Llegar a la música por el camino de las palabras...

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Qué harías tú si fueras yo?

"Es una visión extendida en las sociedades democráticas que todo ciudadano responsable debe tener una opinión sobre todo." (Harry Frankfurt)

Un bar cualquiera. Media tarde. No hay más de diez personas en el local. ANA está sentada en una mesa con la mirada perdida. Entra NURIA.

NURIA (Acercándose a la mesa donde está ANA).- Hola, cielo, perdona que llegue tarde. ¿Cómo estás? ¿No te has pedido nada? Bueno, ya voy yo, ¿qué vas a querer tomar?
ANA.- Una Coca Cola.
N.- Va, no seas sosa, te pido una caña.
A.- No, no, es que no debo beber.
N.- Ya sé, ya sé que el alcohol y tú...
A.- No es por eso.
N.- ¡Ah! Has venido en coche.
A.- No, no es eso...
N.- ¿Entonces? Que prefieres un refresco y punto.
A.- Bueno, eso y que...
N- ¿Qué?
A.- Estoy embarazada.

N.- No. No, no, no y no. ¿Lo dices en serio?
A.- Ssí...
N.- Voy a sentarme, si no te importa. (Sentándose) Luego pido las bebidas. ¿Y qué vas a hacer?
A.- No lo sé.
N.- Bueno, no te preocupes, tomes la decisión que tomes estará bien.
A.- Pero es que no tengo ni idea de qué hacer. ¿Qué harías tú?
N.- Abortar.
A.- Me refiero a qué harías tú si fueras yo.

N.- Si fuera tú... Yo no... no sé.
A.- Vamos, sé que sí, me conoces mejor que yo misma. Abstráete, ya lo has hecho antes.
N.- No lo hice, lo intenté. Y no salió bien.
A.- Bah, no digas tonterías.
N.- No digo ninguna tontería. Hizo lo que le dije que creí que haría y no funcionó.
A.- Pero habría hecho lo mismo de todos modos.
N.- Eso ya nunca lo sabremos.
A.- Sabes que sí, no debes atruibuirte responsabilidad. Le dijiste lo que habrías hecho tú de ser él poniéndote en sus circunstancias y te hizo caso. Habría hecho lo mismo de no haber decidido tú por él. Le ahorraste el sufrimiento de tener que estar a cada instante pensando qué era lo correcto. Míralo así, fue lo mejor. Haz lo mismo conmigo. Por favor, Nuria, por favor...
N. (Gritando)- ¿¿Que le ahorré sufrimiento?? ¡¡Le quité su tiempo!!
(El señor de la mesa de al lado se vuelve molesto.)
N.- Perdón.

N. (Hablando más bajo)- En serio, Ana, no puedo. No puedo ser tú. Tú eres católica, ¡católica practicante!, no podría ser tú ni aunque me lo propusiera.
A.- Ahora no pongas excusas estúpidas. Estás por encima de cualquier prejuicio, de cualquier creencia religiosa, política o moral. Toda tú eres empatía.
N.- Está bien. Te diré lo que tienes que hacer.
A.- ¿En serio?
N.- Sí, te lo diré. Aunque yo nunca, nunca jamás, sabré qué habrías hecho tú de ser tú.

V

martes, 12 de noviembre de 2013

Carmen

"La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar." (Mario Vargas Llosa)

Coge el lápiz y sin temblarle el pulso define una línea negra en torno a su ojo, abre ligeramente la boca para pintarse los labios, los polvos, la máscara de pestañas, el colorete, el perfume...

-Estás muy guapa.
Se ríe. No me cree. Pero es verdad, lo está. Al verla ahora así, maquillada, puedo ver en ella a la joven de las fotografías del álbum. A pesar de los años el rostro es el mismo y siento cómo en ella se perfila la estabilidad de una vida que en mí aparece mudable. No hay angustia ni vacío en su mirada, sino todo lo contrario, seguridad. Parece estarle agradecida al mundo en esa clase de satisfacción que solo el tiempo da. Los objetivos que una vez fueron frutos de deseo del pasado se han cumplido, aunque le da lástima no haberse convertido en una diseñadora o en una maquilladora profesional. Tampoco le agrada haber dejado de lado sus lecturas existencialistas.
Hace unas semanas me dijo que le faltaba tiempo, que le gustaría que al comprar un libro éste viniera con las horas necesarias para poder leerlo. No me extraña que ése sea su único deseo, el tiempo, pues no para quieta. El trabajo, la casa, los hijos...


