Llegar a la música por el camino de las palabras...

viernes, 12 de diciembre de 2014

Instante sostenido

"Y este ser sincero, el yo, habla del cuerpo y lo quiere incluso cuando sueña y se forja ilusiones y aletea con un batir de alas rotas." (Friedrich Nietzsche)

Todo es confuso ahora y, sin embargo, el tiempo parece sostenido por este instante. No sé a dónde ir ni si debo quedarme, enredarme en otras sábanas podría ser tan fácil... Pero parece que la decisión ya está tomada, y el sol volverá a salir mañana.

Es curioso todo lo que puedo imaginarme, debieran no caber en mí tantas palabras, tantas imágenes; tantas personas en cada palabra y en cada imagen. Me miro al espejo, este es mi rostro y no otro. Mis ojos no dicen nada, ni mi nariz, ni mi boca. Debieran ser expulsados mis pensamientos por entre mis dientes como escupitajos. Aun así mi rostro seguiría callado. Me muerdo el labio, pero soy incapaz de hacerlo con la suficiente fuerza como para que sangre. No soy débil, me digo, ni vulnerable, aun cuando todo me afecta. Debería morderme hasta sangrar, para sentirme a mí misma al menos, ya que no siento a los demás.


Miro a Sonia, mi dulce hermana, nada podría perturbarle el sueño en esta hora, mas me da miedo tocarla y que me descubra, ahora que no puede ver mi cara, ésa que no dice nada. Quizá sea en este momento, mientras duerme, cuando pueda saber todo lo que hay bajo la máscara. Es este instante sostenido lo que me asusta, este instante en el que no siento a nadie a mi alrededor, donde nadie me toca, donde nadie me hace sentir, sentir para ser consciente de que éste es mi cuerpo, aunque no sangre. Es este instante sostenido lo que me asusta, a pesar de que el sol volverá a salir mañana.

V

sábado, 25 de octubre de 2014

Autoestima

“La religión de todas las personas debería ser la de creer en sí mismos.” (Jiddu Krishnamurti)

Recorro lentamente su rostro con la yema de mis dedos, desde la sien hasta la barbilla. Me sonríe.
-Dime, ¿tienes mucha o muy poca autoestima?
Me mira sin comprender, le devuelvo la sonrisa, nerviosa, e intento explicarme:
-Creo que solo se puede tener mucha autoestima o poca, que no existe el término medio. Por eso te preguntaba, verás...

»Yo... a veces siento que tengo la autoestima por las nubes. Al comenzar el día, salgo del portal queriéndome comer el mundo. Ja, ja, es verdad, no me mires así. Observo a las personas y las veo tan a lo suyo que... no sé, creo que me pienso superior al saber que yo llevo muchas cosas sabidas ya. He leído el periódico y me he tomado un café mientras escuchaba a Sinatra. Sí, estoy loca por Sinatra. Dios, supongo que le habría odiado de haberlo conocido pero, no sé, es un señor tan elegante... bueno, era. En fin, no sé qué digo. Tampoco me creo superior por escuchar a Sinatra. Si me levantara y me pusiera a John Cage... Ja, ja, eso sí que sería bueno. Supongo que es la perspectiva del nuevo día; nuevo día, nuevas ilusiones, nuevas esperanzas, aunque los deseos... Mis deseos son siempre los mismos, tú ya lo sabes, pero en cierto modo me siento necesitada de cambiarlos. Es que... bueno, son tan poco feministas y yo me siento superfeminista. ¿He dicho "superfeminista"? Si pudiéramos grabar cada conversación y luego escucharnos... Ja, ja, vaya, sería tan patético... Además, creo que me pondría siempre la misma grabación, sí, la de aquel día... No serviría más que para anclarnos aún más en el pasado. Acabaría muriéndome de nostalgia, ¿se habrá muerto alguien de anhelo? Creo que yo podría, aunque no por la mañana, no. Por la mañana me siento poderosa, capaz de hacer cualquier cosa.

»A decir verdad, incluso por la tarde estoy bien, pero al caer la noche todo se cubre de gris. No me refiero solo al cielo, sino que siento que hay también como una niebla. Una niebla que aun así me permite ver a la gente, a las personas. Van en parejas o en grupo y yo, sin embargo, estoy sola. Y me miran y se ríen, se ríen entre ellos, lo que al principio me da envidia, pero luego creo que en verdad se están riendo de mí. En esa oscuridad siento que me voy a tropezar, que caeré, ¿has soñado alguna vez que te caías? Cielos, es un sueño tan recurrente, es ridículo, deberíamos darnos cuenta de que estamos soñando. Somos tan frágiles a veces, tan inútiles. ¿Ves lo que te digo? Por la mañana me creo la reina de todo y de todos, pero luego... no somos nadie. Bueno, yo no soy nadie, me da por pensar... y solo necesito un abrazo, solo eso. Intento escribir, pero no me sale nada. Luego leo, pero no me concentro y al final acabo por poner el televisor, no sabes la basura que echan. Lloro y al final todo se reduce a eso. Y no hay nadie, porque quien hubo, ahora sé que nunca más va a estar y si intento llenar su vacío con otros seres... Me siento tan inferior... Soy quien soy por las noches. No sirve de nada, acabo peor. Todo... se disuelve. Hace frío, abrazarme... abrázame, tengo frío. Hay niebla, mucha niebla, inútiles, me caigo, se ríen...

