendría que haber hecho caso a mi tía, la anabaptista, y olvidarme de las imágenes, pero, oh, la Santa Iglesia, qué influencia, no puedo más, estoy agotado y la calle es larga, me giro y les veo, nunca se cansan, doblo otra esquina y a los veinte segundos ahí vuelven a estar, no sé qué esperan de mí, yo no soy nadie, no llamaré a la policía, ni siquiera si al final me alcanzan y deciden desabrocharse la bragueta para aliviarse conmigo, no, yo no diré nada, ni siquiera gritaré, pero que me dejen vivo, aún soy joven, y todavía me queda tiempo, para cambiar las cosas, para conseguir que alguien me recuerde, ya casi están aquí, sus piernas son más largas, encontrar a una persona, solo pido eso, una, no más, por eso vuelvo a tomar aire, una vez más, y doblo otra esquina, en otra calle, y corro, y corro, y corro...

V

viernes, 6 de julio de 2012

El dragón

"Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones." (Marcel Proust)

Salí a dar un pequeño paseo con mi mujer y mi hijo pequeño por las calles de nuestro modesto pueblo. Era algo que acostumbrábamos a hacer los domingos por la tarde, un pequeño respiro en nuestras ajetreadas vidas, un instante familiar. Las calles eran las mismas de siempre, las que me llevaban cobijando durante toda una vida, las que me habían visto crecer; al igual que sus gentes. Pero últimamente nuestro pequeño pueblo se había convertido en lugar de cierto interés. A él acudían personas de otra época, seres a los que una sonrisa les invadía el rostro al encontrarse las chimeneas encendidas. Y la verdad era que hasta a mí mismo el olor a madera quemada me parecía mágico, a la par que antiguo.

Estábamos, pues, caminando por una de tantas empinadas calles, cuando mi mujer se encontró con un compañero de la facultad. Se saludaron y ambos empezaron a hablar de otros tiempos, entusiasmados. Mientras, yo le hacía pucheros a mi hijo, imitándole, y evitando la risa. La conversación no iba conmigo. 
Al cabo de cinco minutos, mi mujer se dio cuenta de que no nos había presentado, y utilizó, pidiendo perdón, la fórmula de cortesía. “Roberto, este es mi marido”, y él estrechó mi mano a modo de saludo. Sus manos tenían una textura arrugada, parecían las manos de una persona que había dedicado su vida al trabajo. El apretón me llevó a otro momento, a un recuerdo, aunque no sabía a ciencia cierta a cuál. Algo lejos de allí, a un yo no más yo que el que ahora era. Un yo tan feliz como el de ahora, lo cual era extraño, dado que recientemente había encontrado la felicidad en mi hijo, pero antes de él, llevaba treinta años con la felicidad perdida.

El recuerdo de no sabía qué fue como una sacudida, de cabeza a pies y de pies a cabeza, logró emocionarme y bañarme los ojos en lágrimas. Resultaba tan absurdo... Esas manos, ¿las había estrechado antes? Aquellos treinta años de inseguridad desaparecieron, se desvanecieron de mi interior de un plumazo, ya no había dolor, ni nostalgia de un tiempo pasado. Pero, ¿por qué? ¿Quién era ese señor? ¿Qué hacía en nuestro pueblo? ¿De qué me sonaba? Y, ¿por qué? ¿Por qué sus manos me daban una felicidad, distinta a la actual, una felicidad que creía perdida? Intenté esforzarme por volver atrás, busqué en mi memoria, en ella tenía que haber algo, un hueco que me había esforzado por ir tapando con el transcurso de los años, un agujero en el que ahora este señor había excavado y había logrado vaciar de tierra, volcándome al pasado.

Sus manos rugosas y un anillo de plata ondeándole el dedo índice... y entonces el recuerdo vino a mí. Un día de risas en la playa de la Fossa, tenía yo once años y estaba con Joel, mi mejor amigo. Hacía ya treinta y dos años de aquello. Lo evoco como un día increíble, jugamos con la arena y el agua del mar durante horas y horas. Nuestras familias se llevaban muy bien por aquel entonces, no solo veraneaban juntas, sino que también comíamos unidos en la playa muy a menudo. Ahora me viene a la mente el sabor de aquella tortilla que preparaba mi madre... Para chuparse los dedos. Joel y yo nos sentábamos en una misma toalla y lo devorábamos todo sin parar de hablar. Lo cierto es que ignoro cómo éramos capaces de comer y charlar tanto al mismo tiempo. 
Aquel día, por la noche, con motivo de las fiestas de Calpe, había fuegos artificiales en la playa vecina, la del Arenal-Bol. Mientras nuestras familias esperaban tumbadas en la arena a que los fuegos comenzasen, Joel y yo aprovechamos para mirar los puestos que había por el paseo marítimo. Yo me quedé embobado viendo cómo un señor daba forma a unas figuritas de madera con una pequeña máquina y una asombrosa habilidad. Cuando quise darme la vuelta, Joel ya no estaba a mi lado.

Empecé a buscarle entre los demás puestos, pero no había rastro de él. Finalmente soltaron los dos primeros explosivos, que avisaban del comienzo de los fuegos, y me dirigí corriendo a la playa, donde estaban nuestras familias. A los cinco siguientes minutos apareció Joel, le pregunté dónde se había metido, y me enseñó su dedo pulgar a modo de respuesta, se había comprado un anillo de plata con la forma de, lo que me pareció era, un dragón, un dragón muy abstracto. Después Joel me preguntaría cómo podía ver un dragón ahí.

