Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 24 de noviembre de 2015

La Fugitiva

"Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos.” (Guy de Maupassant)

Paseábamos por la llamada calle de Santa Isabel, donde se halla uno de mis rincones favoritos de Madrid, cuando me preguntaron: 
-¿No estás cansada de estar sola? 
Mi acompañante quería saber si no estaba cansada ya de estar sola, lo cual me cogió totalmente desprevenida, pues si aquellas palabras venían de fuera de mí misma solo podían significar que en ese momento no estaba sola. Tardé unos segundos en responder, pero finalmente conseguí hilar tres palabras que expulsé atropelladamente por la boca: 
-Nunca estoy sola. 
Probablemente sonaron demasiado tajantes, aunque no me preocupé de si mi interlocutor había quedado o no satisfecho con la respuesta. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Al día siguiente debía hablar en público sobre una de las obras cortas de Maupassant y aún no tenía demasiado claro qué significaba aquello de las fuerzas actanciales del escrito narrativo, punto que habría de desarrollar en mi intervención.
Mientras me asomaba para ver si había o no mucha gente en la cafetería-librería, me acordé de que Luis me había comentado que habían vuelto a abrir la filmoteca, después de que hubiese estado cerrada (debido a las… ¿termitas? ¿chinches?) durante todo el verano. Así, pues, me acerqué a mirar el cartel que tienen siempre colgado en la entrada. Este mes estaba dedicado a Wes Anderson. A las 20 h reproducían el corto Hotel Chevalier, seguido de la película Viaje a Darjeeling. Curiosamente había visto el corto y la película hacía un par de semanas porque mi hermano, a quien le encanta el director, tiene toda su filmografía en casa, y yo de vez en cuando le cojo prestado algún disco para vérmelo por mi cuenta. ¿Iría Luis a ver la película? Estuve tentada de llamarlo por teléfono, pero mejor sería que me pusiese a preparar mi exposición sobre Bola de sebo.
-¿No estás cansada de estar sola? –volvió a preguntarme. 
Maupassant había escrito que “nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos”. Miré a mi acompañante. No me había dado cuenta hasta ese momento de que se había dejado bigote. Bien pensado, se parecía un poco al propio Maupassant. Entramos dentro de La Fugitiva y nos sentamos en una de las pequeñas mesas. Enseguida vino la camarera a preguntarme qué quería tomar. Le pedí un café y dos de las tartas caseras que tenían preparadas. Me miró algo sorprendida, como si no fuésemos a poder tomarnos las dos tartas entre mi acompañante y yo. Pero no dijo nada al respecto. Una vez se dio la vuelta, pensé que quizá lo que le había extrañado era que mi acompañante no hubiese pedido nada para beber. 


Seguía pensando en si Luis iría o no a ver la película mientras sacaba el libro de Maupassant de la mochila. La verdad es que nunca me había pedido que fuera al cine con él, aun cuando yo le había contado que tenía muchas ganas de ir en su compañía, pues debían existir muy pocas personas de su edad que supiesen tanto y disfrutasen tanto del séptimo arte como él.
-¿No estás cansada de estar sola? –me preguntó por enésima vez mi acompañante. 
¿Acaso no le había contestado ya? Volví a mirarle. Ahora, además de bigote, llevaba también una densa perilla. Me froté los ojos. No cabía duda alguna de su identidad. Efectivamente, era Guy de Maupassant a quien veía, o creía ver, y me miraba fijamente a su vez. Puede que fuera su modo de reprenderme por el hecho de que prefiriese ver una película ahora a hablar mañana sobre su novela corta.
Maupassant llevaba razón. Estaba sola y cansada de estarlo. Mi única compañía era la delgadísima y lacónica camarera-librera de La Fugitiva, con su jersey hasta las rodillas, que me ofrecía tartas veganas Dostoievski y magdalenas en las que mojar el té para poder recordar toda una vida pasada. Quise decirle a Maupassant lo que no le había respondido la primera vez que me preguntó por mi solitario cansancio. Quise hablarle de mi agonía, de mi tristeza, de mi miedo a no ser reconocida por nadie, pero se había desvanecido, se había fugado de La Fugitiva como un fugitivo, lo cual no era nada ingenioso. Toda esta soledad era muy previsible, así que decidí no pensar en ella demasiado y ponerme, ahora sí, a preparar mi ponencia sobre Guy de Maupassant y su Bola de sebo. ¿Estaría Luis viendo la película? 

V

1 comentario:

  1. Me agrada la narrativa, es interesante, suave, sin adornos innecesarios.
    "Estar solos",creo que siempre lo estamos, pero acompañar nuestras experiencias, forma la fantasía de suponer se construyen verdades (espacios) donde otros tienen la misma visión de las cosas, y no puntos de vistas muy similares.

    Un beso, suerte.
    Leonard

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