Llegar a la música por el camino de las palabras...

domingo, 22 de julio de 2012

Y ahora que había hallado un poco de paz, tenían que llegar ellos

"Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo." (Julio Cortázar)

Me tienen ya hasta los cojones, sí, cojones, he dicho, y no me importaría repetirlo, de verdad que no, pues estoy más que harto de la herencia católica que recibí, a quién le importa ahora la caridad cristiana, no lo sé, pero a ellos no, desde luego, por algo me siguen, por algo me persiguen, parezco un judío entre fascistas, pero no lo soy, no, yo no, y ellos tampoco, yo solo soy yo, por eso no lo entiendo, parece mentira que ser diferente todavía importe tanto, yo no elegí el lugar en el que quería nacer, simplemente me tocó, a mí, y a otros muchos como yo, pero no a ellos, quizá por eso no lo comprenden, quizá por eso me persiguen, pero, oh, vamos, yo no quería quedarme con sus puestos de trabajo, las máquinas lo sustituyen todo ahora y a ellas no las siguen, no, a ellas no, claro, porque son máquinas, pero a mí sí, ¿no pueden dejarme tranquilo?, yo tampoco he tenido una vida fácil, y ahora que había hallado un poco de paz, tenían que llegar ellos, a joderlo todo, por eso huyo, aunque no sé a dónde, solo me alejo, tengo miedo, sé que si me alcanzan me golpearán, me abofetearán, me zurrarán, y la sangre correrá, su fluido rojo rociará las calles, descenderá por mi cuerpo hasta alcanzar el suelo y entonces, se deslizará por las aceras, y nadie preguntará, porque a nadie le importa, y a nadie le importo, pero eso ya me da igual, llevo mucho tiempo desconfiando de los demás, ¿dónde quedó la palabra del Señor y aquello de "ama al prójimo"?, no creo que Dios estuviese sentado en el sofá frente al televisor viendo un reality cuando proclamó ese mandamiento, sería un poco absurdo, demasiado absurdo, en verdad, por eso decía que estaba harto, cansado de ellos, de los que me siguen, pero también de arrodillarme frente a la figura de Jesús los domingos por la mañana, tendría que haber hecho caso a mi tía, la anabaptista, y olvidarme de las imágenes, pero, oh, la Santa Iglesia, qué influencia, no puedo más, estoy agotado y la calle es larga, me giro y les veo, nunca se cansan, doblo otra esquina y a los veinte segundos ahí vuelven a estar, no sé qué esperan de mí, yo no soy nadie, no llamaré a la policía, ni siquiera si al final me alcanzan y deciden desabrocharse la bragueta para aliviarse conmigo, no, yo no diré nada, ni siquiera gritaré, pero que me dejen vivo, aún soy joven, y todavía me queda tiempo, para cambiar las cosas, para conseguir que alguien me recuerde, ya casi están aquí, sus piernas son más largas, encontrar a una persona, solo pido eso, una, no más, por eso vuelvo a tomar aire, una vez más, y doblo otra esquina, en otra calle, y corro, y corro, y corro...

V

viernes, 6 de julio de 2012

El dragón

"Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones." (Marcel Proust)

Salí a dar un pequeño paseo con mi mujer y mi hijo pequeño por las calles de nuestro modesto pueblo. Era algo que acostumbrábamos a hacer los domingos por la tarde, un pequeño respiro en nuestras ajetreadas vidas, un instante familiar. Las calles eran las mismas de siempre, las que me llevaban cobijando durante toda una vida, las que me habían visto crecer; al igual que sus gentes. Pero últimamente nuestro pequeño pueblo se había convertido en lugar de cierto interés. A él acudían personas de otra época, seres a los que una sonrisa les invadía el rostro al encontrarse las chimeneas encendidas. Y la verdad era que hasta a mí mismo el olor a madera quemada me parecía mágico, a la par que antiguo.

Estábamos, pues, caminando por una de tantas empinadas calles, cuando mi mujer se encontró con un compañero de la facultad. Se saludaron y ambos empezaron a hablar de otros tiempos, entusiasmados. Mientras, yo le hacía pucheros a mi hijo, imitándole, y evitando la risa. La conversación no iba conmigo. 
Al cabo de cinco minutos, mi mujer se dio cuenta de que no nos había presentado, y utilizó, pidiendo perdón, la fórmula de cortesía. “Roberto, este es mi marido”, y él estrechó mi mano a modo de saludo. Sus manos tenían una textura arrugada, parecían las manos de una persona que había dedicado su vida al trabajo. El apretón me llevó a otro momento, a un recuerdo, aunque no sabía a ciencia cierta a cuál. Algo lejos de allí, a un yo no más yo que el que ahora era. Un yo tan feliz como el de ahora, lo cual era extraño, dado que recientemente había encontrado la felicidad en mi hijo, pero antes de él, llevaba treinta años con la felicidad perdida.