Ella me acercó a las palabras al leerme cada noche de pequeña. Soy coqueta porque ella lo es. Y me gusta serlo, nos gusta serlo. Creemos en el blues, en la belleza, en el amor... en la elegancia. No hay prejuicios en su mirada, tampoco en la mía. Reímos, lloramos, somos humanas. Ella es parte de mí, yo soy parte de ella. Y así será para siempre.

Sale del baño, dándole la espalda a su yo en el espejo. Mientras, yo permanezco, como ella misma, o quizá como una sombra... llena toda de incertidumbre.

V

viernes, 18 de octubre de 2013

Noche celestial

"La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente." (François Mauriac)


-Sí, papá, pero, ¿y ésa? Tiene forma de carro, seguro que es la Osa.
Aparté la mirada de la constelación para posarla sobre él. Sus ojos parecían cansados, como si ya nada pudiera hacerlos brillar, ni siquiera la noche celestial. Recuerdo la primera vez que nos asomamos juntos a ver las estrellas, el tiempo aún no había hecho mella en su rostro, tampoco el accidente...  
-Mira allí, papá, ¡la Estrella Polar!, seguro que es mamá pidiéndonos que seamos fuertes.

V

miércoles, 9 de octubre de 2013

Un sombrero rojo

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad." (Jean-Paul Sartre)

Entran rayos de sol por la ventana. ¿Me dejé la persiana subida? No... no sé. ¿Dónde estoy? Esta no es mi habitación. ¿Dónde estuve anoche? Oh, cielos, estoy desnuda. Ya me acuerdo. Eloy y yo al fin nos acostamos. Puedo oír su respiración. Se mueve, creo que va a despertarse. Abre los ojos, me habla. Me besa. Se levanta y se dirige al baño. Quiere ducharse.

Necesito un cigarro. Bueno, no, qué tontería, yo no fumo. Ni fumo ni he fumado nunca. Miento, sí, una vez, pero no sabía. No sé fumar. Ni siento el humo. En fin, no sé ni por qué he pensado en ello. Quizá he cambiado. La noche me ha cambiado. Soy tan inocente, tan... Bueno, no, ya no.

Me gusta la ventana de Eloy. No se puede negar que tiene buen gusto. Todo su apartamento está perfectamente decorado. Pero la ventana, la ventana me encanta. Ya estoy sentada sobre el alféizar. Qué grande es. Parece ser tan ancho adrede. Me pregunto si se habrá apoyado ya él antes aquí para leer el periódico. No, qué tontería. Eloy no lee ni el periódico. No sé cómo no le gusta leer... Es inteligente.

¡Vaya con la niña! Si la hubiera visto su madre... un buen cachete se habría llevado, seguro. Es extraño observar a la gente desde aquí arriba, sin que ellos lo sepan. Me pregunto si alguna vez me habrá mirado alguien desde su ventana. Seguramente sí, soy... ¿hermosa? Hermosa no, pero sí atrayente. Aunque lo más probable es que se hayan fijado en mí por una torpeza que haya cometido. Quizá el día que salí a la calle sin paraguas, cuando cayó el Diluvio universal y me puse a correr con los zapatos de tacón en la mano. Soy tan patosa... Me gusta el sombrero de ese señor. Voy a comprarme yo uno también. Es una pena que no se lleven los sombreros... si es que tendría que haber nacido en otra época. Siempre lo he sabido. Un sombrero rojo, sí, así lo quiero. A juego con mis zapatos nuevos. Éstos sin tacón, claro.

Ese chico se parece a... ¡Dios mío, es él! ¡No puedo creerlo! ¿Qué hace aquí? ¿Vive por aquí? ¿¿Tenía que ser justo aquí?? ¿En un día como hoy? No me habrá visto, ¿verdad? No seas tonta, Luci, no puede verte. No, no te ha visto. Se para. ¿Por qué se para? ¿Conocerá a Eloy? Se le ha desabrochado un cordón, se acerca al banco para atárselo. Qué pintas me lleva... Le ha crecido el pelo, más todavía. Y no se ha afeitado la perilla. La verdad es que le sienta bien, pero creo que si se quedara mucho tiempo quieto ahí, lo confundirían con un vagabundo. Es igual, es atractivo. Mucho. No sé cómo puede atraerme tanto. ¿Es por el pelo largo? Siempre me han gustado los hippies, igual que a mi madre... No, no es eso. Es su mirada. Qué manera de mirarme... Una vez creí que llegaría a atravesarme.