Joel moriría dos años más tarde en un accidente de tráfico, junto a su padre. Y yo no volvería a ver más a su familia. Creo que se fueron, a otra ciudad, a otro país, no lo sé, mis padres no hablaban del tema, sabían que me dolía demasiado. Joel lo había sido todo para mí, mi compañero de juegos, mi confidente, mi hermano. No volví a hablar de Joel, quizá por miedo, quizá porque no quería creérmelo, no lo sé. Hice de Joel una fantasía, un sueño, una pesadilla. Y ahora esa pesadilla había vuelto a mí.

Roberto y mi mujer me miraban. “Joel”, susurré, y a Roberto se le empalideció el rostro, “¿cómo has dicho? ¿Conoces a Joel?” “Joel, ¿eres tú?”, le pregunté. “No, Joel era mi hermano”. Y de súbito, como si la caja de Pandora se hubiese abierto, vinieron a mí un huracán de recuerdos, de aquellos doce años con Joel: el intercambio de cromos, las aguadillas en la piscina, los tirones de orejas, las carreras por lograr ser los más rápidos del mundo, las subidas al monte en bicicleta... todo. Y todo provenía de aquello que se había quedado encerrado en la caja, la esperanza, el anillo, el anillo que ahora llevaba Roberto en su dedo índice, el que ahora había rozado mis manos en un repentino saludo, el que una vez llevó el pequeño pulgar de un pequeño Joel. El eternamente pequeño Joel, el que permanecería encerrado por los siglos de los siglos en un anillo con forma de dragón, o de lo que fuera.

V

jueves, 21 de junio de 2012

El próximo tren

"Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte es un deber." (Voltaire)

Tenía una obsesión. Cada vez que se montaba en el tren, era incapaz de evitar el sentarse al lado de alguien que estuviese leyendo. Ella misma también sacaba un libro y se ponía a leer, pero no todo el tiempo, a ratos solo fingía y lo que hacía era fijarse en lo que la otra persona leía.
Si era de aventuras, gustaba de imaginarse al otro como un auténtico Phileas Fogg; si era de misterio, estaba ante Sherlock Holmes; romance, Elizabeth Bennet; fantasía, Gollum, y así un largo etcétera.
Se fijaba en sus gestos, en cómo pasaban las páginas, y hasta en su forma de vestirse; también contaba cuántas veces levantaban la vista del libro, y por el número, deducía si lo que leían les atrapaba o no.
Alguna vez su mirada descarada le valía para entrar en contacto con el otro lector, quien normalmente le preguntaba qué leía ella, pero la conversación casi nunca llegaba a mayores.
Quizá por ello lo de cierta ocasión, la asombreció extremadamente.

Aquel día ella no se encontraba en su casa, el vagón, si no en los jardines de la misma, el andén. A su lado, un hombre, unos tres años más joven que ella, leía un libro. Para no faltar a la costumbre, la muchacha se sentó a su lado. Desplegó su A través del espejo y lo que Alicia encontró allí e hizo lo propio, ir al País de las Maravillas y volver al País de la Realidad en cuanto tuvo ocasión de asomarse a lo que el hombre misterioso (no le conocía, por eso era un misterio) leía.
Se trataba de La pianista, de Elfriede Jelinek. Ella no lo había leído, pero a juzgar por el semblante del hombre, estaba en un instante algo subidito de tono, nada que ver con Alicia. Se encontraba en las últimas páginas de la historia.
A ella le encantaba ese momento, cuando el lector acaba, cierra el libro y lo deja por cualquier lado, sin prestarle más atención que la que ya le ha dedicado al leer todas sus páginas; o bien, vuelve atrás, buscando un momento que le interesó más que el resto; o lo cierra, pero lo mantiene en las manos y se queda pensativo... Lo cual era lo que a ella más le gustaba, por ello, cuando esto último sucedía, apuntaba el título mentalmente y se prometía leerlo más adelante.
Solo esperaba que el tren de aquel hombre no llegase lo suficientemente pronto como para no poder ver su expresión tras finalizarlo. Por suerte, no llegó, y ella dejó pasar el suyo.
Él acabó el libro, no volvió atrás las páginas, pero tampoco lo soltó dentro de su mochila. Lo sostuvo entre las manos. La pianista, pensó ella. Al chico no se le veía el rostro, miraba fijamente el libro, su cubierta, pero su mente no estaba en ella.
Ella no paraba de preguntarse en qué pensaría él y por unos segundos odió no haber leído antes el libro, para intentar imaginarse sobre qué vacilaba. Entonces él apartó la vista del libro y la miró a ella, fijamente.
El chico tenía un ojo verde y otro azul. Era una mirada severa, pero cargada de emoción.
Se levantó y ella, víctima de un presagio, se levantó también.
Él avanzó y avanzó en dirección a un tren inexistente, hasta dejar volar su pie izquierdo por encima de las vías. Ella, aterrada, lo sostuvo del brazo. El libro cayó, el próximo tren se lo llevó. Y él la besó.

 

La besó como en los libros, con los ojos en lágrimas y las manos sosteniéndole el rostro, sediento, pero no de amor, sino de comprensión, entreabriendo la boca en cada nuevo beso, casi jadeando. Y ella se dejó llevar por ese alma triste, mientras continuaba sosteniéndolo con fuerza.
Lo sintió débil, parecía más joven aún de lo que se había imaginado... Pensó en él escapando de una casa en la que nadie le quería, de un instituto en el que sus compañeros se burlaban de sus gustos, de una niñata que le había roto el corazón... la primera vez que se lo rompían.
Cuando sus labios se despegaron, él solo dijo "gracias", ella solo "gracias a ti".
Y sus mundos volvieron a separarse. 
Ella marchó con la seguridad de que él no se intentaría suicidar nuevamente.

Al día siguiente, él se pondría a leer A través del espejo y lo que Alicia encontró allí con una sonrisa tan grande como la del gato del cuento.
Ella empezaría La pianista pensando en aquellos ojos verdes y azules.

