Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 29 de noviembre de 2012

Utopía

"¿No es acaso injusta e ingrata una sociedad que prodiga tanto obsequio a esos que llaman nobles, y a los orfebres demás congéneres, gente ociosa que vive tan sólo de la adulación y de fomentar vanos placeres? En cambio, ¿qué benévolas prevenciones se hacen a favor de labradores, carboneros, braceros, carreteros y carpinteros, sin los cuales sería imposible que subsistiera el Estado? Porque, una vez que han consumido su edad viril en el trabajo […] se les paga, desgraciadamente, con la más mísera de las muertes." (Tomás Moro)

Cuenta la historia de un marino que, en los primeros viajes a América, le expulsó su propia tripulación de la nave en la que naufragaban. Le arrojaron a la mar en un bote con su ropaje de noche y el libro que se hallaba leyendo segundos antes en el lecho: Utopía.

Con Tomás Moro como única compañía, perdido en el Atlántico, dejó que el oleaje le guiara a su antojo. Así, durante dos días y dos noches, el marino devoró las líneas del pensador inglés al alba y la bóveda celeste al ocaso. Delirando por la sed y el hambre pisó tierra al tercer día en una isla de no sabía dónde. Unos seres un tanto harapientos se lo llevaron a una cabaña y allí diéronle de beber vino y, de comer, pescado fresco.

El marino no paraba de repetir "la más mísera de las muertes", "la más mísera de las muertes"... hasta que finalmente, cayó inconsciente.

...

"Tendremos que llevarle a Amaurota".
"Esperemos un poco, quizá mejore pronto".
-¿Dónde estoy?
"Cielos, ha despertado".
"Tranquilo, joven, estáis a salvo en nuestra isla".
-¿Qué isla? -el navegante abrió los ojos- Me suena Amaurota, ¿dónde estoy?
Eran las mismas personas que le habían dado el vino, tenían rostros afables y, a pesar de sus ropas, un aspecto saludable.
"Amaurota es la capital de nuestra isla. Estás en Utopía".
-Utopía... no puede ser. ¿Quiénes sois?
"Mi nombre es Rafael".
El navegante se incorporó en la camilla que le habían preparado. No podía estar sucediendo, Utopía no existía, era solo una invención de Moro, una gran invención. Rafael... Rafael Hitlodeo se llamaba el supuesto explorador que le había hablado a Moro de la isla. Mas Rafael no existía.
-¿Sois Rafael Hitlodeo?
"¿Cómo sabe mi nombre? ¿Se lo habéis dicho?"
"No, yo no..." 
"Debemos haber navegado juntos. ¿Habéis naufragado vos con Vespucio?"
-¿Américo Vespucio?
"¿Quién si no?"
-No, no.
"¿Con Colón, quizá?"
-¡Ojalá!
"Entonces, ¿de qué me conocéis?
-De... de... soy amigo de Moro.
"¿De qué moro?"
-Diantres, es cierto, aún no se conocen... Oh, nada, pensé que lo conocíais, navegó con vos y Colón, supongo que no puede recordar cada nombre...
"Sé perfectamente con quiénes he navegado".
-Podéis creerme o no. Ahora que lo pienso, poco importa. Estoy seguro de que he muerto.
"Pues yo os veo muy vivo".
-Mas he muerto.
"Creo que habéis perdido la cordura, tragasteis mucho agua... pero en algo estoy de acuerdo con vos, si el paraíso existe, debe ser muy parecido a esto. Aquí no tenemos propiedad privada, trabajamos seis horas al día (¡las mujeres también!), dormimos ocho y el resto las dedicamos a pensar, leer, a la música... Hay libertad religiosa y la paz reina en cada uno de nuestros hogares. Veréis, yo llegué aquí al desviarme de la tripulación de Vespucio junto a otros tripulantes y llevo en esta comunidad tres años ya. Y es real, os aseguro que es lo más cierto que me ha sucedido nunca."
-Y os quedan otros dos. Puede que llevéis razón, pero yo os he leído, también estoy seguro de ello y vuestro nombre pasará a la historia gracias a Tomás Moro, él no es un navegante, es escritor, y vos seréis protagonista de la obra que lleve por nombre el de esta isla. El lenguaje es el mundo y los libros, las letras, el significado... el sentido; es lo que permanece... vos permaneceréis, Rafael Hitlodeo, gran navegante, que llegó al Nuevo Mundo cuatro veces.
"¿Cómo sabéis cuántas veces...?"
-Lo leí.
"Entonces es cierto..."
-Lo es.
"Llegados a este punto creo que debo advertiros de que estamos juntos en esto, pues sobre vos también están escribiendo ahora mismo, seáis quién seáis, marino".

V

jueves, 22 de noviembre de 2012

El primer oficio del mundo

"Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada." (Victor Hugo)

-Señor, bendice a esta joven criatura y a la que lleva en su vientre; condúcelas por el camino del bien y la senda del amor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén -corearon algunos.