Ay, aquel día en la cafetería... El muy bruto se bebió el café de un trago. ¡Ja, ja! Se le quedó medio café alrededor de la boca... Medio café no, te lo exageras a ti misma. Estaba bien gracioso. Luego empezó a perseguirme para besarme y así mancharme de café a mí también. Empecé a correr por la cafetería... No sé por qué me enfadé entonces porque nos echaran. El dueño estaba en pleno derecho.

Se va. Anda despacio, como si algo lo retuviera. Quizá sea yo. Como si pudiera saber que estoy aquí... ¡Ey, hola! ¡Mírame! ¡Mira hacia arriba! ¡Soy, yo, Luci! Préstame uno de tus cigarrillos...
¡¡Se gira!! ¿Por qué se gira? Mira hacia atrás, parece no encontrar algo o alguien. Busca en sus bolsillos. Me pregunto qué se le habrá olvidado... No, no es eso. Es un pitillo, quería fumar. Se lo enciende y se va.

La calle parece ahora triste, como si el humo gris hubiera prendado el ambiente. O no, quizá solo sea yo. Ya no se oye el agua correr... Eloy debe estar a punto de salir de la ducha. Siento su aliento cerca de mi oreja. ¿Por qué hace eso? Otro señor con sombrero.

-¿Estás bien, Luci?
Que si estoy bien...
-Perfectamente.
-Lo de anoche...
-¿Qué de anoche?
Ah, sí, eso.
-¿Estuviste cómoda?
-Ajá.
-Sabes que yo te quiero mucho, ¿verdad?
¡Anda, otro señor con un sombrero! ¡Y es rojo! Al final va a ser que se vuelven a llevar...

V

domingo, 15 de septiembre de 2013

Recuerdo infantil

"Pinto de mi memoria las impresiones de mi infancia." (Edvard Munch)

Rompíamos el silencio de la calle mediante alegres carcajadas, de cuyo sonido se hacían eco las paredes de las casas, llenando al barrio de la felicidad propia de la infancia.
No necesitábamos vestir como vaqueros o piratas, ni peinarnos los largos cabellos para ser princesas. La imaginación se apoderaba de cada uno de nosotros, ataviándonos acá y acullá de todo lo que necesitáramos para proseguir con nuestras fantasías.
Imposible es aún de olvidar aquellas tardes siguiendo las vías del tren y cómo Sofía se quejaba del ruido que hacían las locomotoras al pasar mientras se tapaba los oídos con las manos. Gritaba tan fuerte que casi lograba ponerse a la altura de los decibelios del ferrocarril.
Y con este recuerdo, veníanme ahora a las mientes otros tales como el lanzarnos al río a través de una cuerda que nosotros mismos atamos a un árbol y cómo después nos dejábamos literalmente secar a manera de las prendas recién lavadas, tumbados cara al sol. Al día siguiente en la escuela, veíamos a un Juan que si bien el día anterior lucía su piel pálida, hoy ésta había mudado al rojo, dando el aspecto de cierta especie de cangrejo humano.
Era nuestra particular manera de romper con la "monotonía de la lluvia en los cristales" que el poema de Machado sentenciaba a los colegiales.


Pero aun hoy, al mirarme al espejo y descubrir en él los rizos de una anciana, veo en ellos algo de la princesa que fui y que luché toda la vida por seguir siendo. Y así, cada día, a falta de la imaginación de la que me había ido paulatinamente despojando la madurez, peinábame los cabellos como no hacía falta que me los cepillara en mi primera década, rememorando con ello aquellos años de felicidad infantil que con solo un cepillo había logrado expandir a otros siete decenios más.