La próxima semana, le tocaría a él salvarla a ella.

V

jueves, 7 de junio de 2012

Dormir o no dormir, ésa es la cuestión

"Ésta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás: si tomas la pastilla azul, fin de la historia, despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte; si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos." (Matrix

Es extraño, los sueños son extraños. En ellos se mezclan gotas de perfume de realidad con elevadas dosis de mentira. De repente te encuentras en un lugar que hacía años que no pisabas, con personas que ves cada día, pero también con aquellas de las que te separan kilómetros y kilómetros e, incluso, con aquellas que llevan meses habitando el cielo. Y ahora están aquí, contigo, en tu mente, puedes bailar con ellas, les puedes dar la mano, besar y hasta penetrar más allá de ellas. Y las sientes, las sientes como reales.
Ahí estás, te lo crees y te gusta lo que ves. Cuando despiertas y ves que en verdad tu mundo es aburrido y no ocurrirá nada de aquello, te descubres pensando en tomar la pastilla azul de Matrix.
Te puede el deseo, el desnudarte en sueños y no sentir complejos, redescubrirte a ti mismo más perfecto, y encontrarte en el otro. Anhelas ver su rostro una vez más, solo una, y que te sonría, y saber que esa sonrisa es solo tuya, que no tiene a nadie más a quien dedicársela... porque tú eres el dueño de ese mundo. Eres una especie de Dios que mueve los hilos inconscientemente, un Dios tumbado con los ojos cerrados, pero que igualmente respira, sufre, gruñe, llora, grita, se excita, se mueve y se retuerce, clavando las uñas en una almohada blanca.

A pesar de todo lo que puedes tener en ellos, enseguida los olvidas, jamás te satisfacen, son en evidencia una separación de cuerpo y alma, de cuerpo y mente, si se prefiere. Son fruto de un subconsciente y en él mismo se pierden. 
Cuando miramos atrás, en el fondo solo queremos ver verdad, auténticos besos, auténticas sonrisas... hechos, palabras, sentimientos en los otros no creados por nosotros mismos. Deseamos la pastilla roja, siempre la roja, por mucho que duela, por mucho que cueste llevar a este mundo lo que obtenemos en el otro con solo cerrar los ojos.
Somos complicados y nos gusta serlo, o quizá no, quizá solo queremos ser felices, felices de verdad, fuera del engaño.

V

martes, 5 de junio de 2012

Dear Prudence

"The sun is up, the sky is blue, it's beautiful and so are you... dear Prudence, won't you come out to play?" (Dear Prudence, The Beatles)

-Soy un cobarde.
-No eres un cobarde.
-Sí que lo soy, la dejé marchar.
-No eres cobarde, eres prudente.
-La Prudencia en el amor no existe.

V

domingo, 13 de mayo de 2012

Los buenos

"La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie." (Victor Hugo)

Irán, siglo XXI.

-Papá, ¿por qué hemos venido aquí? Hay mucha gente, no me gusta, gritan mucho, ¿son malos?
-No, Ahmad, por eso estamos aquí, para que aprendas. Nosotros somos "esa gente" y nosotros no somos malos, ¿a que no?
-No, papá, ¿pero entonces por qué gritan? Dicen esas palabras que tú no me dejas decir.
-Las dicen porque están enfadados.
-¿Con quién, papá?
-Con ese señor.
-¿Al que le están poniendo una cuerda alrededor del cuello?
-Al mismo.
-Los buenos le van a hacer daño.
-Se lo merece.
-¿Qué ha hecho, papá?
-Se ha portado muy mal con niñas de tu edad.
-¿Las pegaba?
-Algo peor, cuando seas mayor lo entenderás.
-Papá, ese hombre está sufriendo mucho, mira cómo mueve los pies... la cuerda le aprieta mucho el cuello. Yo creo que ya no lo va a hacer más, ¿no van a perdonarle?
-No.

-Papá, este sitio no me gusta, ahora gritan más, cosas muy feas. Papá, tengo miedo, los buenos me están aplastando. 
-No sueltes mi mano.

Fotografía realizada por Ebrahim Noroozi, 12-10-2011, Irán.
Miles de personas se reúnen para ver las ejecuciones en la horca, en un parque público.


-Papá, no grites tú también.
-Lo siento, hijo. No llores. Era un hombre muy malo, estamos mejor así.
-¿Y si no lo había hecho él? A mí a veces me castigan por cosas que no he hecho, los buenos también se equivocan.
-No se han equivocado.
-¿Y cómo estás tan seguro?
-Porque lo sé.

-Papá...
-¿Qué quieres, Ahmad?
-Si los buenos hacen esas cosas, yo ya no quiero ser más de los buenos.

V

jueves, 26 de abril de 2012

Locura

"La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma." (Goethe)

-Pasa, pasa. Ya sabes, arriba, la primera puerta a la derecha.
Entré al vestíbulo y subí las escaleras de la casa; giré a la derecha y entré en la habitación. Mi amigo tenía sobre las paredes algunos pósteres de deportistas, una esvástica y cientos de fotos con su familia. Siempre que entraba en su habitación me quedaba anonadado con todos esos rostros en blanco y negro, todos aquellos lugares que mi amigo había visitado.
-¿Ya estás mirando las fotos?
-¿Qué quieres que le haga?
Se rió.
-Bueno, ¿estás preparado? -me preguntó.
-¡Estoy deseándolo! -respondí, ansioso.
Se me había olvidado describir una cosa y es que, al lado de una diminuta cama, mi amigo tenía un gigantesco piano de cola. Sí, en su habitación, puede resultar extraño, pero así era.
Arrimó el taburete y empezó a tocar...