»Pero, perdona, estábamos hablando de ti.

V

martes, 2 de septiembre de 2014

El ideal

"Habló largo rato sobre el pasado, y comprendí que quería recuperar algo, quizás una idea de sí mismo." (F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby)

Condenados a dos mundos, el que soñamos y el que vivimos, pasan los días. Normalmente en el primero, formado por las etéreas alas de nuestra imaginación, el tiempo transcurre en una emoción continua, controlada siempre por un máximo creador al que todos conocemos bajo el nombre de el ideal. Por su parte, en el segundo mundo, los días se tornan monótonos, hasta que, de repente, en esa realidad que vivimos, se nos aparecen nuestros sueños, un nuevo amor comienza, y la perfección de ese día y los venideros es tal, que la existencia misma se transforma en fantasía.

Eso es lo que le pasó a mi compañero Arnaldo cuando se enamoró de mí.
Apenas sabíamos algo el uno del otro cuando empezamos a salir. Recuerdo que me llevó al teatro a ver una obra, supongo que vanguardista, donde los actores se desnudaban en pleno acto... Fue algo incómodo para una primera cita, sin embargo, he tratado numerosas veces de hacer memoria y, hasta la fecha, no he hallado una mejor.
Arnaldo era, y sigue siéndolo, una persona inusual, una de ésas que cuando encuentras te obligas a preservar. Acostumbrada a un mundo donde las personas tienen como libro de cabecera, en el supuesto caso de tener alguno, un manual acerca de la vida para indicarles que la suya no es aburrida, Arnaldo tenía a Rawls.
A las dos semanas de estar juntos creo que ya le había confesado todos mis temores y secretos. Sabía que estuve yendo a clases de ballet durante seis años y que actualmente no recordaba ni un solo paso, ni una mísera palabra en francés. Él me sonrió, podría haberse burlado o reído de mí, de mi inutilidad, de mi falta de memoria, pero no lo hizo. A cambio, empezó a enseñarme el lenguaje de la danza: Ne t'inquiète pas, me susurró al oído.

Al pensar ahora en ese instante, me doy cuenta de que en verdad Arnaldo nunca estuvo enamorado de mí, o al menos no de lo que yo ciertamente era entonces. Arnaldo tenía la esperanza, si no de que acabara convirtiéndome en una bailarina profesional, al menos sí de que escribiera una gran novela, una novela filosófica con personajes oscuros incapaces de encontrar su propia identidad.
Siempre me ha encantado la literatura, y el hecho de que Arnaldo se hubiera leído En busca del tiempo perdido o, mejor dicho, À la recherche du temps perdu, de principio a fin, me volvía loca.
Al cabo de un mes, yo ya estaba enamorada de él como nunca antes lo había estado, como nunca más lo volvería a estar.

Estuvimos juntos un total de siete meses, siete meses de idas y venidas, en los que yo escribía apenas cinco líneas a la semana, cinco líneas que ni siquiera eran buenas. Él siempre me apoyaba, me decía que al día siguiente ya escribiría más, que solo necesitaba concentrarme un poco, poner en orden mis ideas... pero nunca se me ocurría nada bueno. Con el paso de las semanas descubrí que él también escribía, y que lo que escribía eran cosas hermosas, cosas sobre el pasado, sobre mí, sobre nosotros.

Arnaldo había convertido mi persona en un ideal sacado de su propia mente y que yo nunca sería capaz de alcanzar. Me exigía demasiado... o puede que muy poco, apenas importa, porque quería que yo fuera, y él conmigo, algo que no éramos, algo que solo se ve en los libros, una fantasía de nuestro comienzo juntos. Quizá por ello insistía tanto en que escribiera.

Como decía, a los siete meses tuvimos que terminar con aquella majadería. No recuerdo quién dejó a quién, solo sé que si yo nunca llegué a ser el ideal de Arnaldo, él siempre fue el mío; así como que cada vez que intento empezar una relación con alguien, solo veo su falta de perfección en comparación con la que él tenía. 

Somos como ese tal Gatsby tratando de alcanzar nuestra propia luz verde, que un buen día llega hasta nosotros en forma de fantasía, pero que acaba por pasar de largo. Por ello, tenemos que recordar siempre que el ideal, oh, el ideal, como el pasado, nunca vuelve y que, incluso a veces, ni siquiera llega por vez primera.

V

martes, 29 de julio de 2014

Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver

"No puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino." (James Dean)

Esa vertiginosa sensación que se te echa encima cuando llega la bajada de una montaña rusa ha de ser la impresión que provoque saber que uno va a morirse próximamente. Kierkegaard decía algo así como que la angustia puede compararse con el vértigo. Saber que uno va a morir siendo joven aún debería ser esa angustia, ese vértigo. Sin embargo, yo no lo siento.

Últimamente la vida da estúpidas vueltas a mi alrededor. He estado pensando en cuando tenía dieciséis años, en las ilusiones, los fracasos y las renovadoras esperanzas. Nunca fui un muchacho alegre, pero deberíais mirarme ahora, siempre cabizbajo en un mundo de locos corrompido por sus gentes. Cuando cumplí los dieciocho pensé que sería guay comprarme seis cajetillas de tabaco y volverme un Lou Reed, en términos para nada musicales; pero no lo hice. ¿Sabéis cuántos cigarrillos me he fumado hasta la fecha? Ninguno. Supongo que al final opté por quedarme en casa jugando al Skyrim.