V

lunes, 26 de agosto de 2013

Su voz despojada de su persona por la llegada del teléfono

"Una voz que me llama y no quiere llamarme. Una voz que parece que se apaga al callarse." (José Bergamín)

Ahora al escucharlo parecíame otra su voz, quizá por ser la primera vez que sonaba de veras en mi cabeza, como si cuando antaño lo había tenido frente a mí ésta hubiese pasado desapercibida, escondida tras un rostro, unas manos o todo un cuerpo que habíame llamado más la atención que este otro maravilloso rasgo de él, evocado a través de unos labios que en este preciso segundo me eran imposibles de ver.
Y así, resultábame imposible que, un simple aparato, ser inerte, como podía ser un teléfono, pudiera acercarme a la persona que más quería y que se hallaba tan lejos de mí, aun estando tan cerca del alma.
Sus palabras cobraban el mismo sentido que hubieran podido atesorar de haber estado los dos juntos, cogiéndonos de las manos, e incluso a pesar de que los gestos habían desaparecido, los sucesivos giros en los que su voz entraba me hacían imaginar una mirada amable o, en caso de no agradarle lo que oía, una mueca de desaprobación.
Mas a pesar del tremendo goce que llegué a experimentar al descubrir todo lo que este nuevo invento podría aportarme, sería hipócrita aseverar que con ello mi corazón había logrado salir del torbellino de agitación en que se encontraba, pues ciertamente conocía bien que la llamada acabaría pronto y que no me podría valer de gritar su nombre, conseguir que se girara, así como de correr hasta él, para suplicarle con un beso que se quedara junto a mí.


Pues todo lo cual debí haberlo hecho hace tiempo ya, cuando él se subió a un tren de vapor y yo a uno de resignación.

V

martes, 30 de julio de 2013

Casualidades de la vida

"Cuanto más planifique el hombre su proceder, más fácil le será a la casualidad encontrarle." (Friedrich Dürrenmatt) 

Tan solo la pulcritud de aquel edificio blanco lograba ya que el corazón me diera vuelcos. La presencia del mareo venía con mi lento mirar hacia arriba, piso tras piso, en una sin finitud, pues aquella basta construcción que se alzaba sobre mi cabeza parecía no querer acabar, intensificando mi miedo. Mas a pesar de éste, aquí estaba yo, dispuesto a entrar, a acudir a la cita que había concertado y que desde el momento mismo en que la había convenido a través del teléfono había también sembrado la llegada del insomnio.

Yo no creía en las casualidades de la vida, y si aquella empresa revolucionaria con esos aires futuristas de película de ciencia ficción había decidido situar su sede frente a mi casa, debía ser por algo. Cientos y cientos de personas hacían cola en las puertas de la misma cada día, alentadas por un anuncio de televisión que no había ciudadano en todo el país que aún no hubiese visto. El anuncio era sencillo, aparecía el edificio blanco por fuera y la cámara iba subiendo, como mi mirar, piso por piso hasta colarse por una de las ventanas y llegar a un despacho también níveo en el que un señor se hallaba sentado y decía:

"¿Quiere conocer su fecha? ¿El año, el mes, el día e incluso la hora? ¿Desearía saber si todo su trabajo puede resultar en vano? ¿Si debería cogerse vacaciones por el resto de sus días? ¿Si superará la pavorosa enfermedad que ha vuelto su vida un calvario? No lo dude más, acuda a Nuestro Edificio y olvídese de las preguntas acerca de la vida y la muerte. Nuestros especialistas le revelarán cada detalle de su fallecimiento, sin riesgo de error".

Al hombre no se le borraba ni por un segundo la sonrisa de la cara, soltaba toda aquella perorata, al igual que las señas de la calle de enfrente, como si estuviera procurando vender el último modelo de aspiradoras, dándonos a todos los espectadores la sensación de que aquella publicidad era como otra cualquiera y que "comprar" aquel producto resultaba ser de lo más normal, un conocimiento que se había puesto de moda tener.


Si bien yo me creía más inteligente que estas personas, capacitado para nadar contracorriente, para escapar de las modas y de los rituales sociales, las casualidades, como os decía al principio, me parecían cosa ordinaria y por ello hice de aquel acontecimiento una llamada del destino. Me pareció que el que cada mañana subiera la persiana de mi cuarto y viera aquel edificio solo podría suponer que debía saber cuál era mi fecha. Quizá tenía yo, precisamente entre tantos seres en este mundo, que conocer cuándo iba a morir porque hubiera algo predestinado para mí. Un viaje importante, un gran amor... qué sabía yo.

