Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 29 de marzo de 2012

Flâneuse

"Que vagaron por ahí y por ahí a medianoche en los patios de ferrocarriles preguntándose dónde ir, y se iban, sin dejar corazones rotos." (Allen Ginsberg, Aullido)

Luces de neón en la noche madrileña, vagabundos y música jazz, mientras ella derrama lágrimas en una botella de ginebra. Se sienta en una esquina, sin soltar el alcohol. A su lado una prostituta le dedica una sonrisa maquillada, ella levanta la botella y brinda por ello.
Alma desgarrada, cielo sin estrellas y una luna que parece burlarse del destino. Pensaba en tomar el ferrocarril a medianoche, coger un solo billete de ida, pero ella no tiene a dónde ir, tampoco dónde quedarse. Manaquíes sin rostro en los escaparates, lujo en las tiendas, miseria en las calles. Mezcla de olores nauseabundos con el éxtasis de la carne. Opio.

 (Tiempos modernos)

Frío corriendo por sus venas y fuera hace calor, le tiemblan las manos. En su cabeza no para de sonar, una y otra vez, un tema de Bob Dylan: N' how many deaths will it take till he knows that too many people have died?
Cae y sueña, sueña con su madre, entre sus dedos un cigarrillo a medio consumir. Sueños confusos. Jardines de amapolas; una cama y él desnudo, y él sonríe, y él sobre ella. Paz, amor, libertad, sexo, drogas... Aullido de Ginsberg, aullido de ella. Una voz que no puede ser escuchada, una ausencia de todo, un vacío en el alma. Gritos, gritos que provienen del corazón de la joven ella. Una ella maquinizada. Un no él. ¿Y Dios dónde está? Los medios de comunicación solo cuentan mentiras. Los escritores solo quieren vender. La música ya no es música. La política otro engaño. El capitalismo el fin. Y nadie la escucha.
"Esto también pasará", le dirán a ella, "piensa en el mañana". 

Pero desde ayer, siempre fue mañana y nada ha cambiado.
Paripatética... deambulante... vagabunda... flâneuse.

V

miércoles, 14 de marzo de 2012

257

"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." (Friedrich Nietzsche)

Apenas servía el estar bien sujeto a la barra del metro. Mi espalda quedaba apoyada contra la de otro hombre y la vista no me llegaba hasta la mano que portaba el maletín, porque otra señora se situaba entremedias. Cuando el metro paraba en una estación, sentía a unas cinco personas rozándome. Hacía mucho calor; cualquiera podía robarme el maletín en esas circunstancias. Me deshice un poco el nudo de la corbata. Tres estaciones más y saldría de aquel tedioso agujero.
El minutero no parecía querer moverse. El perfume de la señora me estaba mareando. "Próxima parada, Guzmán el Bueno". Por fin, solo quedaba una. Se abrieron las puertas y una masa entró a codazos en el coche. Sentí los pechos de la señora perfumada y las rodillas del hombre que estaba antes contra mi espalda. Perdí la mano con la que me sujetaba e hice fuerza con la que sostenía el maletín. Se cerraron las puertas.


-Dejen paso, por favor, la siguiente es mi parada -dije, sin que nadie me escuchara.
Empecé a andar a contracorriente. La muchedumbre se movía en sentido contrario; yo apenas avanzaba. Todos tenían el mismo rostro y sujetaban maletines marrones. Daban pasos al unísono. Un señor con traje gris tocaba un acordeón, otro un tambor. El sonido de los pasos se sincronizaba con el del tambor. Podías dejarles dinero en... dos maletines marrones.
-257, deme algo de dinero, por favor -me rogó el del acordeón.
-¿Se refiere a mí? -inquirí.
-¿Acaso hay otro 257 en el vagón?
-Lo siento, se equivoca. Déjeme pasar, me bajo aquí.
-¿Metropolitano? -me preguntó.
-Eso es.
-Se equivoca usted. Vamos a Príncipe Pío -me aseguró, como si el metro tuviese una sola parada.
-Trabajo cerca de la estación de Metropolitano.
-¿No será usted de esos? ¿De los que aún creen que tienen nombre, trabajo e individualidad?
-Mire, no le comprendo...
-3.425.
-¿Qué dice?
-Es mi número -fue toda su respuesta.
-Oiga, esto no tiene ninguna gracia. Déjeme pasar.
-Le envidio a usted, 257, aquí todos hemos perdido ya la esperanza. ¿Ve a esas personas? Se parecen mucho a usted, ¿eh? No sé si se había dado cuenta. Todas llevan un traje gris, maletín marrón... Meros números. Van a trabajar cada día, salen de su trabajo, comen, duermen, siguen trabajando, practican el sexo y duermen. Viven como máquinas. Bueno, realmente son máquinas. Fíjese usted bien... no tienen orejas, son teléfonos táctiles, ¿lo ve? -era cierto, tenían teléfonos móviles a ambos lados de la cara-. El ruidito ese no para de sonar. Yo, al menos, conservo aún mi acordeón. Me monto cada día en el tren buscando a alguien como usted, alguien que todavía pueda escuchar mi música. Intento ser yo, pero cada día soy más ellos, parte de la masa. Ya no recuerdo mi nombre, ni el de mi esposa, solo el de mi madre, que murió hace muchos años. Se llamaba Elena, bonito, ¿verdad? A mí me suena mejor que cualquiera de mis melodías. Yo ya no disfruto cuando hago el amor con mi mujer, ¿usted sí?
-¿Qué dice? Mire, me bajo ya.
Pasé delante de él y de otros tantos como él, apartándolos a codazos, quise salir de allí, huir lejos, llegar a casa y verme en el espejo y descubrirme a mí mismo en el reflejo. Temía que sus palabras fueran ciertas, que no existieran los individuos, que fuese ya un colectivo. Sostuve con fuerza mi maletín y conseguí bajar del vagón en Metropolitano.

