Llegar a la música por el camino de las palabras...

domingo, 3 de febrero de 2013

Sobre la Justicia (y la suerte)

"Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo." (Victor Hugo)

Meditaba, al igual que lo hizo Jean Valjean cuando era aún un presidiario, acerca de la Justicia, y parecióle el mundo no otra cosa, mas que una antítesis de ésta.
A Jean Valjean le condenaron por robar el pan para unos pobres niños y el intento de evasión de la pena, arrastróle al mismo Hades en el que ya vivía y que se prolongó durante diecinueve años. Jean Valjean fue un verdadero luchador, pero nuestro compañero, que respondía al nombre de T., estaba ya resignado.
Había luchado y luchado por un amor que si bien dio frutos al principio, enseguida terminó, llevándose consigo no solo la flor de la planta, sino también las raíces, que acabaron por marchitar el corazón del pobre T.
La vida le había robado a un padre y no encontraba mayor alegría que la que le proporcionaban los libros, quizá porque estos, en palabras del propio Victor Hugo, "son amigos fríos y seguros". La universidad le ofrecía un brazo en el que apoyarse y las buenas notas eran una autosatisfacción, la mayor que podía hallar en un mundo como el que lo estaba viendo crecer. Adoraba las semanas de exámenes porque ocupaban toda su mente y odiaba las vacaciones, así como el buen tiempo, pues le traían a la cabeza pensamientos de una supuesta felicidad que nunca llegaba.
Cuando alguno de sus amigos, por llamarlos de alguna manera, le preguntaba por su vida, por sus planes para el fin de semana, T. mostraba la más falsa de sus sonrisas y contestaba "nada especial". Esto era cuando le preguntaban por su tiempo libre, cuando le inquirían, los más curiosos, si iba a llevar a bailar a alguna joven, T. solo sonreía, no falsamente, sino de un modo doloroso. 
No había nada que le hiciera más daño que el que le preguntasen por su vida amorosa, como si ésta fuera una cosa tan trivial, como si el amor fluyese de mujercita en mujercita, sin importar cuál sea el rostro o el nombre de ésta.
Si bien T. aún era muy joven, respondía al modelo romántico que posa los ojos apenas un segundo en una buena mujer y la cree perfecta para toda su vida. T. ya había encontrado esa perfección, y no quería buscar otra.

Pero no nos desviemos del tema, tratábamos de mostrar aquí aquellos instantes de profunda reflexión, de silencio, de meditación absoluta. T. había encontrado un suspenso entre sus notas y por ello venían ahora a su mente todo un mundo anterior a este momento, porque dado que ahora dedicaba toda su vida a los estudios, ni siquiera estos habían sido capaces de satisfacerle.
¿Cómo podía uno de esos cotillas, falsos amigos, haber salido airoso de un examen con apenas haber leído un par de páginas, las justas para responder a la pregunta? ¿Mientras T. que llevaba un mes preparándose la asignatura, por uno u otro motivo, no había llegado a las líneas finales y por tanto su respuesta no había sido suficiente para el aprobado?
Aunque menor, era ésta otra falta a la Justicia. Vivimos en un mundo donde se valoran los fines por encima de los medios, ¡y así cómo va a ser justo!
Somos como hormigas, en constante trabajo, y que en un segundo pueden acabar siendo pisoteadas por un ser superior, la más común de las veces de no mayor inteligencia, ni virtud, ni templanza ni, por supuesto, de piedad.
Hay quien nace rico y sin dar ni un palo al agua, muere rico también y quien nace pobre y lo es toda su vida, se esfuerce lo que se esfuerce. Y sí, me diréis que esto no siempre es así, menos mal, ¡pero sucede! Y solo por ello no hay Justicia. Los hombres son todos iguales... ¡ni un cuerno!
Hay hombres comprados y vendidos, y hombres íntegros, y no solemos hacer distinción entre unos y otros, porque son Príncipes como los que pedía Maquiavelo, para quien las apariencias eran tan importantes. Si Parménides viera lo que hemos construido a través de la doxa, ¡no sé qué haría!
Así, pues, qué hacer con la vida, se preguntaba T., que nada le agradecía.

Pues vivirla.
Porque unas veces se pierde y otras se gana, y si la Justicia era un bien que podía comprarse, la suerte así no lo era. La suerte es un continuo vaivén al que no le interesa cómo sea su compañera, y si un día se acuesta con Nicolás II, la noche siguiente la pasa con Lenin.
Así que a T. ya le llegaría el turno, turno que aprovecharía para, con suerte, poder construir un mundo más justo.

V