¿Sabéis qué también? No me he preocupado por mi aspecto. Ni siquiera he pensado en adquirir un traje para cuando llegue el día y, joder, si uno ha de pasarse el resto de su ¿eternidad? de alguna forma, digo yo que habrá de hacerlo un poco acicalado. En fin, que ni drogas, ni sexo, ni... nada. Eso sí, me he vuelto un tío culto. No sé por qué siempre me asustó la idea de no poderme leer los 129.864.880 libros que hace unos años dijo Google que existen en el mundo. Total, que aceleré mi marcha y creo que antes de palmarla conseguiré llegar a los 880 electos.


Me habría gustado dedicar mis últimas palabras a mi mujer e hijos, pero vaya, no tengo, es lo que tiene el puto cáncer. Bueno, ¿qué os voy a contar a vosotros? No es solo el cáncer, la vida es así. Unos mueren, otros viven y al de arriba no creo que le importe mucho quiénes sean los elegidos. Tampoco a mí me costó demasiado escoger 880 libros y dejar otros 129.864.000 en el camino. Pero no me compadezcáis, como yo no compadezco a James Dean o a Kurt Cobain. Ellos libraron su batalla y yo creo haber librado la mía, quizá no os parezca tan sugestiva como la de ellos, pero lo es. Todas las batallas son interesantes de contar y ser escuchadas, incluso las que nos cuentan nuestros abuelos.

No me va lo de dar sermones, ni mucho menos si han de ser morales, así que vayamos dejándolo ya. Creo que por muy seguro que os pueda parecer ahora, la angustia acabará tocando mi puerta con sus ásperos nudillos. Ese día llegará, lo sé, y supongo que pensaré en tirarme por la ventana o en darme un relajante baño para luego tratar de ahogarme a base de sales minerales. Sin embargo, no lo haré, igual que no me atreví en su día a que fuera el tabaco quien acabase conmigo. El deseo por la vida siempre ha tenido más fuerza y ése es el mensaje que quiero legar.

Nunca fui un muchacho alegre... pero al pensar ahora en la muerte, no sabéis cuánto agradezco la vida.

V

martes, 24 de junio de 2014

Cary Grant

"He lives for love, for women too, I'm one of many on his blue..." (Lana del Rey, Shades of cool)


Te encanta esa lacónica y deprimente cantante pop que es de todo menos pop. No intentes imitarme, la depresiva soy yo. Yo soy la que festejará con Neal Cassady, Allen Ginsberg y Carl Solomon tu inevitable caída. Porque yo voy a ganar esta partida, y tú no. Ya casi puedo escuchar los fuegos artificiales, sentir la arena de la playa... Y lo lamento, querida, pero es que en este infierno llamado amor solo caben tres: él, yo y, por supuesto, el bourbon. Así que deja de hacerte la Lolita, deshazte de esas ridículas gafas en forma de corazón y búscate a un novato como tú; el Cary Grant es mío.
Iremos a la ópera, al cine, al teatro y a esas exposiciones que albergan tal sobredosis de arte que acabas por marcharte sin saber si has visto algo o lo has dejado de ver. ¿Celosa? Bien, porque desde que te vi el otro día acostándote con él, no he parado de vomitar y de perfumarme con Chanel.

V

jueves, 29 de mayo de 2014

Automatismo nostálgico puro

"La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer." (Vicente Huidobro)


Esta noche tengo nostalgia de music halls, ballets triádicos y ángeles beat, de Quaaludes y de ese ron barato que ya no se vende en la esquina del Sur, de pasiones irrefrenadas en camas jamás antes usadas, sábanas seda color blanco roto. Nostalgia de tu voz desgarrada tras un teléfono cansado de oír sucias, perversas y corrompidas palabras, de gritos agónicos, de lágrimas falsas. La voz de la mentira retumba en mi cabeza al tiempo que veo vomitar la homofóbica discriminación que nos hizo tragar el sistema. Abro un diccionario, tomo un cuchillo, pero no hay significado alguno en lo que señalo, según Tristan Tzara. Nací débil y moriré igual, temiendo a los perros, llorando el silencio. Quiero correr hacia atrás, leer al revés, despertar y soñar. Soñar con Wilde, Orwell, Larra, Joyce, Unamuno y Beckett en una orgía literaria. Quiero despedir al poema para luego reencontrarlo y besarlo hasta la saciedad, revolcarme en sus rítmicos versos llenos de la improvisación propia del jazz. Porque ya lo he dicho, esta noche tengo nostalgia, nostalgia de ellos, de nosotros, de ti y de mí, de lo que nunca haremos y de lo que nunca nos atreveremos a hacer.

V

Pan de ajo

"Si la justicia existe, tiene que ser para todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia." (Paul Auster)

-Vamos, vamos, moveos, los de la 14 llevan por lo menos quince minutos esperando -apremia Luisa.
-No damos a basto, no sé por qué hoy ha venido tanta gente -comenta Emilio, mientras tira una caña a toda velocidad.
-Iris, ve cortando el pan, échale el ajo y pon el horno a unos 170º -ordena Luisa, con el ceño fruncido.
-Pero...
-No hay peros que valgan, ya has visto el lío que tenemos montado, así que, venga, estás tardando.
-Voooy -responde Iris, dirigiéndose a la cocina.

