Llegar a la música por el camino de las palabras...

miércoles, 22 de enero de 2014

El vaso

"Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?" (Fernando Pessoa)

Vera se levantó precipitadamente de la mesa cuando trajeron los postres. Dijo que tenía que ir al baño, que no podía esperar. Nadie probó bocado en los siguientes cinco minutos. Finalmente, les pedí a aquellas mujeres y aquellos hombres que poco conocía que siguieran comiendo, que iría a ver qué la sucedía.
Le di un último trago a mi vaso de agua, tenía la garganta seca y el pálpito de que algo iba mal. Me levanté de la mesa y me acerqué a los lavabos, miré de reojo en el de las chicas para saber desde fuera si había alguien, me pareció que no, así que empecé a gritar el nombre de Vera. No hubo respuesta.
Me decidí a entrar. La puerta de uno de los cuatro retretes que había estaba cerrada.
-¿Vera? -volví a preguntar.
De nuevo obtuve el silencio como contestación y pensé que Vera se habría ido a otro lugar, a la calle en busca de aire, a casa o quizá a un bar a tomarse una cerveza. Acostumbraba a salir por las noches, decía que no podía dormir. Luego por las mañanas se paseaba deambulando por la casa envuelta en una bata de seda, sin nada debajo y muerta de sueño.
Entonces escuché un pequeño sollozo y después el sonido del dispensador del rollo de papel higiénico.
-¿Vera? ¿Eres tú? ¿Estás bien? Vamos, sal. No es muy agradable estar en un baño que no te corresponde... Podría entrar alguien.
-Estoy bien, Edu, ahora voy -me contestó en un susurro.
-¿Qué ocurre?
-Nada, enseguida se me pasa.
-¿Puedes salir?
-Ahora voy.
-Por favor... -necesitaba verla, comprobar que todo estaba bien.
Oí cómo tiraba de la cadena y después desenganchaba el cerrojo de la puerta. Finalmente salió, tenía los ojos llorosos, temblaba un poco y se enjugaba las lágrimas con los dedos de un modo tan delicado que sentí cómo por dentro se me removía algo, algo que me decía que la protegiera, que tenía que impedir que se rompiera en mil pedazos.
-Vera, ¿qué sucede? -inquirí, tomándola de las manos.
-Nada -volvió a repetirme y se deshizo de mis dedos.
-Está bien. No insisto más, pero hemos venido aquí para cenar con tus amigas, que, ¡diantre!, son guapísimas. Aunque no tanto como tú... Quiero decir, perdona, no es el momento de...
-Sí, sí que es el momento.
-¿De qué? Ya sabes que no tengo ojos para nadie. ¿Es por eso, Vera? Mira, sí, son preciosas esas chicas, pero, vaya, son algo tontas. Es decir, ya sé que son tus amigas, pero... No lo estoy arreglando. Soy un imbécil.
-No es eso y no eres imbécil. Ya sé que son guapas y tontas, pero en algo te equivocas.
-No quería decir que son tontas.
-Edu, esas chicas no son mis amigas, ¿no te das cuenta?
-¿Cómo que no son tus amigas? Si son Patri, María, Lluvia, Alejandra... de las que siempre hablas.
-Yo no tengo amigas -pronunció despacio, deteniéndose en cada una de las cuatro palabras-. Ellas son... digamos que mis compañeras de trabajo.
-No entiendo. ¿Qué trabajo?
A pesar de que se esforzaba por retenerlas, un par de lágrimas corrieron por su rostro.
-No hay ninguna herencia. Te mentí. No podía decirte la verdad, no me atrevía. Pero ahora es distinto, ahora todo es distinto. Verás, no... no... no soy rica. 
-¿Qué quieres decir?
-¿No lo ves? ¿No te das cuenta?
-¿¡De qué me tengo que dar cuenta!? -perdí los nervios.
-¡De que son putas, Eduardo! -chilló- Bueno, somos. De lujo, pero prostitutas al fin y al cabo.
-Vera, no lo dices en serio... Hay por aquí una cámara o algo así, ¿verdad? Por eso no entra nadie en el baño, es por eso, ¿eh?
Pero mientras me intentaba convencer, todo lo que no había entendido hasta ahora de nuestra relación empezaba a cobrar sentido. Las escapadas nocturnas, las amigas a las que nunca llamaba, el dinero que no paraba de crecer, el cansancio, el pudor que sentía hacia mí...
-Edu, estoy enamorada de ti. Y sé que tú también me quieres, pero no por lo que soy. Si te he traído hoy aquí, si te he presentado a esas chicas, es para que sepas, para que comprendas por qué no podemos seguir juntos, no así... Yo te quiero, te quiero de verdad y no puedo soportar seguir engañán...
-Eres una zorra -mascullé, escupiéndola en la cara.


Después de insultarla, aquel día me fijé por última vez en sus ojos. Las lágrimas los inundaban, también sus mejillas, sus labios... todo. Al instante, me repudié más a mí mismo que a ella. Acababa de conseguir lo único que no quería que sucediera aquella noche: romperla. Cuando salí del lavabo de mujeres, cerré la puerta de un portazo y sentí como si del golpe un vaso de cristal se hubiese caído, desbordándose su líquido, haciéndose añicos, rompiéndose en mil pedazos también. Era un vaso de agua. Mi vaso.

V

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