Llegar a la música por el camino de las palabras...

miércoles, 16 de abril de 2014

En petit comité

"El que quiera ser el centro de una reunión, mejor que no acuda." (Audrey Hepburn)

-Vamos, Antonio, léenos algo.
-"La Unión Europea y Estados Unidos volvieron a amenazar este miércoles con incrementar las sanciones si Rusia da un solo paso más en Ucrania, y sobre todo elevaron varios peldaños su apu...".
-¡Algo tuyo, Antonio! -lo interrumpieron.
-Se nos va a quedar frío el café -comentó, ojeando aún El País.
-Vamos, vamos, no te hagas de rogar.
-Una brisa gélida azotó la ciudad en niebla...
-¡Eso es, camarada!
-... no pudiendo yo reprimir un escalofrío. Había llegado a Madrid, estaba seguro. Pensé en esconderme, mas sabía que resultaría en vano. Tenía que afrontarlo, debíamos tener la conversación y seguir con nuestras respectivas vidas, ya fuese juntos o separados. El sonido de las bocinas de los coches me inquietaba, el de los zapatos de tacón de las señoras me retumbaba en los oídos y las risas de la chiquillería jugando en las calles me perturbaba, dañando mi alma antes sosegada.
Empecé a correr por las calles, de Libreros fui a Jacometrezo, llegando a la plaza de Santo Domingo, y desde la plaza bajé la cuesta. Torcí a la izquierda, hacia la plaza de Isabel II y miré el Café... ¿debía entrar?
-¡Pero si es donde estamos! Que entre, que entre, que lo acogemos también -dijo Miguel, haciendo señas con las manos como para indicar que el personaje entrase.
-Me suena esta canción... -interrumpió Francisco Javier, prestando atención a lo que estaba sonando en el Café-, ¿es jazz o es otra cosa? La verdad es que no sé diferenciar entre el soul, el jazz, el blues...
-Es jazz, sin duda -respondió Manuel, mientras se llevaba un trozo de tarta a la boca-. Pero tampoco yo la conozco -masculló.
-Vamos, Antonio, sigue. ¿Nos vamos a encontrar con tu personaje aquí, en el Café del Real? -medió rogó Miguel.
-No, no, no creo. Se supone que la narración transcurre en una época pasada... ¿sabéis desde cuándo existe este Café?
-La verdad es que no tengo ni idea -le respondió.
-Ni yo.
-Tampoco yo.
-Quizá sea de finales del siglo XIX, principios del XX...
-Yo creo que es más actual, aunque quiera aparentar otra época. En fin, continúa.
-No tengo más -confesó Antonio.
Sus compañeros guardaron silencio, compadeciéndolo quizá.

-¿Con qué estáis? -preguntó al fin Miguel, interrumpiendo la quietud.
-¿Leyendo, dices? Yo estoy con Carver, me encanta ese hombre, quién pudiera escribir así... -le contestó Francisco Javier.
-Antonio puede.
-Es cierto, de hecho deberíamos irnos. Tienes que acabar esa historia, Antonio -lo apremió Manuel-. ¡Jefe, la cuenta, por favor!

Tras pagar, los cuatro amigos abandonaron el Café del Real, perdiéndose cada uno por una calle, buscando sus hogares. Por su parte Antonio siguió la ruta que había ideado, Libreros, la cuesta de Santo Domingo... y volvió al Café. Entró de nuevo y se sentó en una de las mesas del fondo, una más pequeña donde lo aguardaban dos sillas.

Pensó en ponerse a escribir pero entonces la vio entrar. De todos modos, no tenía nada que contar. Como había escogido una mesa del fondo creyó que, con suerte, podría no verlo, pero lo cierto es que el Café era más bien pequeño y enseguida se acercó hacia él. Iba erguida, caminando con paso decidido... Una parte de él se desvivía por cruzar aunque solo fuera media palabra con ella; la otra parte, le pedía huir. Sentía miedo. Al fin llegó a la mesa. Lo saludó con la mirada y no con los labios. Ella sabía que no debía darle dos besos, que dos besos para Antonio eran como hacerle saber que eran solo amigos y, aunque quizá no existía otro término para definir lo que eran, no se los dio.
-¿Puedo sentarme contigo? -preguntó.
-Claro, por supuesto.
-Acabo de llegar a Madrid y estoy muy cansada...
-Lo sé.
-¿Quién te lo ha hecho saber? Creía no habérselo contado a nadie.
-No, no, bueno, en realidad no lo sabía. Es solo que... anoche empecé a escribir una historia...
-¿Has vuelto a escribir? -se extrañó, lo cual zaherió un poco a Antonio.
-Sí, bueno, en realidad no. Es solo un fragmento, un par de líneas... no se puede decir que haya vuelto a escribir. El caso es que me imaginé que venías, barrunté que así era, y que yo estaba aquí, en el Café del Real. Y hoy, al hablar con mis compañeros, al contarles nuestra... mi historia, quiero decir, no sé, creí, presentí... es igual.
-Siempre estás con lo mismo, Antonio. Tus historias son simplemente historias, cuentos, fantasía. A veces son muy buenas, pero no son presagios de nada. Tienes que dejar de creer en ellas e incluso cambiar de amistades. Ya sabes que a mí me caen muy bien tus amigos, son personas buenas en las que se puede confiar, pero esas reuniones vuestras... solo alientan tu imaginación.
-Pero esa imaginación mía te ha traído hoy aquí, Linda.
-No, Antonio, no. No estoy aquí por ningún presagio tuyo. ¿Por qué crees que estoy aquí?
-Porque me echas de menos.
-No estamos juntos. Llevamos años sin estar juntos...
-Pero no eres capaz de decirme que no me quieres.
-Antonio, yo no... -titubeó.
-Dilo.
-No puedo, pero la vida no es...
-Yo tampoco puedo -interrumpió él.
Linda se quedó mirándole. Una lágrima cayó de sus ojos grises...
-Me voy a casar -zanjó sin darle más vueltas, al tiempo que le mostraba a Antonio el anillo de su mano derecha.

-¿Les pongo un café a los señores? -preguntó un camarero.
-Mejor traiga whisky -respondieron los dos a la vez.

V