Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 26 de abril de 2012

Locura

"La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma." (Goethe)

-Pasa, pasa. Ya sabes, arriba, la primera puerta a la derecha.
Entré al vestíbulo y subí las escaleras de la casa; giré a la derecha y entré en la habitación. Mi amigo tenía sobre las paredes algunos pósteres de deportistas, una esvástica y cientos de fotos con su familia. Siempre que entraba en su habitación me quedaba anonadado con todos esos rostros en blanco y negro, todos aquellos lugares que mi amigo había visitado.
-¿Ya estás mirando las fotos?
-¿Qué quieres que le haga?
Se rió.
-Bueno, ¿estás preparado? -me preguntó.
-¡Estoy deseándolo! -respondí, ansioso.
Se me había olvidado describir una cosa y es que, al lado de una diminuta cama, mi amigo tenía un gigantesco piano de cola. Sí, en su habitación, puede resultar extraño, pero así era.
Arrimó el taburete y empezó a tocar...

-Oh Dios mío, ¿era Wagner? -inquirí.
-Sabes más de música que yo mismo.
-No exageres. ¡Es Wagner!
-Lo que tú digas. Bueno, un trato es un trato, ¿qué tienes para mí?
-Pon esto.
Lo puso. Un violín. Pareció sorprendido... Le gustaba, le gustaba mucho.
De fondo oí golpes en una puerta, mi amigo hizo un gesto con la mano, como para que los ignorase y cerró los ojos, dejándose llevar por la melodía.

La música acabó.
-¿Qué era eso?
-Ése era Bronisław Huberman; tocando a Beethoven, eso sí.
-No.
-Sí.
-¿Estás loco? ¡Es un jodido judío!
-¿Judío?
-Sí, judío. ¿Cómo se te ocurre? ¿De dónde lo has sacado? ¿Por qué no lo has quemado? ¡Dios mío, vete! ¡Vete!
-Oigo golpes -alguien seguía golpeando con los puños sobre una puerta- ¿No los oyes? ¡Golpes!

-¡¡¡¡Aaaaaaahhhhhhhh!!!!

-¿Qué es eso? ¡Viene de arriba! -le dije, asustado. 
-¡Espera!
Subí las escaleras que conducían a la buhardilla corriendo, mi amigo me seguía. Arriba había una puerta con una llave introducida en la cerradura, detrás de la puerta, los gritos histéricos de una mujer que golpeaban la madera con desesperación.
Me entró miedo, pero decidí abrir.
Mi amigo gritó "¡nooo!", pero ya era tarde.
Una mujer de unos treinta y tantos años se echó sobre mis brazos, llorando. "Socorro, me dijo, ayúdame".
La había visto en alguna parte, su cara me sonaba... En las fotos, las fotos del cuarto... Aquella mujer era la madre de mi amigo.
-Erwin -me llamó él-, ¿qué has hecho? Vamos, ayúdame, vuelve a meterla en la habitación.
-Pero... pero... no entiendo... ¡es tu madre!
-Ella ya no es mi madre, ¿no lo entiendes? ¡Está loca! ¡Es una puta! 
La mujer me abrazó más fuerte, sus brazos eran prácticamente huesos y un poco de piel. En las fotos aparecía tan hermosa...
-Yo creía que tu madre estaba enferma.
-Y lo está, ¿no te das cuenta? Mi padre y yo ya no sabíamos qué hacer con ella. Un día la pegó, pero siguió sin servir de nada, es una blasfema, no cree en la nación. Podríamos haber dicho algo... pero era como manchar la pureza de sangre de nuestra familia, por eso la dejamos encerrada en la buhardilla. Por favor, no digas nada...
-Tú eres el que está loco, ¡es tu madre!
-No vuelvas a decir eso. Venga, ayúdame, no dejes que se siga restregando contra ti.

Me puse delante de ella.
-No la vas a tocar.
-¿Has perdido el juicio? ¿Primero música judía y ahora esto? ¿Es que acaso no respetas a tu führer?
-Pero esto... esto es inhumano.
-Piensa en Alemania.
-Yo...

-¡¡Corre!! -grité a la mujer, no muy seguro de que fuera capaz de moverse.
-¡Maldito cabrón! -oí a mi amigo, mientras yo bajaba apresuradamente las escaleras arrastrando a su madre del brazo.
Teníamos un poco de ventaja. Mi amigo debía haberse entretenido con algo... 

Había cogido la escopeta.
Corrí por el vestíbulo, mientras mi amigo bajaba a todo correr las escaleras. Su madre se dejaba llevar, parecía que se le había olvidado caminar. Se me revolvió el estómago solo de pensar cuánto tiempo llevaría allí encerrada. Teníamos que salir de allí, quedaba poco...
Por fin abrí la puerta de la entrada, entonces mi cabeza chocó contra el cuerpo de un hombre robusto.
-Heil Hitler! -nos saludó. 
Era el padre de mi amigo.

V

domingo, 15 de abril de 2012

Tú no eres yo

"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor." (Samuel Beckett)

-Tú no eres yo.
-Lo sé. Ojalá lo fuera.
-Ser tú tampoco está tan mal.
-No sé, a mí no me gusta.
-Es interesante.
-Puede, pero para nada divertido.
-Debe ser complicado...
-Desgarra el alma.
-¿Has pensado en el suicidio?
-Sí.
-Pero no lo harás.
-No.
-¿Por qué?
-No lo sé.
-¿Esperanza?
-Quizá.
-Entiendo.
-No entiendes.
-Ah, ¿no?
-No.
-¿Por qué?
-Porque tú no eres yo.

V

lunes, 9 de abril de 2012

La biblioteca

"Lo único que lamento es que nunca tendré tiempo para leer todos los libros que quiero leer." (Françoise Sagan)

No podía negárselo más, estaba nervioso, era un hecho. 
Llevaba esperando aquel momento desde que tenía cinco años, desde que iba al pueblo en verano y su abuelo le dormía contándole cuentos, desde el mismo instante en que el anciano medió palabra acerca de aquel lugar de fantasía, recuerdos, historia, filosofía y ciencia.

Ahora los dedos de un Daniel adolescente temblaban de emoción al imaginarse penetrando las inmensas puertas de aquella casa, justo al lado del comedor. Siglos y siglos de sabiduría quedaban concentrados en esas cuatro paredes y eso se notaba en el ambiente, el olor se impregnaba en todas las maderas que formaban el resto del edificio.

Su abuelo se acercó, los años le habían tratado bien en su interior, pero de las canas y las arrugas no se libra nadie, ni siquiera él.
-¿Estás preparado? -le preguntó.
-Siempre lo he estado.
El anciano sonrió e introdujo la llave en la cerradura.

Es extraño descubrir algo en la realidad de lo que ya tenemos miles de imágenes en la imaginación. 
Daniel se había construido en la mente aquella biblioteca de múltiples maneras. Normalmente estaba formada por largas estanterías, algunas veces apiladas paralelamente, otras con forma de caracol, pero siempre eran libros antiguos, de tonos rojos, verdes y azules. La realidad no era menos sorprendente, de hecho, lo era más, al fin y al cabo era real, pero los libros no eran antiguos, había de todo, las ediciones eran múltiples y los colores también.

Creo que Daniel no tendría palabras para expresar lo magnífico de aquello, así que yo tampoco lo intentaré.
Los libros se viven, no se cuentan, porque para ello ya están sus páginas.

Aquella tarde Daniel cogió un libro... el primero de muchos; el último de tantos otros que hasta entonces había leído.

V