Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 21 de junio de 2012

El próximo tren

"Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte es un deber." (Voltaire)

Tenía una obsesión. Cada vez que se montaba en el tren, era incapaz de evitar el sentarse al lado de alguien que estuviese leyendo. Ella misma también sacaba un libro y se ponía a leer, pero no todo el tiempo, a ratos solo fingía y lo que hacía era fijarse en lo que la otra persona leía.
Si era de aventuras, gustaba de imaginarse al otro como un auténtico Phileas Fogg; si era de misterio, estaba ante Sherlock Holmes; romance, Elizabeth Bennet; fantasía, Gollum, y así un largo etcétera.
Se fijaba en sus gestos, en cómo pasaban las páginas, y hasta en su forma de vestirse; también contaba cuántas veces levantaban la vista del libro, y por el número, deducía si lo que leían les atrapaba o no.
Alguna vez su mirada descarada le valía para entrar en contacto con el otro lector, quien normalmente le preguntaba qué leía ella, pero la conversación casi nunca llegaba a mayores.
Quizá por ello lo de cierta ocasión, la asombreció extremadamente.

Aquel día ella no se encontraba en su casa, el vagón, si no en los jardines de la misma, el andén. A su lado, un hombre, unos tres años más joven que ella, leía un libro. Para no faltar a la costumbre, la muchacha se sentó a su lado. Desplegó su A través del espejo y lo que Alicia encontró allí e hizo lo propio, ir al País de las Maravillas y volver al País de la Realidad en cuanto tuvo ocasión de asomarse a lo que el hombre misterioso (no le conocía, por eso era un misterio) leía.
Se trataba de La pianista, de Elfriede Jelinek. Ella no lo había leído, pero a juzgar por el semblante del hombre, estaba en un instante algo subidito de tono, nada que ver con Alicia. Se encontraba en las últimas páginas de la historia.
A ella le encantaba ese momento, cuando el lector acaba, cierra el libro y lo deja por cualquier lado, sin prestarle más atención que la que ya le ha dedicado al leer todas sus páginas; o bien, vuelve atrás, buscando un momento que le interesó más que el resto; o lo cierra, pero lo mantiene en las manos y se queda pensativo... Lo cual era lo que a ella más le gustaba, por ello, cuando esto último sucedía, apuntaba el título mentalmente y se prometía leerlo más adelante.
Solo esperaba que el tren de aquel hombre no llegase lo suficientemente pronto como para no poder ver su expresión tras finalizarlo. Por suerte, no llegó, y ella dejó pasar el suyo.
Él acabó el libro, no volvió atrás las páginas, pero tampoco lo soltó dentro de su mochila. Lo sostuvo entre las manos. La pianista, pensó ella. Al chico no se le veía el rostro, miraba fijamente el libro, su cubierta, pero su mente no estaba en ella.
Ella no paraba de preguntarse en qué pensaría él y por unos segundos odió no haber leído antes el libro, para intentar imaginarse sobre qué vacilaba. Entonces él apartó la vista del libro y la miró a ella, fijamente.
El chico tenía un ojo verde y otro azul. Era una mirada severa, pero cargada de emoción.
Se levantó y ella, víctima de un presagio, se levantó también.
Él avanzó y avanzó en dirección a un tren inexistente, hasta dejar volar su pie izquierdo por encima de las vías. Ella, aterrada, lo sostuvo del brazo. El libro cayó, el próximo tren se lo llevó. Y él la besó.

 

La besó como en los libros, con los ojos en lágrimas y las manos sosteniéndole el rostro, sediento, pero no de amor, sino de comprensión, entreabriendo la boca en cada nuevo beso, casi jadeando. Y ella se dejó llevar por ese alma triste, mientras continuaba sosteniéndolo con fuerza.
Lo sintió débil, parecía más joven aún de lo que se había imaginado... Pensó en él escapando de una casa en la que nadie le quería, de un instituto en el que sus compañeros se burlaban de sus gustos, de una niñata que le había roto el corazón... la primera vez que se lo rompían.
Cuando sus labios se despegaron, él solo dijo "gracias", ella solo "gracias a ti".
Y sus mundos volvieron a separarse. 
Ella marchó con la seguridad de que él no se intentaría suicidar nuevamente.

Al día siguiente, él se pondría a leer A través del espejo y lo que Alicia encontró allí con una sonrisa tan grande como la del gato del cuento.
Ella empezaría La pianista pensando en aquellos ojos verdes y azules.

La próxima semana, le tocaría a él salvarla a ella.

V

4 comentarios:

  1. En estas horas intempestivas, me ha gustado el relato. Sobre todo el final, que enlaza con el principio como si de un vals se tratara.

    En fin, espero que nos encontremos en un andén alguna vez, pero sin instintos suicidas (por muy románticos que puedan ser con la trama adecuada).

    Un abrazo

    Paramédico

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  2. Quisiera ver esta magia, vivirla, transmitirla. Esta magia de la que escribes, y que se esfuerza en ocultarse de la vista de mi alma.

    Gracias por compartir tu relato. Como siempre, es un placer absoluto el leerte.

    Tk care

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  3. Toda la primera parte hasta que describes como ella se comporta con el chico tres años menor, me trasporto a diversas escenas que he hecho por curiosidad, algunas estúpidas, otras muy divertidas o esclarecedoras. En cuanto al vuelco que tomo la historia, me agarro por sorpresa, creo que es lo que menos esperaba, aunque fue un cálido momento. Un agrado leerte nuevamente.
    "Hubo una vez un chico que espero tras de la puerta, ahora se a comparado un piso en el edificio de en frente y cada mañana antes de ir a la facultad escribe algo y lo pega en la ventana que da a la habitación que algunas veces observa", ^^
    cuídate mucho, un beso.
    Leonard

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  4. Me gusto... el beso puede ser una forma dulce de invitacion a conocer el corazon del otro...

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