-Oh Dios mío, ¿era Wagner? -inquirí.
-Sabes más de música que yo mismo.
-No exageres. ¡Es Wagner!
-Lo que tú digas. Bueno, un trato es un trato, ¿qué tienes para mí?
-Pon esto.
Lo puso. Un violín. Pareció sorprendido... Le gustaba, le gustaba mucho.
De fondo oí golpes en una puerta, mi amigo hizo un gesto con la mano, como para que los ignorase y cerró los ojos, dejándose llevar por la melodía.

La música acabó.
-¿Qué era eso?
-Ése era Bronisław Huberman; tocando a Beethoven, eso sí.
-No.
-Sí.
-¿Estás loco? ¡Es un jodido judío!
-¿Judío?
-Sí, judío. ¿Cómo se te ocurre? ¿De dónde lo has sacado? ¿Por qué no lo has quemado? ¡Dios mío, vete! ¡Vete!
-Oigo golpes -alguien seguía golpeando con los puños sobre una puerta- ¿No los oyes? ¡Golpes!

-¡¡¡¡Aaaaaaahhhhhhhh!!!!

-¿Qué es eso? ¡Viene de arriba! -le dije, asustado. 
-¡Espera!
Subí las escaleras que conducían a la buhardilla corriendo, mi amigo me seguía. Arriba había una puerta con una llave introducida en la cerradura, detrás de la puerta, los gritos histéricos de una mujer que golpeaban la madera con desesperación.
Me entró miedo, pero decidí abrir.
Mi amigo gritó "¡nooo!", pero ya era tarde.
Una mujer de unos treinta y tantos años se echó sobre mis brazos, llorando. "Socorro, me dijo, ayúdame".
La había visto en alguna parte, su cara me sonaba... En las fotos, las fotos del cuarto... Aquella mujer era la madre de mi amigo.
-Erwin -me llamó él-, ¿qué has hecho? Vamos, ayúdame, vuelve a meterla en la habitación.
-Pero... pero... no entiendo... ¡es tu madre!
-Ella ya no es mi madre, ¿no lo entiendes? ¡Está loca! ¡Es una puta! 
La mujer me abrazó más fuerte, sus brazos eran prácticamente huesos y un poco de piel. En las fotos aparecía tan hermosa...
-Yo creía que tu madre estaba enferma.
-Y lo está, ¿no te das cuenta? Mi padre y yo ya no sabíamos qué hacer con ella. Un día la pegó, pero siguió sin servir de nada, es una blasfema, no cree en la nación. Podríamos haber dicho algo... pero era como manchar la pureza de sangre de nuestra familia, por eso la dejamos encerrada en la buhardilla. Por favor, no digas nada...
-Tú eres el que está loco, ¡es tu madre!
-No vuelvas a decir eso. Venga, ayúdame, no dejes que se siga restregando contra ti.

Me puse delante de ella.
-No la vas a tocar.
-¿Has perdido el juicio? ¿Primero música judía y ahora esto? ¿Es que acaso no respetas a tu führer?
-Pero esto... esto es inhumano.
-Piensa en Alemania.
-Yo...

-¡¡Corre!! -grité a la mujer, no muy seguro de que fuera capaz de moverse.
-¡Maldito cabrón! -oí a mi amigo, mientras yo bajaba apresuradamente las escaleras arrastrando a su madre del brazo.
Teníamos un poco de ventaja. Mi amigo debía haberse entretenido con algo... 

Había cogido la escopeta.
Corrí por el vestíbulo, mientras mi amigo bajaba a todo correr las escaleras. Su madre se dejaba llevar, parecía que se le había olvidado caminar. Se me revolvió el estómago solo de pensar cuánto tiempo llevaría allí encerrada. Teníamos que salir de allí, quedaba poco...
Por fin abrí la puerta de la entrada, entonces mi cabeza chocó contra el cuerpo de un hombre robusto.
-Heil Hitler! -nos saludó. 
Era el padre de mi amigo.

V

domingo, 15 de abril de 2012

Tú no eres yo

"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor." (Samuel Beckett)

-Tú no eres yo.
-Lo sé. Ojalá lo fuera.
-Ser tú tampoco está tan mal.
-No sé, a mí no me gusta.
-Es interesante.
-Puede, pero para nada divertido.
-Debe ser complicado...
-Desgarra el alma.
-¿Has pensado en el suicidio?
-Sí.
-Pero no lo harás.
-No.
-¿Por qué?
-No lo sé.
-¿Esperanza?
-Quizá.
-Entiendo.
-No entiendes.
-Ah, ¿no?
-No.
-¿Por qué?
-Porque tú no eres yo.

V

lunes, 9 de abril de 2012

La biblioteca

"Lo único que lamento es que nunca tendré tiempo para leer todos los libros que quiero leer." (Françoise Sagan)

No podía negárselo más, estaba nervioso, era un hecho. 
Llevaba esperando aquel momento desde que tenía cinco años, desde que iba al pueblo en verano y su abuelo le dormía contándole cuentos, desde el mismo instante en que el anciano medió palabra acerca de aquel lugar de fantasía, recuerdos, historia, filosofía y ciencia.

Ahora los dedos de un Daniel adolescente temblaban de emoción al imaginarse penetrando las inmensas puertas de aquella casa, justo al lado del comedor. Siglos y siglos de sabiduría quedaban concentrados en esas cuatro paredes y eso se notaba en el ambiente, el olor se impregnaba en todas las maderas que formaban el resto del edificio.

Su abuelo se acercó, los años le habían tratado bien en su interior, pero de las canas y las arrugas no se libra nadie, ni siquiera él.
-¿Estás preparado? -le preguntó.
-Siempre lo he estado.
El anciano sonrió e introdujo la llave en la cerradura.