Una vez en ella, ve cómo los cocineros vuelan de un lado para otro, no son muchos, pero parecen ocuparlo todo. A algunos les caen gotas de sudor por el rostro. La verdad es que ahí dentro, hace mucho calor. No le cabe la menor duda, tiene que ayudar, cuanta más ayuda, mejor.
Tras un par de ojeadas, encuentra un espacio libre, coge la barra de pan que guardan detrás de la puerta y se dirige a su pequeño trozo de encimera. Corta el pan en rebanadas. Lo ha visto antes, aunque Luisa no se lo haya indicado, tiene que ir a por la mantequilla a la nevera. De camino, enciende el horno, es extraño, pero nadie lo está utilizando, todos están calentando cosas en las sartenes o cortando embutido. 
Busca el ajo, lo machaca; el perejil; la pimienta y la sal, y echa un poco de todo en un cuenco, donde lo bate junto con la mantequilla.
Unta las rebanadas de pan con la extraña mezcla, las envuelve en papel de plata y las mete en el horno. Pasados cinco minutos, saca el pan. Lo olfatea... le encanta el olor del pan recién hecho. Le quita el papel, y otra vez dentro, solo tres o cuatro minutitos más. Tiene que quedar crujiente. ¡Listo!
Le pregunta a Diego, que ha dejado la sartén y ahora está cortando fresas, dónde están los platos pequeños y, una vez que los encuentra, pone tres rebanadas por plato. Los deja en su rincón y vuelve a la barra.


-Ya está -le dice a Elisa.
-¿Ya? Fenomenal. Pues ahora coges uno de los platos de pan que has preparado, sirves una botella de agua de medio litro y una jarra de tinto y lo llevas todo en una bandeja a la mesa 2, que han pedido las bebidas hace ya diez minutos -ordena.
-Pero eso va a pesar mucho...
-Tú puedes, campeona.
Le ha llamado campeona... Iris podía, Iris podía con eso y con mucho más porque era una campeona.
-En un segundo lo tienen, mami.

Pero, en un segundo, a Iris se le cae la bandeja con todas las bebidas sobre los comensales de la 2.
-Lo siento, lo siento... -susurra.

-Señora, ¡voy a denunciarla por explotación infantil! Si no puede con todo este trabajo, contrate a más personal, ¡que no creo que les vaya tan mal el negocio!
-No chille, por favor... -implora Iris.
Luisa se acerca a la mesa.
-Lo siento, caballero, no volverá a pasar...
-No, claro que no, nos vamos. Venga, Cristina -dirigiéndose a la persona con la que está sentado-, yo ya no quiero comer aquí.
-Vale, voy, voy, pero cariño... ¿has probado este pan? ¡Está buenísimo!

-Iris, cielo -la llama Luisa-, ve a hacer más pan para los señores.

V

miércoles, 16 de abril de 2014

En petit comité

"El que quiera ser el centro de una reunión, mejor que no acuda." (Audrey Hepburn)

-Vamos, Antonio, léenos algo.
-"La Unión Europea y Estados Unidos volvieron a amenazar este miércoles con incrementar las sanciones si Rusia da un solo paso más en Ucrania, y sobre todo elevaron varios peldaños su apu...".
-¡Algo tuyo, Antonio! -lo interrumpieron.
-Se nos va a quedar frío el café -comentó, ojeando aún El País.
-Vamos, vamos, no te hagas de rogar.
-Una brisa gélida azotó la ciudad en niebla...
-¡Eso es, camarada!
-... no pudiendo yo reprimir un escalofrío. Había llegado a Madrid, estaba seguro. Pensé en esconderme, mas sabía que resultaría en vano. Tenía que afrontarlo, debíamos tener la conversación y seguir con nuestras respectivas vidas, ya fuese juntos o separados. El sonido de las bocinas de los coches me inquietaba, el de los zapatos de tacón de las señoras me retumbaba en los oídos y las risas de la chiquillería jugando en las calles me perturbaba, dañando mi alma antes sosegada.
Empecé a correr por las calles, de Libreros fui a Jacometrezo, llegando a la plaza de Santo Domingo, y desde la plaza bajé la cuesta. Torcí a la izquierda, hacia la plaza de Isabel II y miré el Café... ¿debía entrar?
-¡Pero si es donde estamos! Que entre, que entre, que lo acogemos también -dijo Miguel, haciendo señas con las manos como para indicar que el personaje entrase.
-Me suena esta canción... -interrumpió Francisco Javier, prestando atención a lo que estaba sonando en el Café-, ¿es jazz o es otra cosa? La verdad es que no sé diferenciar entre el soul, el jazz, el blues...
-Es jazz, sin duda -respondió Manuel, mientras se llevaba un trozo de tarta a la boca-. Pero tampoco yo la conozco -masculló.
-Vamos, Antonio, sigue. ¿Nos vamos a encontrar con tu personaje aquí, en el Café del Real? -medió rogó Miguel.
-No, no, no creo. Se supone que la narración transcurre en una época pasada... ¿sabéis desde cuándo existe este Café?
-La verdad es que no tengo ni idea -le respondió.
-Ni yo.
-Tampoco yo.
-Quizá sea de finales del siglo XIX, principios del XX...
-Yo creo que es más actual, aunque quiera aparentar otra época. En fin, continúa.
-No tengo más -confesó Antonio.
Sus compañeros guardaron silencio, compadeciéndolo quizá.

