Llegar a la música por el camino de las palabras...

viernes, 17 de febrero de 2012

Controlando el tiempo

"Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida." (Woody Allen)

Carlos Esteban Martín se creía un dios.
Sus compañeros se burlaban de él y sus compañeras cuchicheaban sobre lo extraño que era, mientras Carlos permanecía sentado en su pupitre escuchando al profesor.
De vez en cuando, el señorito Esteban bostezaba e incluso llegaba a apoyarse sobre los brazos y daba alguna que otra cabezada.
Las carcajadas aumentaban por minutos, las amistades descendían por segundos.
El profesor se pensaba que Carlos era tonto.

El chico, por aquel entonces, andaba enamorado de una muchachilla de cabello cobrizo que gustaba de pasar el tiempo con un tal Joyce. Carlos estaba absorvido por la chica, tan embobado que, tres años después, cuando adquirió el suficiente valor como para hablarla, lo único que consiguió fue balbucear estas palabras:
-Bho-o-la, me lla-lla-mo Car-Car-los.
-Ya lo sé, tonto.

Ella levantó la vista durante una brevedad de segundos y le miró a los ojos. Carlos pensó que "tonto" era la palabra más bonita que existía en el mundo.
Con el transcurrir de nuevos años y de mucha soledad, Carlos aprendió prácticamente todo lo que se podía saber sobre James Joyce y un día de cielo nublado, se sentó junto a ella en el suelo del patio y abrió Finnegans Wake.
-No necesitas leer eso para impresionarme.
-Me gusta.
-Pero aun así lo haces para impresionarme. Ya me impresionas, siempre lo has hecho.
-¿Ah sí?
-Sí, la gente es idiota, pero tú pareces imbécil. Dime, ¿por qué crees que eres Dios?
-Yo no creo que sea Dios, ni ningún otro dios. Solo me creo capaz de controlar el tiempo.
-¿De veras eres capaz? -le había llamado imbécil, pero no le tomaba por loco.
-No, pero creo en las promesas y en el perdón. Por eso creo que no he perdido el tiempo todos estos años. Prometiendo me crearé un futuro y pidiendo perdón alteraré el pasado.
-Siempre has sido un bicho raro.
-Prométeme que te casarás conmigo.
-Carlos, solo tengo 14 años...
-Prométemelo.
-Te lo prometo.
-¿Lo cumplirás?
-Soy una mujer de palabra.


-Lo siento -musitó Carlos.
-¿Por qué?
-Por no haberte hablado antes. ¿Me perdonas?
-Sí.
-Acabas de borrar 14 años de mi vida. Al perdonar, hacemos como si el pasado no hubiese ocurrido.
-Y tú acabas de crear 14 de la mía. Si cumplimos una promesa, nos labramos un futuro.

-¿Después de esos 14 años nos divorciaremos? -le preguntó el chico.
-No.
-¿Después morirás?
-Sí -confirmó ella.
-¿Tan joven?
-No te he dicho cuándo nos casaremos.
-¿Y cómo sabes cuánto duraremos casados?
-Controlando el tiempo.

Carlos sonrió, aunque no comprendió nada.
Abrió el libro de Joyce y siguió leyendo, convencido de que él era imbécil, y ella más todavía.

V

domingo, 5 de febrero de 2012

Figuras literarias

"Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies." (Oscar Wilde, El Príncipe Feliz)

A veces se te olvidan las metonimias de esta locura, tienes una parte y quieres el todo.
Los nervios te hacen crear un hipérbaton de confusión de frases, de nublados sentidos.
Manos de escarcha, cielo de ojos, kilómetros de espalda, metáforas en suspiros agitados.
Lazos invisibles nos unen a través del tiempo... la distancia... Wish you were... reticencia.
Pensamiento, bondad, humor absurdo e inteligente: asíndeton de tu nombre.
¡Wilde, Wilde, Wilde! ¡Si hubieras conocido a este Príncipe! Tú eres apóstrofe, Oscar, y él es Tristeza.
Yo veo el sonido de un violín y tú escuchas colores verdes inexistentes en esta sinestesia.
Alusión perifrástica a un día, un tren, un parque, una sonrisa, un beso... una noche.
Yo sin ti, tú sin mí, y me siento contigo aunque no tenga sentido ni como paradoja.
Te quiero, lo sabes, y no es hipérbole decirte que tu ausencia me llena de la más absoluta nada.

V

sábado, 4 de febrero de 2012

Conversación telefónica

"La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo." (Gustavo Adolfo Bécquer)

Suena el teléfono. Descuelgo. Es Pedro llorando una vez más, su mujer, que le ha mandado al sofá. Le pregunto qué hay de malo en ello, si están echando La vida de Brian por enésima vez en la televisión. Se ríe, pero mis palabras no le producen consuelo. Me pide perdón por llamarme tan tarde. Le respondo que no importa, que me había metido medio litro de café en vena durante la cena. Silencio sepulcral. Me le imagino haciendo mutis por el foro. "La vida de soltero", le digo al auricular como toda respuesta.

Que están sin blanca, me cuenta. Llevan un par de meses sin parar de discutir. Que ya ni tocarla. La crisis y el matrimonio están acabando con él. Le digo que no hay peores seres en el mundo que las mujeres y los políticos. Me dice que no tengo ni idea, que nunca he estado enamorado. Le pregunto si se ha fijado bien en los pechos de la Pepa. Me dice que eso no es amor. Yo me río, puede que lleve razón.

Le ofrezco cambiar a Brian por los picos pardos de la noche madrileña. Me dice que estoy loco, que cuándo asentaré la cabeza. Le rezo a Dios por que ese momento no llegue nunca.
Deniega mi sugerencia alegando a no sé qué de un anillo en su dedo anular y unos votos que pronunció en su día.


A lo tonto nos dan las dos de la mañana. Me sorprendo a mí mismo cantando el Himno de Riego y alabando a la figura de Azaña. Ya me lo decía mi madre, que no tomase cafeína, que era la peor de las drogas. Pedro sigue al teléfono, en el fondo de su corazón siente a la tricolor, pero no lo manifiesta de la misma manera. Me dice que está cansado, que tiene que trabajar al día siguiente. Le sugiero que empalme dado que esa noche su miembro no se... Juego lingüístico. Nos reímos a carcajada limpia. Entonces Pedro se calla.

Su mujer, Teresa, se ha levantado. Les escucho vociferar, primero. Susurrar, después. Intuyo que mi amigo implora perdón. A continuación, silencio. "Oye, tío, que... Teresa, espera, no hagas eso". Se ríe. "Te tengo que colgar".

Me quedo solo, mi estado de naturaleza. Me pregunto si lo lógico no habría sido que le hubiese llamado yo a él. Es igual. Me imagino a Pedro desabrochando botones. Perdiéndose en el aroma femenino. En fin. Suspiro. Me voy al sofá.

Busco la cinta de vídeo. Llegado el momento, Brian y yo decimos a la vez: ¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! Hail, César.
El televisor me contesta: ¡Hail, César! Si no está escrito al amanecer, te corto los cojones.

V