El caso era que la fila en la que me hallaba iba avanzando y pronto me vi en esa sala blanca que aparecía en el anuncio, sonriendo al señor del televisor con la misma falsa sonrisa con la que él nos deleitaba.
-Bien, bien... así que al fin te has decidido a acudir, eh -me estaban esperando, ¡lo sabía!-. No tengas miedo, chico, aún puedes echarte atrás...
-No, no, quiero saberlo. Ustedes me estaban esperando -afirmé, aunque con cierto tono de interrogación que no pasó inadvertido al señor de blanco.
-Así es. Entonces, ¿estás preparado?
-Lo estoy.
-Perfecto, pues tu día es el ... del mes ..., del año ... Morirás a las ...h por suicidio.
-¿Suicidio?
-Exacto, chico.
-Pero... ¡pero eso es ahora!
-Correcto. Ahí tienes la ventana, la de la izquierda, por favor; la de la derecha es para las mujeres. No te demores, en 5 minutos tiene que fallecer el siguiente.
-¡¿Qué?! ¡¿Pero está usted loco?!
-Te quedan 2 minutos y 37 segundos.

Pasados esos dos minutos y treinta y siete segundos me lancé por la ventana de la izquierda. Al fin y al cabo llevaba razón, había sido elegido, elegido por mi presuntuosidad, por creer en un destino. Destino tal que no me había forjado yo mismo, sino otro ser, un personaje como el que aparecía cada día en una caja cuadrada llamada televisor.

...

A veces simplemente hay que aceptar que existen casualidades en esta vida.
Ésta era una de ellas y como tal, en verdad jamás me dejé llevar por ella, sino que volví a bajar la persiana de mi habitación, haciendo oídos sordos de mi destino, así como de la pulcritud del edificio de enfrente.

V

martes, 16 de julio de 2013

Tediosa y hastiada

"Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores." (Winston Churchill)

En tensión, hablaban con rigidez, soltando, de cuando en cuando, hilarantes carcajadas de falsedad, llevando la conversación un ritmo previamente estudiado por todos aquellos seres que se encontraban compartiendo el salón; un mismo aire cargado de hostilidad que aspiraban en grandes bocanadas.
Augusto miraba pensativo la estela de humo que soltaba su cigarrillo y que se perdía en el aire, como si éste no pudiera contagiarse de la atmósfera de socialización obligada en la que se hallaba.

-¿Y no es verdad que la señora Valtierra tiene los crisantemos de su balcón algo secos? -decía Valentina a las muchachas-. Bien haría en contratar a una jovenzuela para que le riegue las plantas, que digo yo, que no es que a su marido le falte el dinero precisamente, con ese nuevo trabajillo que le ha salido...
-Si yo tuviera una así, desde luego que no la dejaría escapar -se entremezclaba la conversación del farmacéutico con los hermanos Castro-. Me pasaría el día entero bajo las sábanas.
A lo que tanto las mujeres como los dos hermanos respondían con un mero asentimiento de cabeza, mientras pensaban en si después irían a la fiesta de los Navas o a la de los Pedraza, así como en lo que convendría llevar puesto.
Al parecer de Augusto mejor haría en quedarse en su casa leyendo el diario o, simple y llanamente, durmiendo. No podía seguir fingiendo ya que pudieran resultarle interesantes los cotilleos a los que les sometía la anfitriona ni tampoco sonreír más al mujeriego del farmacéutico ni a los bobalicones de los Castro.

La costumbre había provocado que cada una de las vidas de los huéspedes allí presentes acabaran por solidificarse en una misma, tediosa y hastiada. Hasta el sábado, Augusto no se había sorprendido antes riendo por nada y a un par de decibelios más de lo estrictamente necesario y ese hecho, una sencilla carcajada, le había procurado el romper con la fatalidad de los días de fiesta en fiesta sin nada producente que enseñar ni, aún peor, que aprender.
De esta guisa, Augusto le dio agradecidamente una última calada al cigarro, se levantó del sillón de Valentina y con un "au revoir" se despidió de los demás burgueses, que ahora le parecían todos iguales, inmóviles de mirada perdida. Y al solo abrir la puerta y contemplar una calle como otra cualquiera, con sus gentes de acá para allá y los ladrillos de las casas en distintas tonalidades, descubrió que atrás dejaba el vacío y que allí fuera, encontraba el todo, el mundo, la vida.