-¿Con qué estáis? -preguntó al fin Miguel, interrumpiendo la quietud.
-¿Leyendo, dices? Yo estoy con Carver, me encanta ese hombre, quién pudiera escribir así... -le contestó Francisco Javier.
-Antonio puede.
-Es cierto, de hecho deberíamos irnos. Tienes que acabar esa historia, Antonio -lo apremió Manuel-. ¡Jefe, la cuenta, por favor!

Tras pagar, los cuatro amigos abandonaron el Café del Real, perdiéndose cada uno por una calle, buscando sus hogares. Por su parte Antonio siguió la ruta que había ideado, Libreros, la cuesta de Santo Domingo... y volvió al Café. Entró de nuevo y se sentó en una de las mesas del fondo, una más pequeña donde lo aguardaban dos sillas.

Pensó en ponerse a escribir pero entonces la vio entrar. De todos modos, no tenía nada que contar. Como había escogido una mesa del fondo creyó que, con suerte, podría no verlo, pero lo cierto es que el Café era más bien pequeño y enseguida se acercó hacia él. Iba erguida, caminando con paso decidido... Una parte de él se desvivía por cruzar aunque solo fuera media palabra con ella; la otra parte, le pedía huir. Sentía miedo. Al fin llegó a la mesa. Lo saludó con la mirada y no con los labios. Ella sabía que no debía darle dos besos, que dos besos para Antonio eran como hacerle saber que eran solo amigos y, aunque quizá no existía otro término para definir lo que eran, no se los dio.
-¿Puedo sentarme contigo? -preguntó.
-Claro, por supuesto.
-Acabo de llegar a Madrid y estoy muy cansada...
-Lo sé.
-¿Quién te lo ha hecho saber? Creía no habérselo contado a nadie.
-No, no, bueno, en realidad no lo sabía. Es solo que... anoche empecé a escribir una historia...
-¿Has vuelto a escribir? -se extrañó, lo cual zaherió un poco a Antonio.
-Sí, bueno, en realidad no. Es solo un fragmento, un par de líneas... no se puede decir que haya vuelto a escribir. El caso es que me imaginé que venías, barrunté que así era, y que yo estaba aquí, en el Café del Real. Y hoy, al hablar con mis compañeros, al contarles nuestra... mi historia, quiero decir, no sé, creí, presentí... es igual.
-Siempre estás con lo mismo, Antonio. Tus historias son simplemente historias, cuentos, fantasía. A veces son muy buenas, pero no son presagios de nada. Tienes que dejar de creer en ellas e incluso cambiar de amistades. Ya sabes que a mí me caen muy bien tus amigos, son personas buenas en las que se puede confiar, pero esas reuniones vuestras... solo alientan tu imaginación.
-Pero esa imaginación mía te ha traído hoy aquí, Linda.
-No, Antonio, no. No estoy aquí por ningún presagio tuyo. ¿Por qué crees que estoy aquí?
-Porque me echas de menos.
-No estamos juntos. Llevamos años sin estar juntos...
-Pero no eres capaz de decirme que no me quieres.
-Antonio, yo no... -titubeó.
-Dilo.
-No puedo, pero la vida no es...
-Yo tampoco puedo -interrumpió él.
Linda se quedó mirándole. Una lágrima cayó de sus ojos grises...
-Me voy a casar -zanjó sin darle más vueltas, al tiempo que le mostraba a Antonio el anillo de su mano derecha.

-¿Les pongo un café a los señores? -preguntó un camarero.
-Mejor traiga whisky -respondieron los dos a la vez.

V

martes, 18 de marzo de 2014

Una colchoneta de playa para un día soleado

"¡La doctrina de la igualdad!… Pero si no existe veneno más venenoso que ése: pues ella parece ser predicada por la justicia misma, mientras que es el final de la justicia..." (Friedrich Nietzsche)

Creía que el sol nunca volvería a salir. Pero por suerte me equivocaba y aquí está de nuevo. Edel está radiante, se pasea de un lado a otro de la casa sin parar, silbando una vieja canción que creía ya olvidada. La veo venir hacia mí, me pregunta si se pinchó la colchoneta la última vez que fuimos a la playa, le contesto que no, que debe andar por el trastero, y volotea hacia el interior de nuestro hogar en busca del artículo de playa.
Hemos invitado a una merienda-cena a mi hermano, al que creía yo solterito de oro. Se divorció de su mujer el otoño pasado y se fue a Londres, con el deseo de superar la ruptura. ¡Y tanto que la superó! Antes de ayer me llamó, para contarme que volvía a España y que lo hacía acompañado... ¡El muy truhán! Qué ganas tengo de verlo...
-Edelmira, ¿has sacado ya la nevera portátil? -le pregunto a mi mujer.
-No me llames así; ya sabes que no me gusta. Y no, sigo buscando la colchoneta, que no la encuentro, ¿seguro que la guardamos en el sótano? -duda.
-Hay que joderse, ¡pues habrá que meter las cervezas para que estén frías!
-¡Ahora voy! Si no, que vayan a la nevera de la cocina...
-Sí, hombre, y que vean cómo has dejado la pared.
-Te recuerdo que no fue culpa mía, si hubieras estado pendiente... -se excusa.
-Ya, venga, lo que tú digas.
-Sabes que es cierto, que si me ayudaras un poquito, eso no habría pasado.
-Vale, vale, no quiero discutir. Saca la nevera pequeña, que yo voy a buscar el trozo de plástico ése, que vaya perra te ha entrado, si lo mismo ni se quieren bañar en la piscina.
-Ya verás como sí, que en Londres hace siempre muy malo.