Es extraño descubrir algo en la realidad de lo que ya tenemos miles de imágenes en la imaginación. 
Daniel se había construido en la mente aquella biblioteca de múltiples maneras. Normalmente estaba formada por largas estanterías, algunas veces apiladas paralelamente, otras con forma de caracol, pero siempre eran libros antiguos, de tonos rojos, verdes y azules. La realidad no era menos sorprendente, de hecho, lo era más, al fin y al cabo era real, pero los libros no eran antiguos, había de todo, las ediciones eran múltiples y los colores también.

Creo que Daniel no tendría palabras para expresar lo magnífico de aquello, así que yo tampoco lo intentaré.
Los libros se viven, no se cuentan, porque para ello ya están sus páginas.

Aquella tarde Daniel cogió un libro... el primero de muchos; el último de tantos otros que hasta entonces había leído.

V

jueves, 29 de marzo de 2012

Flâneuse

"Que vagaron por ahí y por ahí a medianoche en los patios de ferrocarriles preguntándose dónde ir, y se iban, sin dejar corazones rotos." (Allen Ginsberg, Aullido)

Luces de neón en la noche madrileña, vagabundos y música jazz, mientras ella derrama lágrimas en una botella de ginebra. Se sienta en una esquina, sin soltar el alcohol. A su lado una prostituta le dedica una sonrisa maquillada, ella levanta la botella y brinda por ello.
Alma desgarrada, cielo sin estrellas y una luna que parece burlarse del destino. Pensaba en tomar el ferrocarril a medianoche, coger un solo billete de ida, pero ella no tiene a dónde ir, tampoco dónde quedarse. Manaquíes sin rostro en los escaparates, lujo en las tiendas, miseria en las calles. Mezcla de olores nauseabundos con el éxtasis de la carne. Opio.

 (Tiempos modernos)

Frío corriendo por sus venas y fuera hace calor, le tiemblan las manos. En su cabeza no para de sonar, una y otra vez, un tema de Bob Dylan: N' how many deaths will it take till he knows that too many people have died?
Cae y sueña, sueña con su madre, entre sus dedos un cigarrillo a medio consumir. Sueños confusos. Jardines de amapolas; una cama y él desnudo, y él sonríe, y él sobre ella. Paz, amor, libertad, sexo, drogas... Aullido de Ginsberg, aullido de ella. Una voz que no puede ser escuchada, una ausencia de todo, un vacío en el alma. Gritos, gritos que provienen del corazón de la joven ella. Una ella maquinizada. Un no él. ¿Y Dios dónde está? Los medios de comunicación solo cuentan mentiras. Los escritores solo quieren vender. La música ya no es música. La política otro engaño. El capitalismo el fin. Y nadie la escucha.
"Esto también pasará", le dirán a ella, "piensa en el mañana". 

Pero desde ayer, siempre fue mañana y nada ha cambiado.
Paripatética... deambulante... vagabunda... flâneuse.

V

miércoles, 14 de marzo de 2012

257

"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." (Friedrich Nietzsche)

Apenas servía el estar bien sujeto a la barra del metro. Mi espalda quedaba apoyada contra la de otro hombre y la vista no me llegaba hasta la mano que portaba el maletín, porque otra señora se situaba entremedias. Cuando el metro paraba en una estación, sentía a unas cinco personas rozándome. Hacía mucho calor; cualquiera podía robarme el maletín en esas circunstancias. Me deshice un poco el nudo de la corbata. Tres estaciones más y saldría de aquel tedioso agujero.
El minutero no parecía querer moverse. El perfume de la señora me estaba mareando. "Próxima parada, Guzmán el Bueno". Por fin, solo quedaba una. Se abrieron las puertas y una masa entró a codazos en el coche. Sentí los pechos de la señora perfumada y las rodillas del hombre que estaba antes contra mi espalda. Perdí la mano con la que me sujetaba e hice fuerza con la que sostenía el maletín. Se cerraron las puertas.


-Dejen paso, por favor, la siguiente es mi parada -dije, sin que nadie me escuchara.
Empecé a andar a contracorriente. La muchedumbre se movía en sentido contrario; yo apenas avanzaba. Todos tenían el mismo rostro y sujetaban maletines marrones. Daban pasos al unísono. Un señor con traje gris tocaba un acordeón, otro un tambor. El sonido de los pasos se sincronizaba con el del tambor. Podías dejarles dinero en... dos maletines marrones.
-257, deme algo de dinero, por favor -me rogó el del acordeón.
-¿Se refiere a mí? -inquirí.
-¿Acaso hay otro 257 en el vagón?
-Lo siento, se equivoca. Déjeme pasar, me bajo aquí.
-¿Metropolitano? -me preguntó.
-Eso es.
-Se equivoca usted. Vamos a Príncipe Pío -me aseguró, como si el metro tuviese una sola parada.
-Trabajo cerca de la estación de Metropolitano.
-¿No será usted de esos? ¿De los que aún creen que tienen nombre, trabajo e individualidad?
-Mire, no le comprendo...
-3.425.
-¿Qué dice?
-Es mi número -fue toda su respuesta.
-Oiga, esto no tiene ninguna gracia. Déjeme pasar.
-Le envidio a usted, 257, aquí todos hemos perdido ya la esperanza. ¿Ve a esas personas? Se parecen mucho a usted, ¿eh? No sé si se había dado cuenta. Todas llevan un traje gris, maletín marrón... Meros números. Van a trabajar cada día, salen de su trabajo, comen, duermen, siguen trabajando, practican el sexo y duermen. Viven como máquinas. Bueno, realmente son máquinas. Fíjese usted bien... no tienen orejas, son teléfonos táctiles, ¿lo ve? -era cierto, tenían teléfonos móviles a ambos lados de la cara-. El ruidito ese no para de sonar. Yo, al menos, conservo aún mi acordeón. Me monto cada día en el tren buscando a alguien como usted, alguien que todavía pueda escuchar mi música. Intento ser yo, pero cada día soy más ellos, parte de la masa. Ya no recuerdo mi nombre, ni el de mi esposa, solo el de mi madre, que murió hace muchos años. Se llamaba Elena, bonito, ¿verdad? A mí me suena mejor que cualquiera de mis melodías. Yo ya no disfruto cuando hago el amor con mi mujer, ¿usted sí?
-¿Qué dice? Mire, me bajo ya.
Pasé delante de él y de otros tantos como él, apartándolos a codazos, quise salir de allí, huir lejos, llegar a casa y verme en el espejo y descubrirme a mí mismo en el reflejo. Temía que sus palabras fueran ciertas, que no existieran los individuos, que fuese ya un colectivo. Sostuve con fuerza mi maletín y conseguí bajar del vagón en Metropolitano.