V

lunes, 1 de julio de 2013

Las horas pasadas

"A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas." (Marcel Proust)

Aquel verano, si bien devoré una veintena de libros, no comprendí más que tres o cuatro. Esto se debía a que a pesar de que mis labios pronunciaban en silencio cada una de las palabras, mi pensamiento volaba por encima de las letras, evocando otros hechos, entumecido por las horas pasadas.
Cualquier intento de hacer frente al presente acababa errado, por venir a mí, a través de los sabores y olores que me rodeaban, recuerdos felices de antaño que lograban, incansablemente, desviarme de la actualidad.
Así, las interminables oraciones de Proust acababan por convertirse en un vaivén de letras sin sentido, que iban y venían sin retenerse en mis pupilas, mientras mi corazón bombeaba lejos de la Francia y de las vidas de los personajes que el escritor narraba.


Ciertamente, ahora no logro rememorar cuándo dejé de fantasear, de jugar a vivir en el pasado, quizá porque nunca dejé de hacerlo, pues el futuro siempre nos es incierto y no podemos echar de menos a quien aún no hemos conocido. Vivimos eternamente atrapados en el pasado porque en la noche deseamos aludir a momentos de alegría para así creernos capaces de poder construir la felicidad de nuestras vidas.
Y ahora aquel verano se me presenta, aun en la soledad en que pasé el mismo, como un verano maravilloso que tuve el placer de compartir con Proust y tantos otros, así como, en verdad, conmigo mismo.

V

domingo, 16 de junio de 2013

Resultar interesante durante el mes de junio

"Aburrirse es besar a la muerte." (Ramón Gómez de la Serna)

Agosto lo derrite y poco importa si mete sus narices en un buen libro o si sale a pasear por la Gran Vía madrileña. La ociosidad lo arrastra a un abismo de frustración, abatimiento y obsesión por creer que nada de lo que pueda hacer vaya a resultar interesante.
Dicen que el aburrimiento reside en nosotros mismos, pero él se ha dado cuenta de que en verdad éste se halla en la soledad. Por ello necesita trabajar y estudiar, estudiar y trabajar, para que la fría monotonía le coma las entrañas y así puedan empezar a habitar los grillos aquel lugar en el que todo falla: el alma.
Mas si los grillos ya tienen casa, que agosto se esfume de esta invariable pista de baile y deje lugar a las baladas que conforman los meses de septiembre y octubre.


-¿Sabes? Estamos en junio.
-¿Qué importa eso?
-Diría que mucho... Pues por lo que has contado, en junio la ociosidad no tiene cabida y entonces todo, todo lo que haga, podría resultar interesante.

V

domingo, 2 de junio de 2013

El motor de una locomotora

"Las que conducen y arrastran al mundo no son las máquinas, sino las ideas." (Victor Hugo) 

El motor de una locomotora, éste son las ideas, que mueven y arrastran al tren por sus vías, dejando ver a través de sus ventanales los paisajes y personas que van quedando atrás, haciéndose eco del pasado. Y por delante siempre una generación futura, un nuevo amanecer dibujado a base de pinceladas que parecen unas veces querer sonreír y otras llorar en forma de precipitaciones, tornándose los vivos rostros miserables.

Si hoy gritan comunismo, mañana capitalismo. Pasamos por el pueblo de la república, haciendo un peaje en monarquía y el guardagujas no sabe si elegir ateísmo o religiosidad. Mas al final siempre se decide y el chucu-chu llega a oídos de los viajeros que se alegran o indignan con su elección. Y así, poco a poco, a través de los siglos, el mundo va llenándose del vapor que la máquina desprende, agotándose en ciertas ocasiones inevitablemente su combustible, dejando a sus viajeros desamparados, sin nuevos lugares que mostrar, sin nuevas ideas que aportar.


Empero nos levantamos y acabamos tomando las palas, cargando con el carbón y arrojándolo a las calderas. Porque siempre, perpetua e impereceredamente, salimos y saldremos adelante, renovando el motor de esta esquizofrénica locomotora que nos muestra su particular visión del mundo.