No encuentro la colchoneta, quizá nos la hayamos dejado en la casa de la playa. Subo del sótano y salgo al jardín para ver si todo está en orden. Edel ha llenado la mesa de jamón ibérico, queso curado, pan, espárragos y hasta gambas, y ha colocado en el centro un par de velones para cuando caiga la noche.
-Qué bien lo has dejado todo, cariño.
-Lo sé -comenta, satisfecha de sí-. Voy a subir a cambiarme, que deben de estar al caer. ¿Has encontrado la colchoneta?
-No, lo siento, seguramente se quedó en la playa.
-Vaya... Bueno, ahora bajo.
-Aquí te espero -contesto, mientras ella sube de dos en dos la escalera que lleva a las habitaciones.


Diez minutos más tarde suena el timbre y aparece mi hermano tras la puerta. Se ha cortado el pelo; le hace lucir más joven. Detrás de él aparece un chaval, de su misma edad o de, quizá, un par de años menos.
-¡Hugo, ¿qué tal?! -le saludo, dándole un abrazo.
-Muy bien, hermano, contento de estar ya en España. Qué alegría me da verte, estás igual que cuando me fui.
-Ja, ja, eso intento... -le digo-. ¿Con quién has venido? ¿No te ibas a traer a la novia?
-No, no, yo solo te dije que iba a venir con pareja, no que fuera una mujer.

-¡Hugo! ¿Cómo estás? ¡Qué guapo te veo! -exclama Edel, que acaba de llegar al vestíbulo-. Pero pasa, pasa, no os quedéis ahí. ¿Con quién has venido?
-Él es Edwin, pero le podéis llamar Ed.
-Oh, vaya, mira, encantada, yo soy Edelmira, todo el mundo me conoce como Edel, pero me puedes llamar Ed también, así de fácil -ríe ante su ingeniosidad.
-Creo que no te ha entendido, aún sabe muy poco español -cuenta mi hermano.
-Bueno, no importa. Vamos al jardín, que es donde lo he puesto todo. Hemos preparado ya la piscina, no sé si os querréis bañar...
-La verdad es que hemos traído bañador. Tenía la esperanza de poderme dar un remojo, he echado tanto de menos este clima...
-¡Lo sabía! Se lo había dicho a Germán, ¿verdad, cariño? -su pregunta es retórica, así que no la contesto-. Aunque ha estado haciendo muy malo, supongo que porque todavía no es verano realmente... ¡Pero mira qué día el de hoy, quién diría que estamos en mayo! Llevamos toda la mañana buscando la colchoneta. Me encanta tumbarme encima y poder tomar el sol al mismo tiempo que meto los dedos en el agua, ¡es tan relajante! Pero nada, debemos habérnosla dejado en la casa de la playa. ¡A ver cuándo os venís a verla! Es fantástica...

¿Hugo, gay? ¿Desde cuándo? ¿Qué es esto? Primero sale con Rebeca, luego se casa con Alicia, ¿y ahora Edguin? ¿No le bastaba con haberse comprometido? No, había que probarlo todo, y para eso, claro, tenía que liarse con un homosexual extranjero. Que digo yo que si lo que quería era tirarse a un hombre, no hacía falta que se fuera a Gran Bretaña...

-¿No vienes, Germán? -me pregunta Edel.
-Ahora voy.
-¡Te esperamos en la piscina! -grita.

Y a mi mujer le da igual. Será cosa mía, que estaré anticuado... Total, ¿qué más da? Todavía es joven, que se divierta, que haga lo que le dé la gana, que ya encontrará a una que le haga asentar la cabeza. Eso sí, no se tendría que haber casado. Pobre Alicia... a lo mejor, con un poco de suerte y todo, consigue volver con ella, nunca es demasiado tarde.

Necesito una cerveza. En menudo desastre ha convertido Edel la cocina... Seré tonto, si he metido las latas en la neverita...
Salgo al jardín a por ellas.

-¡Germán, Germán! -grita Edel entusiasmada nada más verme-. ¡He encontrado la colchoneta! ¿Ves cómo no nos la habíamos dejado en la otra casa? Sabía yo... Pero está pinchada, tal y como recordaba. Aun así, mira, he encontrado un balón de estos, también hinchables, vamos a jugar al volley en el agua, ¿te apuntas?
-No, gracias, me voy a tomar una cerveza.
-Va, no seas soso.
-No, no, no me apetece, luego si eso -digo, sentándome en una pequeña silla de playa que Edel ha dejado sobre el bordillo.
-Está bien, tú te lo pierdes -me espeta.