-¡Pero si es una puta, Padre, se ha vuelto loco! -gritó un hombre entre la multitud.
-También así lo vi yo al principio -dijo el cura con voz clara desde el púlpito-, como mujer que vende su cuerpo; y al niño, como fruto del pecado. ¡Mas no blasfeméis de esta manera! Con la mente despejada que confiere la primera hora de la mañana, discerní que no podía separar a esta mujer de su hijo; es más, ni siquiera ordenaré el cierre del burdel. ¿Qué conseguiría con ello, mis queridos feligreses? Probablemente que las muchachas se convirtieran en ladronas. ¿Y los hombres dejarían de pecar? Lo dudo, y perdóneme Dios si me equivoco, pero o yerro mucho, o no creo que recordasen los votos del matrimonio solo por el hecho de cerrar la casa del pecado.
No quiero incrementar el delito en este pueblo y, por supuesto, tampoco deseo que acabemos viviendo en Sodoma y Gomorra, pero esta mujer es hija de Dios y como tal he creído que lo mejor será que sigamos acogiéndola en nuestros brazos; su pecado no debe ser penitencia del hijo que espera.

La multitud calló, reflexiva. Parecía que la mayoría entendía que el remedio podría ser peor que la enfermedad. No obstante, algunas mujeres cuchicheaban. A ellas, no sin falta de razón, les preocupaba más que a los varones el que era considerado el primer oficio del mundo.

Mientras, la prostituta se había emocionado ante las palabras del cura. Cómo iba a pensar ella que la mayor piedad la obtendría de la Iglesia, de aquellos seres que creían en un Dios en el que ella, por cómo le había tratado la vida, era incapaz de creer. Por unos minutos deseó que fuera Dios y no el párroco el que fijara su mirada en ella y le inundase de fe. Mas la fe, por gloria o por desgracia, no llega así a nosotros.

Quizá la mujer no halló nunca la fe en Dios, pero sin duda alguna, la halló en la humanidad.

V

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Matar o morir

"Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen." (Ernest Hemingway)

Cinco de nuestros compañeros griegos han caído. Solo quedamos Abelardo y yo. Mi vida, tengo que dejarte... mereces ser feliz con otro y en otra parte. Creo que ya nunca volveré a ser el mismo. Cuando el crepúsculo sale, mis ojos creen que es sangre lo que están viendo. Lo infinito a lo que antes llamábamos cielo, para mí ahora es muerte. Me estoy volviendo loco. Mi corazón late desbocado a cada instante sin necesidad de ver tus labios. Si aún me amas, de veras, márchate, te lo suplico.

Mas no soy capaz de escribirte las palabras que sentencien nuestro final. Tengo miedo. Menos mal que Abelardo sigue conmigo, su alma es tan pura... Me enseñó a ser todo lo que soy y aún considero no ser ni la mitad de lo que él es. Tiene fuerza, valor y honor. Oh, querida, no estés triste por mí, la locura de la guerra me ciega, pero mientras Abelardo siga a mi lado, la tristeza no calará en mi alma. Solo me apena no volver a ver por última vez tu rostro, recrearme en tus ojos, que eran como el cielo que jamás ha visto batalla.

A veces ya hasta dudo de quién es el enemigo, a mis sentidos parecen todos iguales, hombres fuertes con lanzas y flechas. Probablemente en la noche también porten plumas en vez de armas. Últimamente acostumbro a pensar que será la ociosidad la que acabe conmigo si no se rinde un bando pronto. Quizá creías que pasábamos el día enfrentándonos unos con otros. No es así. La mayor parte del tiempo simplemente esperamos: esperamos matar o morir. Y a menudo poco importa cuál de las dos suceda. 

Intento ser fuerte, pero flaqueo. Abelardo es quien me anima a seguir día a día, me cuenta historias, historias de los dioses. Otras veces son las estrellas las que me devuelven una tímida sonrisa, brillan tanto como brillaban cuando tú y yo estábamos juntos. Me alegra pensar que si tú puedes verlas, al igual que yo, no podemos estar tan lejos el uno del otro.

Pero olvida mis palabras, me estoy dejando llevar. Soy sincero cuando te digo que te aventures a conocer nuevo mundo, toma un barco, huye, sé feliz... que las estrellas siempre estarán para cuando las necesites.

V

sábado, 10 de noviembre de 2012

Matrimonio

"Cuando un hombre se casa por segunda vez es porque adoraba a su primera mujer." (Oscar Wilde)

Volvió a chupar tranquilamente la pipa mientras devoraba una novela de Conan Doyle. No podía comprender cómo su mujer apenas sabía quién era Watson, "el Guasón ese, el amigo del Jolms" decía. Y es que la mayoría de las veces lo mejor del matrimonio era el silencio de las noches. 
-Contrato absurdo que te marca de por vida... 
-¿Qué dices?
-Nada, querida, que estás más preciosa que en toda tu vida.
-Algo de vida había oído. Qué zalamero eres.
-Me sorprende que conozcas el significado de la palabra.
-¿Qué? Es que desde aquí no te oigo...
-Encima sorda -volvió a chupar la pipa-. Que no son simples palabras, es la pura realidad -gritó, expulsando el humo.
La mujer se le acercó.
-Oh, amor mío, deja ya a los espías esos.
-Detectives -la corrigió.
-Lo que yo decía. Ven aquí, mi vida.
La mujer le quitó la pipa de los labios, le cerró el libro, se sentó junto a él en el sofá y empezó a besuquearle por toda la cara. Entre grititos agudos le desabotonaba la camisa, mientras él se dejaba. "Que se calle ya", deseaba. 

Cinco minutos después no se quejaba.
-Te quiero -dijo ella.
-Ahora yo también.

V