V

domingo, 12 de mayo de 2013

Tus ojos... y los míos

"El amor consuela como el resplandor del sol después de la lluvia." (William Shakespeare)

Llueve. Llueve mojándose nuestras mejillas y nuestros labios, como si nunca hubiera llovido y ahora se tuvieran que rellenar todos los mares. Llueve como si no nos hubiéramos conocido, como si el mundo no fuese mundo porque en realidad nunca estuvimos en él. Así es como llueve, siendo la ausencia la única que habita ya estos lares, la que recorre vagabunda los bares, la que espera hasta la última nota de una pieza de jazz por si acaso te hubieras perdido en ella y pudieras así reencontrarte. ¿Dónde te escondes?

Olvidaste que nos necesitamos el uno al otro para caminar bajo un paraguas, para pisotear los charcos y así ser felices, diciendo adiós a esta estúpida lluvia que no controlamos.


Pruébala, ¿a qué sabe? A sal, ¿verdad? Mírate, mírame, emana de tus ojos... y de los míos.

V

lunes, 29 de abril de 2013

Miremos

"Solo los buenos sentimientos pueden unirnos, el interés jamás ha forjado uniones duraderas." (Auguste Comte) 

Aquel 22 de junio de 1940 más de un francés debió quedarse ojiplático al ver pasar a Hitler por debajo del Arco del Triunfo. No era para menos. Aunque tampoco para más. Total, ¿qué importaba ya Europa? ¿Acaso había importado antes? Las potencias democráticas ya habían hecho oídos sordos años atrás con el Pacto de No Intervención en España.
¡Bienvenidos, hermanos fascistas! ¡Dése usted una vuelta por París, querido Adolf!

Intereses. El mundo gira en torno a intereses. Y ellos son los que nos separan unos de otros: vivimos divididos. Caminamos de frente, mirando nuestro propio camino, perdiéndonos los desiertos y mares que nos rodean: el sol, la lluvia; las alegrías, las tristezas. Y así de fácil es seguir. Me pregunto si no podríamos dedicar un poco más de tiempo a mirar hacia los lados, a mirar hacia arriba y, especialmente, a mirar a los de abajo. ¿Qué sucede con Siria? ¿Con Siria? Nada. Parece que esa tristeza no nos alcanza. Lugar lejano, camino que no interesa recorrer.


¿De veras somos así los humanos? No lo creo... o no lo espero. Basta ya también de mensajes pesimistas.
El pesimismo nace cuando nos enfrentamos a vivir en una realidad imaginada, cuando nuestros esfuerzos no nos han llevado a ningún puerto y se han esfumado las consecuencias prometidas. Pero aquí nadie nos prometió nada. Vinimos al mundo y decidimos quedarnos en él, aun viendo lo que había. Y si conseguimos observarlo un día, podemos volver a hacerlo. El mundo puede cambiar. Cambiémoslo: Miremos.

V

domingo, 3 de febrero de 2013

Sobre la Justicia (y la suerte)

"Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo." (Victor Hugo)

Meditaba, al igual que lo hizo Jean Valjean cuando era aún un presidiario, acerca de la Justicia, y parecióle el mundo no otra cosa, mas que una antítesis de ésta.
A Jean Valjean le condenaron por robar el pan para unos pobres niños y el intento de evasión de la pena, arrastróle al mismo Hades en el que ya vivía y que se prolongó durante diecinueve años. Jean Valjean fue un verdadero luchador, pero nuestro compañero, que respondía al nombre de T., estaba ya resignado.
Había luchado y luchado por un amor que si bien dio frutos al principio, enseguida terminó, llevándose consigo no solo la flor de la planta, sino también las raíces, que acabaron por marchitar el corazón del pobre T.
La vida le había robado a un padre y no encontraba mayor alegría que la que le proporcionaban los libros, quizá porque estos, en palabras del propio Victor Hugo, "son amigos fríos y seguros". La universidad le ofrecía un brazo en el que apoyarse y las buenas notas eran una autosatisfacción, la mayor que podía hallar en un mundo como el que lo estaba viendo crecer. Adoraba las semanas de exámenes porque ocupaban toda su mente y odiaba las vacaciones, así como el buen tiempo, pues le traían a la cabeza pensamientos de una supuesta felicidad que nunca llegaba.
Cuando alguno de sus amigos, por llamarlos de alguna manera, le preguntaba por su vida, por sus planes para el fin de semana, T. mostraba la más falsa de sus sonrisas y contestaba "nada especial". Esto era cuando le preguntaban por su tiempo libre, cuando le inquirían, los más curiosos, si iba a llevar a bailar a alguna joven, T. solo sonreía, no falsamente, sino de un modo doloroso. 
No había nada que le hiciera más daño que el que le preguntasen por su vida amorosa, como si ésta fuera una cosa tan trivial, como si el amor fluyese de mujercita en mujercita, sin importar cuál sea el rostro o el nombre de ésta.
Si bien T. aún era muy joven, respondía al modelo romántico que posa los ojos apenas un segundo en una buena mujer y la cree perfecta para toda su vida. T. ya había encontrado esa perfección, y no quería buscar otra.