Se ha nublado el cielo y está empezando a chispear. Con lo claro que estaba el día... Creo que mañana llamaré a Alicia... o a Rebeca. Si es que solo hay que mirarlos... El chaval da a la pelota como una nenaza, en cambio mi hermano... Estoy seguro de que el capricho éste se le pasará en dos días.
-¡Vamos, Ed! ¡Que se entere Hugo de cómo se juega! -lo anima Edel.
El chico da a la pelota y, esta vez, consigue hacerlo con fuerza, pero sin dominar la dirección. El balón no se dirige a mi hermano, sino a mi cabeza. Suelto la cerveza para protegerme, siento cómo se derrama el líquido por mi pecho y, aunque cojo el balón a tiempo, noto cierto balanceo en la sillita. Creo que me voy a caer...

-Are you OK, German? -me pregunta el inglés.
-Ayúdame a levantarme, joder.
-Pinchado, ball.
-¿Qué coño dices?
-La ball, pelota, pinchado también. 

V

domingo, 23 de febrero de 2014

Un destino ineludible

"Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente." (William Shakespeare) 


Me condujeron por lo que parecía un pasillo sombrío, el cual acababa en una amplia sala. Andaba con lentitud, sabía lo que me aguardaba, que no debía estar nervioso, pero mi cuerpo me traicionaba. Llegué a la sala en la cual se hallaba una silla que debía ocupar, no estaba cuidada, pero me indicaron que tenía que sentarme, y eso hice. Me ataron las muñecas y los tobillos, con una fuerza digna de un torniquete, y me dieron un mordedor, era de goma y parecía usado, aunque no era momento para ponerse escrupuloso. Después, vino un casco metálico, me pareció imponente, me dijeron adiós, sin ningún pesar dado que en sus caras solo había alegría, y pude escuchar un interruptor seguido del sonido de la corriente. Entonces un espectador se levantó y tropezó con las escaleras del palco haciéndome perder la concentración. Miré al resto de la compañía de actores; el espectáculo debía continuar.

D, mi hermano

miércoles, 22 de enero de 2014

El vaso

"Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?" (Fernando Pessoa)

Vera se levantó precipitadamente de la mesa cuando trajeron los postres. Dijo que tenía que ir al baño, que no podía esperar. Nadie probó bocado en los siguientes cinco minutos. Finalmente, les pedí a aquellas mujeres y aquellos hombres que poco conocía que siguieran comiendo, que iría a ver qué la sucedía.
Le di un último trago a mi vaso de agua, tenía la garganta seca y el pálpito de que algo iba mal. Me levanté de la mesa y me acerqué a los lavabos, miré de reojo en el de las chicas para saber desde fuera si había alguien, me pareció que no, así que empecé a gritar el nombre de Vera. No hubo respuesta.
Me decidí a entrar. La puerta de uno de los cuatro retretes que había estaba cerrada.
-¿Vera? -volví a preguntar.
De nuevo obtuve el silencio como contestación y pensé que Vera se habría ido a otro lugar, a la calle en busca de aire, a casa o quizá a un bar a tomarse una cerveza. Acostumbraba a salir por las noches, decía que no podía dormir. Luego por las mañanas se paseaba deambulando por la casa envuelta en una bata de seda, sin nada debajo y muerta de sueño.
Entonces escuché un pequeño sollozo y después el sonido del dispensador del rollo de papel higiénico.
-¿Vera? ¿Eres tú? ¿Estás bien? Vamos, sal. No es muy agradable estar en un baño que no te corresponde... Podría entrar alguien.
-Estoy bien, Edu, ahora voy -me contestó en un susurro.
-¿Qué ocurre?
-Nada, enseguida se me pasa.
-¿Puedes salir?
-Ahora voy.
-Por favor... -necesitaba verla, comprobar que todo estaba bien.
Oí cómo tiraba de la cadena y después desenganchaba el cerrojo de la puerta. Finalmente salió, tenía los ojos llorosos, temblaba un poco y se enjugaba las lágrimas con los dedos de un modo tan delicado que sentí cómo por dentro se me removía algo, algo que me decía que la protegiera, que tenía que impedir que se rompiera en mil pedazos.
-Vera, ¿qué sucede? -inquirí, tomándola de las manos.
-Nada -volvió a repetirme y se deshizo de mis dedos.
-Está bien. No insisto más, pero hemos venido aquí para cenar con tus amigas, que, ¡diantre!, son guapísimas. Aunque no tanto como tú... Quiero decir, perdona, no es el momento de...
-Sí, sí que es el momento.
-¿De qué? Ya sabes que no tengo ojos para nadie. ¿Es por eso, Vera? Mira, sí, son preciosas esas chicas, pero, vaya, son algo tontas. Es decir, ya sé que son tus amigas, pero... No lo estoy arreglando. Soy un imbécil.
-No es eso y no eres imbécil. Ya sé que son guapas y tontas, pero en algo te equivocas.
-No quería decir que son tontas.
-Edu, esas chicas no son mis amigas, ¿no te das cuenta?
-¿Cómo que no son tus amigas? Si son Patri, María, Lluvia, Alejandra... de las que siempre hablas.
-Yo no tengo amigas -pronunció despacio, deteniéndose en cada una de las cuatro palabras-. Ellas son... digamos que mis compañeras de trabajo.
-No entiendo. ¿Qué trabajo?
A pesar de que se esforzaba por retenerlas, un par de lágrimas corrieron por su rostro.
-No hay ninguna herencia. Te mentí. No podía decirte la verdad, no me atrevía. Pero ahora es distinto, ahora todo es distinto. Verás, no... no... no soy rica. 
-¿Qué quieres decir?
-¿No lo ves? ¿No te das cuenta?
-¿¡De qué me tengo que dar cuenta!? -perdí los nervios.
-¡De que son putas, Eduardo! -chilló- Bueno, somos. De lujo, pero prostitutas al fin y al cabo.
-Vera, no lo dices en serio... Hay por aquí una cámara o algo así, ¿verdad? Por eso no entra nadie en el baño, es por eso, ¿eh?
Pero mientras me intentaba convencer, todo lo que no había entendido hasta ahora de nuestra relación empezaba a cobrar sentido. Las escapadas nocturnas, las amigas a las que nunca llamaba, el dinero que no paraba de crecer, el cansancio, el pudor que sentía hacia mí...
-Edu, estoy enamorada de ti. Y sé que tú también me quieres, pero no por lo que soy. Si te he traído hoy aquí, si te he presentado a esas chicas, es para que sepas, para que comprendas por qué no podemos seguir juntos, no así... Yo te quiero, te quiero de verdad y no puedo soportar seguir engañán...
-Eres una zorra -mascullé, escupiéndola en la cara.