Cuando se cerraron las puertas, oí en el andén un ruido muy cercano, tan cercano, que provenía de mí mismo. Era el sonido de un teléfono móvil.

V

jueves, 1 de marzo de 2012

El amor en el siglo XX

"No existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallo del hombre." (Andrew Bonar Law)

Inglaterra, agosto de 1940.

Lo cierto es que los criados parecían aquella mañana más nerviosos de lo que yo misma estaba.
Iban de aquí para allá, escaleras arriba, escaleras abajo. No pasaba ni medio minuto entre dama y dama de mi confianza, que entraba para enseñarme tal o cual vestido. Todos me parecían iguales, preciosos sí, pero asfixiantes también. Finalmente me decanté por uno escarlata, únicamente por que me dejaran sola durante un breve espacio de tiempo. Dejé el vestido sobre la cama y me dirigí al ventanal de mi habitación, que daba al jardín, a nuestro hermoso jardín.
Observé a John, el jardinero, cortando algunas hojas secas, él era el único que no me llamaba lady Lepselter, sino simplemente Alice, especialmente cuando jugaba a quitarme la ropa.
Apoyé la cabeza en el cristal, el frío de la ventana me ayudaba a aclarar las ideas.

Aquella tarde se celebraba mi pedida de mano, con un hombre que traería muchos beneficios económicos a mi familia, además era apuesto, culto y me hacía reír. No tenía de qué quejarme, mis padres habían hecho la mejor de las elecciones, salvo por el hecho de que aquel hombre no era mi John. Además yo no estaba dispuesta a vivir toda una vida encorsetada, teniendo como único entretenimiento un piano y una laberíntica biblioteca.
La gente del campo me envidiaba, yo les envidiaba a ellos. Necesitaba mantener la mente ocupada, me daba igual tener que ensuciarme las manos. Paradójicamente los momentos más felices de mi vida los había pasado durante el transcurso de la Guerra civil española, cuando había trabajado como enfermera ayudando a los republicanos españoles que habían caído en manos de los franquistas. Me había sentido útil por primera vez.
Pero aquellos meses de 1937 ya habían pasado, la guerra había acabado, y yo había vuelto a Inglaterra junto a mi familia y la monotonía de la casa.
Golpearon la puerta.
-Adelante.
-Señorita Lepselter, ¿está ya lista?
-Sí, ya bajo, Edgar.
Volví a asomarme por la ventana, una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla. John estaba mirando. Lo saludé con la mano. Me devolvió el gesto, parecía preocupado.

...

Tiré las herramientas al suelo sin pensar. Salí corriendo hacia la casa y subí las escaleras de dos en dos. Siempre había pensado que lo mejor era dejarla con su vida acomodada, pudiendo gozar de un futuro que yo nunca podría otorgarla, pero había esperado hasta el último segundo y aun así, ella seguía derramando lágrimas, moviéndose como un espectro por las habitaciones, sin apenas probar bocado, lamentándose de su desdicha. 

Edgar me observó anonadado desde el pasillo, me gritó, intuyendo mi acción, pero lo ignoré e irrumpí en la habitación de Alice. Casi me estampé contra ella, su rostro estaba a menos de diez centímetros. Había llegado en el momento exacto, tenía pensado salir y hacer frente a lo que su deber la exigía.

La escasa distancia me hizo perder el sentido. La besé en los labios sin poder contenerme. Cerré la puerta con el pie derecho, mientras sus hábiles dedos tomaban cartas en el asunto y se dedicaban ya a arrancar como podían mi uniforme de jardinero. La tomé por la cintura y la acorralé al precipitarla contra la pared.
Me pregunté si no le molestaría mi hedor a sudor, pero ella no mencionaba palabra alguna, sus manos me tomaban por el cuello y se enredaban en mi pelo con ansia y cierta desesperación.
Aparté sus labios de los míos y la miré a los ojos. Tenía la mirada triste.
-John, te amo.
-Te quiero muchísimo, Alice.
Volví a besarla, primero los labios, después el cuello. Saltó sobre mí y me rodeó con sus piernas. La quité el vestido, ahora inundado yo también de esa misma desesperación, y la dirigí en volandas hacia la cama. Quedaba poco para que su cuerpo y el mío se fundiesen en uno solo cuando Alice me hizo frenar.
-¿Qué sucede? ¿Estás bien?
-John, me están esperando abajo...
-¿No quieres hacer esto? Pensé que...
-Chsst -me silenció y me dedicó un breve beso-. Marchémonos, vayámonos de aquí.

...

Alice y John nunca estarían juntos. Aquel soleado 24 de agosto de 1940 los aviones alemanes bombardearían el puerto de Londres, justo cuando ambos se preparaban para tomar un barco con rumbo a un nuevo futuro en el país vecino, Irlanda, y así poner fin a sus antiguas vidas.
Los alemanes pedirían perdón por el ataque, mientras, Churchill sacaría partido de la situación, decantándose por atacar Berlín. El pueblo de Inglaterra se lo agradeció.

Pero ningún país recordó a Alice o a John.

V