Pero no nos desviemos del tema, tratábamos de mostrar aquí aquellos instantes de profunda reflexión, de silencio, de meditación absoluta. T. había encontrado un suspenso entre sus notas y por ello venían ahora a su mente todo un mundo anterior a este momento, porque dado que ahora dedicaba toda su vida a los estudios, ni siquiera estos habían sido capaces de satisfacerle.
¿Cómo podía uno de esos cotillas, falsos amigos, haber salido airoso de un examen con apenas haber leído un par de páginas, las justas para responder a la pregunta? ¿Mientras T. que llevaba un mes preparándose la asignatura, por uno u otro motivo, no había llegado a las líneas finales y por tanto su respuesta no había sido suficiente para el aprobado?
Aunque menor, era ésta otra falta a la Justicia. Vivimos en un mundo donde se valoran los fines por encima de los medios, ¡y así cómo va a ser justo!
Somos como hormigas, en constante trabajo, y que en un segundo pueden acabar siendo pisoteadas por un ser superior, la más común de las veces de no mayor inteligencia, ni virtud, ni templanza ni, por supuesto, de piedad.
Hay quien nace rico y sin dar ni un palo al agua, muere rico también y quien nace pobre y lo es toda su vida, se esfuerce lo que se esfuerce. Y sí, me diréis que esto no siempre es así, menos mal, ¡pero sucede! Y solo por ello no hay Justicia. Los hombres son todos iguales... ¡ni un cuerno!
Hay hombres comprados y vendidos, y hombres íntegros, y no solemos hacer distinción entre unos y otros, porque son Príncipes como los que pedía Maquiavelo, para quien las apariencias eran tan importantes. Si Parménides viera lo que hemos construido a través de la doxa, ¡no sé qué haría!
Así, pues, qué hacer con la vida, se preguntaba T., que nada le agradecía.

Pues vivirla.
Porque unas veces se pierde y otras se gana, y si la Justicia era un bien que podía comprarse, la suerte así no lo era. La suerte es un continuo vaivén al que no le interesa cómo sea su compañera, y si un día se acuesta con Nicolás II, la noche siguiente la pasa con Lenin.
Así que a T. ya le llegaría el turno, turno que aprovecharía para, con suerte, poder construir un mundo más justo.

V

domingo, 13 de enero de 2013

Mi lado del sofá

"En un beso, sabrás todo lo que he callado." (Pablo Neruda)
En mi lado del sofá nunca hubo besos que robar, a cambio se devoraron libros, dulces y películas francesas. Fue un espacio tranquilo y lleno de paz, donde las lágrimas apenas crearon ríos, donde el amor y el odio fueron amordazados, silenciados bajo el celofán. Un lugar de resguardo mientras fuera caían gotas de lluvia que repiqueteaban contra el suelo, intentándome recordar lo triste que es el invierno. Aquí, entretanto, se oían risas, así como el corretear de mi hermano con sus pies (ya no tan) pequeños, y el aroma a chocolate que provenía de la cocina. En el verano, la luminosidad del sol se hacía más intensa, por las ventanas abiertas entraba el olor de la fresca hierba del jardín y el vello de los brazos se me erizaba en busca de los rayos más cálidos. Cuánta dicha podía caber en tan poco espacio...


Así que por qué habría de envidiar un sillón lleno de amor, si tenía ya mi lado del sofá.

V