Cuando se cerraron las puertas, oí en el andén un ruido muy cercano, tan cercano, que provenía de mí mismo. Era el sonido de un teléfono móvil.

V

jueves, 1 de marzo de 2012

El amor en el siglo XX

"No existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallo del hombre." (Andrew Bonar Law)

Inglaterra, agosto de 1940.

Lo cierto es que los criados parecían aquella mañana más nerviosos de lo que yo misma estaba.
Iban de aquí para allá, escaleras arriba, escaleras abajo. No pasaba ni medio minuto entre dama y dama de mi confianza, que entraba para enseñarme tal o cual vestido. Todos me parecían iguales, preciosos sí, pero asfixiantes también. Finalmente me decanté por uno escarlata, únicamente por que me dejaran sola durante un breve espacio de tiempo. Dejé el vestido sobre la cama y me dirigí al ventanal de mi habitación, que daba al jardín, a nuestro hermoso jardín.
Observé a John, el jardinero, cortando algunas hojas secas, él era el único que no me llamaba lady Lepselter, sino simplemente Alice, especialmente cuando jugaba a quitarme la ropa.
Apoyé la cabeza en el cristal, el frío de la ventana me ayudaba a aclarar las ideas.

Aquella tarde se celebraba mi pedida de mano, con un hombre que traería muchos beneficios económicos a mi familia, además era apuesto, culto y me hacía reír. No tenía de qué quejarme, mis padres habían hecho la mejor de las elecciones, salvo por el hecho de que aquel hombre no era mi John. Además yo no estaba dispuesta a vivir toda una vida encorsetada, teniendo como único entretenimiento un piano y una laberíntica biblioteca.
La gente del campo me envidiaba, yo les envidiaba a ellos. Necesitaba mantener la mente ocupada, me daba igual tener que ensuciarme las manos. Paradójicamente los momentos más felices de mi vida los había pasado durante el transcurso de la Guerra civil española, cuando había trabajado como enfermera ayudando a los republicanos españoles que habían caído en manos de los franquistas. Me había sentido útil por primera vez.
Pero aquellos meses de 1937 ya habían pasado, la guerra había acabado, y yo había vuelto a Inglaterra junto a mi familia y la monotonía de la casa.
Golpearon la puerta.
-Adelante.
-Señorita Lepselter, ¿está ya lista?
-Sí, ya bajo, Edgar.
Volví a asomarme por la ventana, una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla. John estaba mirando. Lo saludé con la mano. Me devolvió el gesto, parecía preocupado.

...

Tiré las herramientas al suelo sin pensar. Salí corriendo hacia la casa y subí las escaleras de dos en dos. Siempre había pensado que lo mejor era dejarla con su vida acomodada, pudiendo gozar de un futuro que yo nunca podría otorgarla, pero había esperado hasta el último segundo y aun así, ella seguía derramando lágrimas, moviéndose como un espectro por las habitaciones, sin apenas probar bocado, lamentándose de su desdicha. 

Edgar me observó anonadado desde el pasillo, me gritó, intuyendo mi acción, pero lo ignoré e irrumpí en la habitación de Alice. Casi me estampé contra ella, su rostro estaba a menos de diez centímetros. Había llegado en el momento exacto, tenía pensado salir y hacer frente a lo que su deber la exigía.

La escasa distancia me hizo perder el sentido. La besé en los labios sin poder contenerme. Cerré la puerta con el pie derecho, mientras sus hábiles dedos tomaban cartas en el asunto y se dedicaban ya a arrancar como podían mi uniforme de jardinero. La tomé por la cintura y la acorralé al precipitarla contra la pared.
Me pregunté si no le molestaría mi hedor a sudor, pero ella no mencionaba palabra alguna, sus manos me tomaban por el cuello y se enredaban en mi pelo con ansia y cierta desesperación.
Aparté sus labios de los míos y la miré a los ojos. Tenía la mirada triste.
-John, te amo.
-Te quiero muchísimo, Alice.
Volví a besarla, primero los labios, después el cuello. Saltó sobre mí y me rodeó con sus piernas. La quité el vestido, ahora inundado yo también de esa misma desesperación, y la dirigí en volandas hacia la cama. Quedaba poco para que su cuerpo y el mío se fundiesen en uno solo cuando Alice me hizo frenar.
-¿Qué sucede? ¿Estás bien?
-John, me están esperando abajo...
-¿No quieres hacer esto? Pensé que...
-Chsst -me silenció y me dedicó un breve beso-. Marchémonos, vayámonos de aquí.

...

Alice y John nunca estarían juntos. Aquel soleado 24 de agosto de 1940 los aviones alemanes bombardearían el puerto de Londres, justo cuando ambos se preparaban para tomar un barco con rumbo a un nuevo futuro en el país vecino, Irlanda, y así poner fin a sus antiguas vidas.
Los alemanes pedirían perdón por el ataque, mientras, Churchill sacaría partido de la situación, decantándose por atacar Berlín. El pueblo de Inglaterra se lo agradeció.

