Llegar a la música por el camino de las palabras...

domingo, 5 de julio de 2015

Una declaración

"Siento cuán poco me concierne aquello que se denomina mundo, y qué grande y fascinante me parece lo que yo, en mi fuero más interno, llamo mundo." (Robert Walser)

Tu fotografía revela la más absoluta indolencia, pero no importa, ya nada importa, ¿acaso escribiría sobre ello si realmente importase? 34º C en esta habitación, tres menos que ahí fuera. El cielo se está nublando, el ventilador no para de girar, las sábanas siguen pegadas a mi cuerpo. De mis dedos se ha escapado el Jakob von Gunten de Walser cuando apenas quedan unas páginas para su final. La imperiosa necesidad de escribir ha venido a mí, sin saber por qué, sin inspiración alguna. Abro el libro, preguntándome qué frase ha podido activar mi cerebro... "lo cierto es que las emociones fuertes me dejan un frío glacial en el alma. Toda incitación directa a la tristeza anula totalmente en mí la sensación de tristeza". Ah, sí, eso ha sido, el indolente Jakob, ¿por qué no existes? Me gustaría besarte las manos, la frente y la boca, a ti, alter ego, mucho más que a quien te dio vida, porque tú, de seguro, te reirías, demencialmente, de mi sensibilidad, de mi soberana estupidez, de mi continuo evocar a quien no existe o es imposible alcanzar.

Segunda ola de calor, ¿acaso llegó a la orilla la primera? No recuerdo un mes de julio más ardiente que éste que se acaba de asomar, y aun así soy consciente de que no es el calor lo que me hace desear permanecer aquí tumbada, olfateando las páginas de un heredero romántico. No, supongo que es cierta incomprensión hacia los demás, una pérdida de empatía o simplemente un sentimiento de diferencia (o indiferencia) que se ha arraigado en mi ser y no parece quererse marchar, pero no importa, ya nada importa, ¿acaso escribiría sobre ello si realmente importase? Se acerca la hora del café, hoy tortuosa debido al calor. Mas no puedo prescindir de él, como tampoco de ese mantequilloso croissant que recaliento en un microondas. ¿Qué pensaría Walser de un artilugio como éste? Él, que renegaba de los automóviles, de la vertiginosidad del mundo moderno. Mi profesor sonríe, "claro, va en contra de la moral del paseante", me dice. Y yo no puedo evitar imaginarme viviendo a finales del XIX, ¿o principios del XX? (siempre dudo en qué siglo quedarme, supongo que preferiría evitar ser testigo de una -o dos- guerras mundiales), y pasarme los días enteros tocando el piano, dando paseos y yendo al teatro. Ah, la vida burguesa.

A veces me pregunto por qué saco los libros de la biblioteca cuando la costumbre me dice que acabaré haciéndome con un nuevo ejemplar de la obra en cuestión. Por no tener, Walser no tenía ni los libros que él mismo había escrito. ¿Acumular por acumular? Tengo la sensación de que eternamente volveré a ellos, a las mismas páginas, por eso me asalta el deseo de verlos expuestos en mis estanterías.

Las calles están llenas de ilusión, ayer nos sentíamos orgullosos y hoy va a ganar un no. Un vagabundo, otrora pianista, está llenando de música las calles de Sarasota en Florida; Bob Dylan pasó por Barcelona; veinticinco soldados sirios son disparados por unos jóvenes... Oh, no, esto no, ilusión, que no se pierda la ilusión. El ventilador sigue girando, el cielo está nublado, pero no importa, ya nada importa. 34º C en esta habitación, un incendio en Aragón. Mi libro, que no se queme mi libro. Me llaman. Hola, vida, te echaba de menos, ¿te apetece jugar? ¿Sí? Fantástico, yo seré una violeta, tú pídete a quien quieras. Claro, claro que puedes olerme, también comerme, no te cortes. Adiós, Jakob, un placer tenerte entre mis dedos.

V