Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 22 de noviembre de 2012

El primer oficio del mundo

"Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada." (Victor Hugo)

-Señor, bendice a esta joven criatura y a la que lleva en su vientre; condúcelas por el camino del bien y la senda del amor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén -corearon algunos.

-¡Pero si es una puta, Padre, se ha vuelto loco! -gritó un hombre entre la multitud.
-También así lo vi yo al principio -dijo el cura con voz clara desde el púlpito-, como mujer que vende su cuerpo; y al niño, como fruto del pecado. ¡Mas no blasfeméis de esta manera! Con la mente despejada que confiere la primera hora de la mañana, discerní que no podía separar a esta mujer de su hijo; es más, ni siquiera ordenaré el cierre del burdel. ¿Qué conseguiría con ello, mis queridos feligreses? Probablemente que las muchachas se convirtieran en ladronas. ¿Y los hombres dejarían de pecar? Lo dudo, y perdóneme Dios si me equivoco, pero o yerro mucho, o no creo que recordasen los votos del matrimonio solo por el hecho de cerrar la casa del pecado.
No quiero incrementar el delito en este pueblo y, por supuesto, tampoco deseo que acabemos viviendo en Sodoma y Gomorra, pero esta mujer es hija de Dios y como tal he creído que lo mejor será que sigamos acogiéndola en nuestros brazos; su pecado no debe ser penitencia del hijo que espera.

La multitud calló, reflexiva. Parecía que la mayoría entendía que el remedio podría ser peor que la enfermedad. No obstante, algunas mujeres cuchicheaban. A ellas, no sin falta de razón, les preocupaba más que a los varones el que era considerado el primer oficio del mundo.

Mientras, la prostituta se había emocionado ante las palabras del cura. Cómo iba a pensar ella que la mayor piedad la obtendría de la Iglesia, de aquellos seres que creían en un Dios en el que ella, por cómo le había tratado la vida, era incapaz de creer. Por unos minutos deseó que fuera Dios y no el párroco el que fijara su mirada en ella y le inundase de fe. Mas la fe, por gloria o por desgracia, no llega así a nosotros.

Quizá la mujer no halló nunca la fe en Dios, pero sin duda alguna, la halló en la humanidad.

V

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