Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 30 de julio de 2013

Casualidades de la vida

"Cuanto más planifique el hombre su proceder, más fácil le será a la casualidad encontrarle." (Friedrich Dürrenmatt) 

Tan solo la pulcritud de aquel edificio blanco lograba ya que el corazón me diera vuelcos. La presencia del mareo venía con mi lento mirar hacia arriba, piso tras piso, en una sin finitud, pues aquella basta construcción que se alzaba sobre mi cabeza parecía no querer acabar, intensificando mi miedo. Mas a pesar de éste, aquí estaba yo, dispuesto a entrar, a acudir a la cita que había concertado y que desde el momento mismo en que la había convenido a través del teléfono había también sembrado la llegada del insomnio.

Yo no creía en las casualidades de la vida, y si aquella empresa revolucionaria con esos aires futuristas de película de ciencia ficción había decidido situar su sede frente a mi casa, debía ser por algo. Cientos y cientos de personas hacían cola en las puertas de la misma cada día, alentadas por un anuncio de televisión que no había ciudadano en todo el país que aún no hubiese visto. El anuncio era sencillo, aparecía el edificio blanco por fuera y la cámara iba subiendo, como mi mirar, piso por piso hasta colarse por una de las ventanas y llegar a un despacho también níveo en el que un señor se hallaba sentado y decía:

"¿Quiere conocer su fecha? ¿El año, el mes, el día e incluso la hora? ¿Desearía saber si todo su trabajo puede resultar en vano? ¿Si debería cogerse vacaciones por el resto de sus días? ¿Si superará la pavorosa enfermedad que ha vuelto su vida un calvario? No lo dude más, acuda a Nuestro Edificio y olvídese de las preguntas acerca de la vida y la muerte. Nuestros especialistas le revelarán cada detalle de su fallecimiento, sin riesgo de error".

Al hombre no se le borraba ni por un segundo la sonrisa de la cara, soltaba toda aquella perorata, al igual que las señas de la calle de enfrente, como si estuviera procurando vender el último modelo de aspiradoras, dándonos a todos los espectadores la sensación de que aquella publicidad era como otra cualquiera y que "comprar" aquel producto resultaba ser de lo más normal, un conocimiento que se había puesto de moda tener.


Si bien yo me creía más inteligente que estas personas, capacitado para nadar contracorriente, para escapar de las modas y de los rituales sociales, las casualidades, como os decía al principio, me parecían cosa ordinaria y por ello hice de aquel acontecimiento una llamada del destino. Me pareció que el que cada mañana subiera la persiana de mi cuarto y viera aquel edificio solo podría suponer que debía saber cuál era mi fecha. Quizá tenía yo, precisamente entre tantos seres en este mundo, que conocer cuándo iba a morir porque hubiera algo predestinado para mí. Un viaje importante, un gran amor... qué sabía yo.

El caso era que la fila en la que me hallaba iba avanzando y pronto me vi en esa sala blanca que aparecía en el anuncio, sonriendo al señor del televisor con la misma falsa sonrisa con la que él nos deleitaba.
-Bien, bien... así que al fin te has decidido a acudir, eh -me estaban esperando, ¡lo sabía!-. No tengas miedo, chico, aún puedes echarte atrás...
-No, no, quiero saberlo. Ustedes me estaban esperando -afirmé, aunque con cierto tono de interrogación que no pasó inadvertido al señor de blanco.
-Así es. Entonces, ¿estás preparado?
-Lo estoy.
-Perfecto, pues tu día es el ... del mes ..., del año ... Morirás a las ...h por suicidio.
-¿Suicidio?
-Exacto, chico.
-Pero... ¡pero eso es ahora!
-Correcto. Ahí tienes la ventana, la de la izquierda, por favor; la de la derecha es para las mujeres. No te demores, en 5 minutos tiene que fallecer el siguiente.
-¡¿Qué?! ¡¿Pero está usted loco?!
-Te quedan 2 minutos y 37 segundos.

Pasados esos dos minutos y treinta y siete segundos me lancé por la ventana de la izquierda. Al fin y al cabo llevaba razón, había sido elegido, elegido por mi presuntuosidad, por creer en un destino. Destino tal que no me había forjado yo mismo, sino otro ser, un personaje como el que aparecía cada día en una caja cuadrada llamada televisor.

...

A veces simplemente hay que aceptar que existen casualidades en esta vida.
Ésta era una de ellas y como tal, en verdad jamás me dejé llevar por ella, sino que volví a bajar la persiana de mi habitación, haciendo oídos sordos de mi destino, así como de la pulcritud del edificio de enfrente.

V

2 comentarios:

  1. Me agradan mucho tus pequeños relatos, siempre el final es genial, siempre me quedo con la gana de leer un poco mas.
    un beso, cuídate preciosa.
    Leonard

    ResponderEliminar
  2. Gracias por compartir tu relato, que siempre es una delicia. Discrepo con el narrador, pues creo en un universo de determinismo laplaciano. O como lo expresa Morfeo: we are still alive.

    ResponderEliminar

Escribe palabras para poder llenar este vacío pentagrama.