Pero ningún país recordó a Alice o a John.

V

viernes, 17 de febrero de 2012

Controlando el tiempo

"Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida." (Woody Allen)

Carlos Esteban Martín se creía un dios.
Sus compañeros se burlaban de él y sus compañeras cuchicheaban sobre lo extraño que era, mientras Carlos permanecía sentado en su pupitre escuchando al profesor.
De vez en cuando, el señorito Esteban bostezaba e incluso llegaba a apoyarse sobre los brazos y daba alguna que otra cabezada.
Las carcajadas aumentaban por minutos, las amistades descendían por segundos.
El profesor se pensaba que Carlos era tonto.

El chico, por aquel entonces, andaba enamorado de una muchachilla de cabello cobrizo que gustaba de pasar el tiempo con un tal Joyce. Carlos estaba absorvido por la chica, tan embobado que, tres años después, cuando adquirió el suficiente valor como para hablarla, lo único que consiguió fue balbucear estas palabras:
-Bho-o-la, me lla-lla-mo Car-Car-los.
-Ya lo sé, tonto.

Ella levantó la vista durante una brevedad de segundos y le miró a los ojos. Carlos pensó que "tonto" era la palabra más bonita que existía en el mundo.
Con el transcurrir de nuevos años y de mucha soledad, Carlos aprendió prácticamente todo lo que se podía saber sobre James Joyce y un día de cielo nublado, se sentó junto a ella en el suelo del patio y abrió Finnegans Wake.
-No necesitas leer eso para impresionarme.
-Me gusta.
-Pero aun así lo haces para impresionarme. Ya me impresionas, siempre lo has hecho.
-¿Ah sí?
-Sí, la gente es idiota, pero tú pareces imbécil. Dime, ¿por qué crees que eres Dios?
-Yo no creo que sea Dios, ni ningún otro dios. Solo me creo capaz de controlar el tiempo.
-¿De veras eres capaz? -le había llamado imbécil, pero no le tomaba por loco.
-No, pero creo en las promesas y en el perdón. Por eso creo que no he perdido el tiempo todos estos años. Prometiendo me crearé un futuro y pidiendo perdón alteraré el pasado.
-Siempre has sido un bicho raro.
-Prométeme que te casarás conmigo.
-Carlos, solo tengo 14 años...
-Prométemelo.
-Te lo prometo.
-¿Lo cumplirás?
-Soy una mujer de palabra.


-Lo siento -musitó Carlos.
-¿Por qué?
-Por no haberte hablado antes. ¿Me perdonas?
-Sí.
-Acabas de borrar 14 años de mi vida. Al perdonar, hacemos como si el pasado no hubiese ocurrido.
-Y tú acabas de crear 14 de la mía. Si cumplimos una promesa, nos labramos un futuro.

-¿Después de esos 14 años nos divorciaremos? -le preguntó el chico.
-No.
-¿Después morirás?
-Sí -confirmó ella.
-¿Tan joven?
-No te he dicho cuándo nos casaremos.
-¿Y cómo sabes cuánto duraremos casados?
-Controlando el tiempo.

Carlos sonrió, aunque no comprendió nada.
Abrió el libro de Joyce y siguió leyendo, convencido de que él era imbécil, y ella más todavía.

V

domingo, 5 de febrero de 2012

Figuras literarias

"Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies." (Oscar Wilde, El Príncipe Feliz)

A veces se te olvidan las metonimias de esta locura, tienes una parte y quieres el todo.
Los nervios te hacen crear un hipérbaton de confusión de frases, de nublados sentidos.
Manos de escarcha, cielo de ojos, kilómetros de espalda, metáforas en suspiros agitados.
Lazos invisibles nos unen a través del tiempo... la distancia... Wish you were... reticencia.
Pensamiento, bondad, humor absurdo e inteligente: asíndeton de tu nombre.
¡Wilde, Wilde, Wilde! ¡Si hubieras conocido a este Príncipe! Tú eres apóstrofe, Oscar, y él es Tristeza.
Yo veo el sonido de un violín y tú escuchas colores verdes inexistentes en esta sinestesia.
Alusión perifrástica a un día, un tren, un parque, una sonrisa, un beso... una noche.
Yo sin ti, tú sin mí, y me siento contigo aunque no tenga sentido ni como paradoja.
Te quiero, lo sabes, y no es hipérbole decirte que tu ausencia me llena de la más absoluta nada.

V

sábado, 4 de febrero de 2012

Conversación telefónica

"La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo." (Gustavo Adolfo Bécquer)

Suena el teléfono. Descuelgo. Es Pedro llorando una vez más, su mujer, que le ha mandado al sofá. Le pregunto qué hay de malo en ello, si están echando La vida de Brian por enésima vez en la televisión. Se ríe, pero mis palabras no le producen consuelo. Me pide perdón por llamarme tan tarde. Le respondo que no importa, que me había metido medio litro de café en vena durante la cena. Silencio sepulcral. Me le imagino haciendo mutis por el foro. "La vida de soltero", le digo al auricular como toda respuesta.

Que están sin blanca, me cuenta. Llevan un par de meses sin parar de discutir. Que ya ni tocarla. La crisis y el matrimonio están acabando con él. Le digo que no hay peores seres en el mundo que las mujeres y los políticos. Me dice que no tengo ni idea, que nunca he estado enamorado. Le pregunto si se ha fijado bien en los pechos de la Pepa. Me dice que eso no es amor. Yo me río, puede que lleve razón.