El recuerdo de no sabía qué fue como una sacudida, de cabeza a pies y de pies a cabeza, logró emocionarme y bañarme los ojos en lágrimas. Resultaba tan absurdo... Esas manos, ¿las había estrechado antes? Aquellos treinta años de inseguridad desaparecieron, se desvanecieron de mi interior de un plumazo, ya no había dolor, ni nostalgia de un tiempo pasado. Pero, ¿por qué? ¿Quién era ese señor? ¿Qué hacía en nuestro pueblo? ¿De qué me sonaba? Y, ¿por qué? ¿Por qué sus manos me daban una felicidad, distinta a la actual, una felicidad que creía perdida? Intenté esforzarme por volver atrás, busqué en mi memoria, en ella tenía que haber algo, un hueco que me había esforzado por ir tapando con el transcurso de los años, un agujero en el que ahora este señor había excavado y había logrado vaciar de tierra, volcándome al pasado.

Sus manos rugosas y un anillo de plata ondeándole el dedo índice... y entonces el recuerdo vino a mí. Un día de risas en la playa de la Fossa, tenía yo once años y estaba con Joel, mi mejor amigo. Hacía ya treinta y dos años de aquello. Lo evoco como un día increíble, jugamos con la arena y el agua del mar durante horas y horas. Nuestras familias se llevaban muy bien por aquel entonces, no solo veraneaban juntas, sino que también comíamos unidos en la playa muy a menudo. Ahora me viene a la mente el sabor de aquella tortilla que preparaba mi madre... Para chuparse los dedos. Joel y yo nos sentábamos en una misma toalla y lo devorábamos todo sin parar de hablar. Lo cierto es que ignoro cómo éramos capaces de comer y charlar tanto al mismo tiempo. 
Aquel día, por la noche, con motivo de las fiestas de Calpe, había fuegos artificiales en la playa vecina, la del Arenal-Bol. Mientras nuestras familias esperaban tumbadas en la arena a que los fuegos comenzasen, Joel y yo aprovechamos para mirar los puestos que había por el paseo marítimo. Yo me quedé embobado viendo cómo un señor daba forma a unas figuritas de madera con una pequeña máquina y una asombrosa habilidad. Cuando quise darme la vuelta, Joel ya no estaba a mi lado.

Empecé a buscarle entre los demás puestos, pero no había rastro de él. Finalmente soltaron los dos primeros explosivos, que avisaban del comienzo de los fuegos, y me dirigí corriendo a la playa, donde estaban nuestras familias. A los cinco siguientes minutos apareció Joel, le pregunté dónde se había metido, y me enseñó su dedo pulgar a modo de respuesta, se había comprado un anillo de plata con la forma de, lo que me pareció era, un dragón, un dragón muy abstracto. Después Joel me preguntaría cómo podía ver un dragón ahí.

Joel moriría dos años más tarde en un accidente de tráfico, junto a su padre. Y yo no volvería a ver más a su familia. Creo que se fueron, a otra ciudad, a otro país, no lo sé, mis padres no hablaban del tema, sabían que me dolía demasiado. Joel lo había sido todo para mí, mi compañero de juegos, mi confidente, mi hermano. No volví a hablar de Joel, quizá por miedo, quizá porque no quería creérmelo, no lo sé. Hice de Joel una fantasía, un sueño, una pesadilla. Y ahora esa pesadilla había vuelto a mí.

Roberto y mi mujer me miraban. “Joel”, susurré, y a Roberto se le empalideció el rostro, “¿cómo has dicho? ¿Conoces a Joel?” “Joel, ¿eres tú?”, le pregunté. “No, Joel era mi hermano”. Y de súbito, como si la caja de Pandora se hubiese abierto, vinieron a mí un huracán de recuerdos, de aquellos doce años con Joel: el intercambio de cromos, las aguadillas en la piscina, los tirones de orejas, las carreras por lograr ser los más rápidos del mundo, las subidas al monte en bicicleta... todo. Y todo provenía de aquello que se había quedado encerrado en la caja, la esperanza, el anillo, el anillo que ahora llevaba Roberto en su dedo índice, el que ahora había rozado mis manos en un repentino saludo, el que una vez llevó el pequeño pulgar de un pequeño Joel. El eternamente pequeño Joel, el que permanecería encerrado por los siglos de los siglos en un anillo con forma de dragón, o de lo que fuera.

V