Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 20 de septiembre de 2012

¡Bang!

"No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará." (Gustave Flaubert)

Llegó el día, el penúltimo de septiembre. Doce meses atrás, de lo único que Jaime se tenía que preocupar era de ayudar a su madre con las compras para la fiesta de cumpleaños. Pero el día de hoy era muy diferente, Jaime cumplía 18. Se había vestido para la ocasión como todos: con un traje de color navy (para él simplemente azul).
Un batallón de jóvenes que cumplían ese día la misma edad, discurrían por el pabellón que el gobierno había construido para darles su propia felicitación: ésta sin chuletillas de cordero, ni golosinas, ni globos de colores. Los muchachos estaban mudos y muchos temblaban, aunque apretaban las manos en un puño para disimular el miedo. Las chicas llevaban el pelo recogido en un perfecto moño; mientras que ellos habían aplastado su cabello rebelde con la ayuda de la gomina, y se lo habían peinado con la raya a un lado, el derecho.

Jaime no tenía miedo, al menos no de momento. "El miedo es una pérdida de tiempo", le había dicho su padre la noche anterior, y llevaba razón. Si no había tenido miedo antes, ¿por qué tenerlo ahora? Una noche sin estrellas le había prestado su Beretta 92. Por supuesto, Jaime no disparó, pero aprendió a utilizarla; podría ser más rápido que su adversario... si se topaba con uno.
Había vivido 18 años bajo amenaza de muerte. Ahora él también podría amenazar.

Jaime no recordaba cuándo el gobierno había tomado aquella decisión, aquella extraña forma de atar en corto al pueblo, de mantener el orden y el caos, la paz y la guerra; apenas tenía dos años cuando todo se llevó acabo. El caso era que en la actualidad, a cualquier ciudadano que no tuviese una deficiencia mental o psíquica, se le entregaba una pistola a la mayoría de edad con una única bala. La bala se podía usar con cualquier persona y en cualquier momento, pero no más, no podías robarle el arma a otro (decían que detectaba las huellas dactilares) ni recargarla. Si disparabas... ¿quién te decía a ti que no vendría el hermano, el tío o el vecino del quinto a vengarse? 
Nadie.

Quizá por eso se creyó que no habría nadie lo suficientemente idiota como para disparar, iba pensando Jaime, mientras la fila de jóvenes se encogía delante de él. El gobierno estaba formado por una completa panda de imbéciles que intentaban imitar de la peor de las formas al estadounidense.
-¿Sabes usar una pistola? -le preguntó en un susurro el chico de delante, de grandes dientes.
-Sí, mi padre me ha enseñado. Por si acaso, nunca se sabe.
-Yo no sé disparar... 
-No te preocupes -ya les iba a tocar-. ¿Acaso quieres utilizarla ya?
-No, no... nunca.
Jaime asintió en silencio. Las personas eran buenas por naturaleza.

-¡Ernesto Villanueva! -gritó el jefe.
El chico que iba antes de Jaime cerró la boca, ocultando sus enormes incisivos y se puso realmente serio. Un hombre vestido de negro, la indumentaria de la clase dominante, le entregó el arma. Ernesto la agarró, sin querer, por el gatillo.
¡Bang!, sonó.

Y el caos comenzó.

V

2 comentarios:

  1. tus relatos me encantan, aunque como única queja, debo decir que me gustaría poder leer una parte mas de cada uno de ellos, o quizás escenas mas extensas.

    ..la belleza se muestra de muchas formas, para mi, aquí esta presente...
    PD: recuerdo hubo una vez un blog vuestro que fue cancelado por entregar mucho de ti misma, de tu vida, deseabas mantener algunas cosas en secreto. ¿Quisiera saber como estas?, ¿Que haces?...espero estés logrando los sueños que anhelabas.
    un beso, preciosa.

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  2. Los relatos así me ponen la piel de gallina. Sobre todo por la tensión que se recrea con cada hecho, que bien podría pasar en estos momentos.

    Un beso, bonita.

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