Después de insultarla, aquel día me fijé por última vez en sus ojos. Las lágrimas los inundaban, también sus mejillas, sus labios... todo. Al instante, me repudié más a mí mismo que a ella. Acababa de conseguir lo único que no quería que sucediera aquella noche: romperla. Cuando salí del lavabo de mujeres, cerré la puerta de un portazo y sentí como si del golpe un vaso de cristal se hubiese caído, desbordándose su líquido, haciéndose añicos, rompiéndose en mil pedazos también. Era un vaso de agua. Mi vaso.

V

miércoles, 1 de enero de 2014

(Como siempre) Feliz año nuevo

"Un hombre no aprende a comprender nada a no ser que lo ame." (Johann W. Goethe)

-Ponme un whisky.
-Siempre estás bebiendo.
-No, en realidad no.
-Nunca te veo sobrio.
-Eso no significa que esté siempre bebiendo.
-Ya, claro, lo que tú digas.
Siempre es una palabra inaccesible, metafísica diría yo, horrible, aún más que su antónimo nunca. Juntos para siempre... Me dan escalofríos.

Decía la verdad, no siempre estaba ebrio. De hecho, gustaba normalmente de pedir un zumo de naranja recién exprimido. Pero cuando iba con ella... cuando iba con ella siempre tomaba whiskys.
Se sentaron en el sofá. Leire no paraba de parlotear, siempre me ha parecido algo estúpida, pero eso tampoco ha evitado que dejara de sentirme a cada instante atraído por ella. Cuando te mira, lo hace con fijeza, es una mirada firme, intensa, aunque las más de las veces su cabecita rubia parece estar en otra parte, en un sueño quizá. Solo ella lo sabe. Creo que Aitor no ha soportado nunca que ella estuviese en otro mundo... puede que por eso beba, para enajenarse de la vida él también.
En cambio, yo creo que podría haberlo sobrellevado, y Leire lo sabe. Al fin y al cabo, me dedico a lo mismo que ella, a vivir de otra realidad, de otras vidas, de seres que no existen. Me encanta ser escritor, pero preferiría poder vivir de leer. Ya sabes, escribir es como vivir con uno mismo, de las ideas, de los deseos, de las emociones de uno. En cambio, al leer, al verme reflejado en los personajes de los demás, siento que no estoy solo. Siempre he creído que los personajes de los libros tienen algo, si no mucho, del escritor que los dio vida y éste, el escritor, no es una fantasía más, sino un ser de carne y hueso. Alguien con quien poder compartir conversaciones. Alguien como tú. Alguien como yo.

Faltaban quince minutos para las 12. El camarero nos trajo una copa de champagne a cada uno y un pequeño plato con doce uvas decoradas con lo que parecía sirope de chocolate. Miré a mi buen amigo Aitor, quien para las 12 estaría ya borracho, y luego miré a Leire y traté de perseguir su mirada, que parecía estar fija en las parejas que abandonaban la pista de baile para dirigirse a sus mesas.
Supuse que deseaba bailar ella también. Con Aitor, imagino, o quizá con cualquiera que no fuese Aitor. Yo bailaría con ella... Ahora mismo. Dejaría que nos dieran las 12 bajo la inmensa lámpara de cristal que se hallaba sobre el centro de la pista, esa lámpara que permite pasar por su través las luces de los focos, iluminándolo todo, iluminándonos a nosotros.
-Adrián, queda medio minuto, coge tu plato.


La voz de Leire cortó las alas de mis pensamientos, y entonces todos gritaron cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡Feliz año nuevo! Y ella besó a Aitor en los labios, mientras su mirada se dirigía con entereza a aquel ser que, como siempre, se hallaba tras él. La mano de Leire elevó la copa de champagne como si fuera conmigo con quien deseara brindar en ese primer íntimo segundo que daba la bienvenida al año nuevo.

V