Le ofrezco cambiar a Brian por los picos pardos de la noche madrileña. Me dice que estoy loco, que cuándo asentaré la cabeza. Le rezo a Dios por que ese momento no llegue nunca.
Deniega mi sugerencia alegando a no sé qué de un anillo en su dedo anular y unos votos que pronunció en su día.


A lo tonto nos dan las dos de la mañana. Me sorprendo a mí mismo cantando el Himno de Riego y alabando a la figura de Azaña. Ya me lo decía mi madre, que no tomase cafeína, que era la peor de las drogas. Pedro sigue al teléfono, en el fondo de su corazón siente a la tricolor, pero no lo manifiesta de la misma manera. Me dice que está cansado, que tiene que trabajar al día siguiente. Le sugiero que empalme dado que esa noche su miembro no se... Juego lingüístico. Nos reímos a carcajada limpia. Entonces Pedro se calla.

Su mujer, Teresa, se ha levantado. Les escucho vociferar, primero. Susurrar, después. Intuyo que mi amigo implora perdón. A continuación, silencio. "Oye, tío, que... Teresa, espera, no hagas eso". Se ríe. "Te tengo que colgar".

Me quedo solo, mi estado de naturaleza. Me pregunto si lo lógico no habría sido que le hubiese llamado yo a él. Es igual. Me imagino a Pedro desabrochando botones. Perdiéndose en el aroma femenino. En fin. Suspiro. Me voy al sofá.

Busco la cinta de vídeo. Llegado el momento, Brian y yo decimos a la vez: ¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! Hail, César.
El televisor me contesta: ¡Hail, César! Si no está escrito al amanecer, te corto los cojones.

V

jueves, 26 de enero de 2012

El Retiro

"Cualquiera que despierto se comportase como lo hiciera en sueños sería tomado por loco." (Sigmund Freud)

Cuando se sentaba en la hierba, apoyando la espalda sobre un árbol cualquiera, se sentía dueña de sus movimientos, se creía vivir en un mundo, aunque no fuera en el que quería estar. Pero a pesar de que sus sueños estuvieran lejos de la realidad, era totalmente consciente de que pertenecía a ella. 
Por lo que solo entonces, en el ardor de la primavera y el embelesamiento de los aromas frescos de aquellos días, se permitía el lujo de acudir a El Retiro, que la ayudaba a abrir sus fantasías, a las que se entregaba plenamente. Sacaba un libro, un libro abierto, que colocaba sobre su regazo. 

Devoraba novelas del Romanticismo cargadas del ensalzamiento a la naturaleza, y con ellas se sentía observadora de un cuadro de Caspar David Friedrich, e incluso protagonista de él y de esas páginas que olían a libro antiguo. 
Ello la embargaba. La mezcla de aromas producía un maremoto en sus sentidos, y las palabras captaban su excitación, en la que se volcaba hasta llegar a la ensoñación. Ésta, a su vez, la sometía a un profundo sueño, para el que saber interpretarlo no era necesario ser todo un Freud del tema. 

Era en esos instantes cuando salía del mundo al que pertenecía. Se alejaba de su realidad y se acercaba a otra, a la de la nostalgia, a la de momentos compartidos en esa confusión de aromas. A la de otro cuerpo, a la de la agitación y el pecado. 
Por ello la lectura la hacía sentirse a gusto consigo misma, porque la hacía olvidar la mierda de vida que llevaba, en la que había vendido sus sueños a cambio de mantener un orden. Orden que no la satisfacía, orden que la hundía cada día más y más en la miseria. Orden del que se sentía presa. 

 (Fotografía realizada en El Retiro, enero de 2012)

Y solo el Parque del Retiro era capaz de conducirla de nuevo a la belleza, al amor, al deseo... y a su extinguida y fugaz felicidad.
No era de extrañar, entonces, que suplicase a Morfeo que le hiciera presa.

V

sábado, 21 de enero de 2012

Dios, alma y guerra

"Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo." (Blaise Pascal)

Enajenado de sí mismo, caminaba ebrio de desesperación, angustiado y desgarrado, extrañado, como la filosofía le había llevado a ser. Pero ni la droga de su delirio le llevaba a su añorado encuentro con Dios.
Se sentía vacío, mortal, dueño de sus actos y desconfiado de un Ser por el que había entregado la vida. Ya no le quedaba caridad cristiana, no se sabía si era católico, calvinista o anabaptista. Lo era todo y no era nada.
Su vida terrenal había quedado completamente vacía tras el final de la Gran Guerra, un padre herido de guerra hasta alcanzar la muerte y una madre con el corazón desgarrado del dolor, en cama, enferma, loca...
Y él sin movilidad, sus extremidades eran ahora una silla. Médula destrozada, parálisis de piernas, virilidad ausente. El suicidio seguía sin ser una posibilidad tras tanto tiempo jurando a Dios, quien parecía estar de vacaciones desde julio de 1914. Definitivamente, entregarse al infierno no era una solución. Se despojó de sus ropas, se descalzó, se tumbó cuan largo era sobre la cama e imploró perdón a Dios. Alcanzó el arma de la mesilla de noche y se llevó la pistola a la sien.


La vida puede ser realmente dura, pero no podemos abandonarlo todo por muchos contratiempos que nos surjan. Toda ella es una prueba más de Dios y tenemos que hacerla frente. 
Aquella noche no disparó y el diablo no vino a por él. Al día siguiente la locura de la madre acabó con su vida en un aparente suspiro. Y, paradójicamente, él cayó enfermo de gripe española. Para la hora del té su alma ya estaba junto a la de toda su familia. No iría al infierno, Dios le había escuchado y había decidido llevárselo con Él. Despojado del cuerpo, ahora sí, su alma sería por siempre jamás... ¿inmortal?
O quizá pasto de los gusanos...

V